Dos han sido los desencuentros que en el presente siglo han tenido los gobiernos de México y Estados Unidos. El primero se originó en el seno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en el año 2002 cuando en el recién estrenado gobierno de Vicente Fox se vio inmiscuido en la guerra contra el terrorismo emprendida por Estados Unidos tras los atentados sufridos el 11, 11 del 2001 en su territorio y que desembocaron en la invasión estadounidense en Irak y Afganistán. Aduciendo el principio internación del uso legítimo de la fuerza.

El gobierno de George W. Bush buscó apoyo y voto en el Consejo de Seguridad, presionando a los miembros permanentes, así como a los miembros invitados, entre los que se encontraba México, para que diesen su apoyo total y voto para la intervención militar, bajo el argumento de que el régimen de Saddam Hussein tenía armas de destrucción masiva que ponían en peligro al mundo occidental y a la humanidad misma.

Durante las discusiones al interior del Consejo de Seguridad, México se pronunció en contra de la solicitud de Estados Unidos, y mostró en diversas ocasiones su intención de no avalar con su voto el ataque internacional. Al final no se dio la votación y Estados Unidos lanzó su intervención militar a la que habrían de unirse Reino Unido y España, coalición a la que México terminaría por apoyar.

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Pero durante las negociaciones, la negativa mexicana fue calificada como: “decepcionante” por el entonces presidente George W. Bush. De hecho, el entonces canciller Jorge Castañeda mencionó que con esta negativa, México había retrocedido varios años de relación diplomático con el vecino país del norte.

El segundo desencuentro tiene lugar en este momento con la llegada al gobierno de Joe Bidden como presidente de Estados Unidos ante el irrestricto apoyo demostrado por el presidente de México Andrés Manuel López Obrador al ya ex presidente Donald Trump y su negativa a felicitar a Bidden en los primeros días de su elección. La tardanza del gobierno mexicano en reconocer el triunfo de Bidden ha redundado en una no invitación a la toma de posesión del nuevo presidente, situación que pudiera pasar por intrascendente ante la nueva normalidad que ha impuesto la pandemia, lo que sí es posible vislumbrar es un cambio en la relación bilateral.

Si bien, el presidente mexicano ha declarado que la relación habrá de ser amigable y de “buenos vecinos” y aunque es fácil imaginar la importante distención en la que entrará la relación después de haber tenido la presión del gobierno de Trump amenazando un día sí y el otro también a México con un incremento de aranceles, especialmente si México no cumplía con las peticiones estadounidenses, en especial sobre temas migratorios, así como construcción del muro a lo largo de la frontera (muro que por cierto, ya estaba antes de Trump y seguramente seguirá ahí) las deportaciones y de forma muy especial con el trato más respetuoso que tendrá nuestro país.

Situaciones que uno podría pensar que facilitarán la relación entre estos dos vecinos, aunado al anuncio de Biden de dedicar los primeros 100 días de su gobierno a una política interna enfrentando en primera línea a la pandemia del Covid y sus consecuencias. La verdad es que conforme avance la administración, las diferencias entre las personalidades y políticas de ambos mandatarios se irán volviendo más tangibles.

Uno de los temas en lo que ya de antemano podemos advertir posturas completamente distantes es en la agenda progresista de Biden en cuanto a la promoción de energías limpias en detrimento del uso de combustibles fósiles. Una política opuesta a la de López Obrador, empeñado en revitalizar PEMEX y su decimonónica apuesta por el uso del carbón para la generación eléctrica en la CFE.

Es fácil suponer que la administración de Biden habrá de reaccionar ante la molestia de empresas estadounidenses con las que se firmaron diversos contratos en materia de energía, dentro de la Reforma Energética promovida y aprobada en el sexenio pasado y que han mostrado un gran enojo ante los cambios en el marco regulatorio efectuados por el actual gobierno federal.

Veamos cómo se desarrolla la relación entre los dos gobiernos en asuntos laborales, sindicatos, corrupción, estado de derecho, migración medio ambiente y narcotráfico. Es conocida la postura del presidente mexicano que en reiteradas ocasiones se ha pronunciado en contra de la injerencia del gobierno norteamericano en temas de política nacional. Sin embargo, los compromisos que México adquirió dentro del nuevo Tratado de Libre Comercio pueden ser el argumento por parte de la administración Biden para traer estos temas a la mesa.

Más allá del mal pie con el que inicia la relación, veremos cómo logran superar estos escollos y los frutos que brinda esta relación. Lo más importante es que no nos encontremos ante una situación en los que peligren años de avances en la buena relación entre estos dos países finalmente interdependientes.

Claudia Vazquez Fuentes
Claudia Vázquez Fuentes

Analista Geopolítica.

Maestra en Estudios Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona.


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