El Chamizal vive

La historia de las ciudades se construye paso a paso y un factor fundamental de su desarrollo son las decisiones que toman los gobiernos para levantar grandes obras, para definir el uso del suelo de predios de propiedad pública o para autorizar concesiones a particulares sobre territorios nacionales.

Hace días tuvimos noticia de un resolución de esa magnitud, emitida por la SEDATU que, después de un estudio centrado en un examen cuidadoso de la legislación sobre el uso, explotación y los riesgos que entrañan las corrientes superficiales, emitió un dictamen técnico que anticipaba el peligro de construir el tan necesario y deseado Centro de Convenciones, sobre el lecho del viejo cauce del Río Bravo, en los terrenos del Chamizal.

La reacción de los miembros de la comunidad fue diversa.

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Activistas sociales, ambientalistas y miembros distinguidos de nuestras vanguardias culturales, que habían expuesto las razones por las que tal obra no debía realizarse dentro del Chamizal, vieron en tal resolución la coherencia de un Gobierno que en sus propuestas de transformación planteó la importancia de oír y atender las voces de la comunidad, aún en escenarios en los que el balance de los beneficios materiales fuera extremadamente optimista.

También la consideraron justa, porque efectivamente protegía el derecho colectivo de una comunidad que siempre ha visto en el Chamizal un patrimonio social, inalienable; recuperado físicamente en 1967 y concluido, en tanto parque nacional, hace casi 50 años en 1973 es una obra esencial, que ha dado sombra y felicidad a las familias más vulnerables de Juárez, donde la privatización de su espacio debía ser prohibida para siempre.

Sin embargo, es razonable que los sectores  que apoyaban la iniciativa  se sientan afectados; en especial si consideramos que el Centro de Convenciones es un proyecto valioso, indispensable, pero con mala estrella; que nadie entiende porqué, después de 15 años no ha encontrado la tierra, la ubicación que merece.

Estas personas también son parte de nuestra comunidad y precisan de una explicación que dé cuenta de los riesgos que entrañaba su localización en los hoyos del viejo cauce del Bravo, por lo que ahora me propongo recordar lo que nuestra ciudad y otras poblaciones han experimentado, cuando se atrevieron a levantar edificios, parques y establecimientos diversos, en zonas inundables.

Monterrey, verano de 1988, el huracán Gilberto causó la muerte de decenas de personas, quienes se trasladaban a través del lecho del Río Santa Catarina en transporte público.

De nuevo Monterrey 2011, en el mismo escenario, sobre el lecho del río Santa Catarina se habían construido campos deportivos de todo tipo y hasta un centro comercial de artículos importados. Después de una copiosa tormenta nada quedó.

Juárez, 1 y 2 de julio del 2000, sobre el llamado viaducto Díaz Ordaz una tormenta excepcional arrasó entre otros vehículos una vieja rutera, causando la muerte de más de una docena de personas.

Finalmente, Juarez, 6, 7 y 8 de julio de 2006, un temporal de lluvias, sin antecedente en el registro meteorológico, inundó todo el Chamizal, amenazando toda la infraestructura de este hermoso parque y poniendo en riesgo a  los vecinos, viviendas y edificios de la zona.

En nuestro memorial de tragedias causadas por la naturaleza y la imprudencia humana hay otros registros, pero con ello basta para comprender que las grandes obras que nuestra ciudad precisa deben levantarse en terrenos absolutamente seguros.

Juan Carlos Loera SQR
Juan Carlos Loera de la Rosa

Empresario y político defensor de la cuarta transformación.


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