Cuando hablamos de personas afrodescendientes en México, todavía existe una imagen que parece repetirse automáticamente: Guerrero, Oaxaca, Veracruz, la Costa Chica, comunidades costeras, determinadas expresiones culturales y ciertos rasgos físicos.
Y sí, todo eso forma parte de nuestra historia.
Pero no es toda nuestra historia.
Una de las cosas que he aprendido trabajando desde Afromexicanos Chihuahua es precisamente que no existe una sola manera de vivir la afrodescendencia. Hay tantas experiencias como territorios, historias familiares, migraciones y comunidades.
Por eso cada vez me hace más sentido hablar de afrodescendencias, en plural.
Porque ser afrodescendiente en la Costa Chica no necesariamente significa lo mismo que serlo en Veracruz. Ser afrodescendiente en Colombia, Cuba, Haití o Brasil tampoco representa exactamente la misma experiencia. Compartimos raíces y procesos históricos, pero cada territorio fue construyendo sus propias identidades.
Y entonces llegamos al norte.
¿Qué pasa con quienes somos afrodescendientes y vivimos en Chihuahua?
Aquí comienza una conversación que desde Afromexicanos Chihuahua hemos intentado colocar sobre la mesa durante los últimos años.
Porque cuando comenzamos a hablar de población afrodescendiente en Ciudad Juárez, una de las primeras reacciones era casi siempre la misma:
“¿Afros en Chihuahua?”
Sí.
Afros en Chihuahua.
Afros en Ciudad Juárez.
Afros trabajando en las maquiladoras, estudiando en las universidades, criando familias, haciendo arte, emprendiendo, participando políticamente, organizándose en las colonias y formando parte de la vida cotidiana de esta frontera.
Algunas familias llevamos décadas aquí. Otras llegaron recientemente desde Veracruz, Oaxaca, Guerrero y otras partes del país. También convivimos con personas afrodescendientes provenientes de Haití, Cuba, Colombia, Venezuela y diferentes países de África y América Latina.
Y esa convivencia también está construyendo una experiencia afrofronteriza propia.
Eso me parece fascinante.
Porque nuestras raíces no desaparecen cuando cambiamos de territorio. Se transforman, dialogan y encuentran nuevas maneras de expresarse.
Una mujer afrodescendiente nacida en Oaxaca y viviendo en Ciudad Juárez puede conservar la memoria cultural de su familia y, al mismo tiempo, construir una identidad profundamente norteña.
Un joven afrodescendiente nacido en Chihuahua puede no haber vivido jamás en la Costa Chica y eso no vuelve menos legítima su identidad.
Y una persona afrodescendiente tampoco necesita responder al estereotipo de piel muy oscura, cabello afro o determinados rasgos para demostrarle a nadie su historia familiar.
Parece obvio, pero seguimos viviendo en una sociedad obsesionada con convertir la identidad en examen de admisión.
“Pero no pareces afro.”
“Pero eres muy clara.”
“Pero en Chihuahua no hay negros.”
“¿De dónde eres realmente?”
Quienes trabajamos en visibilización afro hemos escuchado alguna versión de estas frases demasiadas veces.
Precisamente por eso la autoidentificación fue tan importante para México. El reconocimiento de la población afromexicana permitió comenzar a dimensionar una realidad que durante décadas permaneció prácticamente borrada del relato nacional.
Pero contar personas es apenas el principio.
Ahora necesitamos preguntarnos cómo viven esas personas.
Porque las necesidades de una comunidad afrodescendiente rural de Guerrero no necesariamente serán las mismas que las de una familia afrodescendiente que vive en el suroriente de Ciudad Juárez.
Aquí hablamos de acceso a derechos, educación, representación, discriminación, oportunidades laborales, identidad cultural y reconocimiento institucional.
Pero también hablamos de algo que pocas veces aparece en las estadísticas: el derecho a reconocernos en el lugar donde vivimos.
Desde Afromexicanos Chihuahua hemos insistido precisamente en eso.
No queremos importar una identidad desde el sur del país y colocarla artificialmente sobre Chihuahua. Queremos reconocer las historias de las personas afrodescendientes que ya están aquí y comprender cómo nuestra identidad dialoga con esta frontera.
Por eso para nosotros también ha sido importante acercarnos a otros pueblos y comunidades.
En Ciudad Juárez convivimos con comunidades rarámuri, mixtecas, zapotecas, chinantecas y con muchas otras identidades que han construido esta ciudad desde diferentes lugares.
Reconocer nuestras diferencias no debería separarnos.
Al contrario.
Nos permite encontrarnos sin obligarnos a ser iguales.
Y aquí aparece otro asunto que considero fundamental: hablar de afrodescendencia no significa hablar de “razas humanas” separadas. La identidad afrodescendiente es histórica, cultural, social y política. Surge de procesos concretos relacionados con la diáspora africana, la esclavización, el colonialismo, la resistencia y las comunidades que nuestros antepasados construyeron a pesar de todo aquello.
Reconocer esa historia no divide.
Lo que divide es convertir las diferencias humanas en jerarquías.
El racismo hizo exactamente eso durante siglos.
Por eso visibilizar nuestras identidades no significa levantar nuevas paredes, sino cuestionar las que otros construyeron antes.
También debemos tener cuidado de no convertir la afrodescendencia en una postal.
No somos solamente turbantes, tambores, bailes, gastronomía o fotografías bonitas durante una fecha conmemorativa.
Nuestra cultura importa muchísimo, pero también importan nuestros derechos.
Importa que una niña afrodescendiente encuentre referentes positivos en su escuela.
Importa que un joven no tenga que explicar constantemente por qué es mexicano.
Importa que una mujer afrodescendiente pueda denunciar discriminación sin que le respondan que está exagerando.
Importa que existan estadísticas.
Importa que existan políticas públicas.
Importa que tengamos representación.
Y también importa que las instituciones aprendan a escucharnos antes de decidir por nosotros.
Estamos viviendo, además, un momento histórico importante. Naciones Unidas declaró el periodo 2025–2034 como el Segundo Decenio Internacional para las Personas de Ascendencia Africana, bajo los ejes de reconocimiento, justicia y desarrollo.
Eso debería obligarnos a ir mucho más allá de los discursos.
En Chihuahua tenemos una oportunidad enorme: comenzar a construir políticas y espacios de participación entendiendo que nuestra población afrodescendiente tiene características propias.
No necesitamos demostrar que somos iguales a las comunidades afrodescendientes de otras regiones para merecer reconocimiento.
Precisamente nuestra diferencia también forma parte de la riqueza de las afrodescendencias.
Yo nací en Veracruz, tengo raíces familiares que atraviesan diferentes territorios y crecí en Ciudad Juárez. Mi identidad no cabe perfectamente dentro de una sola casilla geográfica.
Y quizá no tenga por qué hacerlo.
Soy afromexicana.
Soy norteña.
Soy fronteriza.
Y ninguna de esas identidades cancela a las otras.
Por eso cuando desde Afromexicanos Chihuahua hablamos de visibilización, no estamos intentando construir una identidad nueva. Estamos haciendo visible una historia que ya existe.
La de quienes llegamos.
La de quienes nacieron aquí.
La de quienes hicieron familia en Chihuahua.
La de quienes conservaron sus raíces mientras aprendieron también a querer este desierto.
Tal vez ahí esté una de las grandes enseñanzas de hablar de afrodescendencias y no solamente de afrodescendencia.
Compartimos una historia que nos conecta, pero no estamos obligados a vivirla de la misma manera.
Y quizá la verdadera inclusión comience precisamente ahí:
cuando dejemos de preguntarnos cómo debería verse una persona afrodescendiente y empecemos a escuchar cómo cada comunidad cuenta su propia historia.

Ángeles Gómez
Fundadora en 2014 de Ángeles Voluntarios Jrz A.C. dedicada al desarrollo de habilidades para la vida en la niñez y juventud del sur oriente de la ciudad. Impulsora del Movimiento Afromexicano, promoviendo la visibilización y sensibilización sobre la historia y los derechos de las personas afrodescendientes en Juárez.
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