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    junio 13, 2024 | 2:06

    Reporte desde el este de Ucrania: sin novedad en el frente

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    Un reportero de la VOA visita las líneas del frente en el este de Ucrania en medio de una tensa calma alterada a ratos por algunas escaramuzas.

    Velyka Novosilka, Ucrania (VOA) – Mientras el mundo observa imágenes de combates casa por casa en Bájmut, en la mayoría de las líneas del frente en la guerra de Ucrania los soldados ucranianos esperan enmascarados entre árboles y trincheras nuevas órdenes o avisos de un ataque de Rusia.

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    Este reportero visitó las trincheras en el poblado de Velyka Novosilka, en la región del Dombás, para observar de cerca la vida diaria de los soldados, que no sólo combaten a los ocasionales ataques rusos, sino también el aburrimiento.

    La densa nieve imprime una sensación de tranquilidad a las trincheras, dice un soldado llamado Sergey mientras observa el campo abierto que los separa de los rusos. Es un teniente y el comandante de este sistema de trincheras cerca de Velyka Novosilka.

    Estamos a menos dos kilómetros de las fuerzas de Moscú, y el terreno está lleno de minas.

    “En un día como este todo está más calmado. Todo es menos intenso. Ellos no pueden ver lo que está sucediendo aquí y nosotros no podemos ver lo que sucede allí”, dijo Sergey.

    Aquí todo es diferente

    Afuera, entre la nieve, un soldado ucraniano camina por los estrechos pasillos de las trincheras, como un tigre atrapado en una jaula. Tiene una rutina: primero va a un puesto de observatorio donde hay una ametralladora calibre 50 camuflada y observa el campo abierto con binoculares.

    Después mira al cielo gris, buscando algún dron. Una de nuevo sus binoculares antes de caminar hacia otro puesto de observación. Repite estos movimientos en el mismo orden, a la misma hora y con el mismo paso una y otra vez.

    “La gente piensa que la guerra es una batalla constante, con disparos y explosiones todo el tiempo, pero no siempre es así”, dijo Sergey en el búnker que comparte con los soldados en su tiempo libre.

    Está frío y oscuro, y una sola vela ilumina el lugar. Un soldado duerme y cerca de él una gata alimenta a tres cachorros que nacieron no hace mucho en esta trinchera.

    “Llevamos tres meses así. Antes teníamos 800 metros en otra línea de trincheras, pero tuvimos que replegarnos en diciembre. La artillería de ellos fue muy certera”, explicó Serguey.

    Desde entonces, él y sus hombres observan y esperan.

    “Algunas veces disparan, a veces amenazan con avanzar, pero esto no es Bájamut. Las cosas son diferentes aquí”, agregó.

    Bájamut es una excepción. La ciudad se ha convertido en un símbolo del segundo año de la guerra en una lucha compleja vecindario por vecindario, calle por calle y casa por casa. En los últimos meses decenas de miles de hombres y mujeres de ambos lados del conflicto han dado su vida en Bájamut.

    A pesar de los avances rusos, los intensos combates continúan en la ciudad.

    Fuera de Bájamut, cientos de ciudades y pueblos forman una línea del frente que se extiende desde el norte del Dombás hasta Jérson en el sur. Unos 1.000 kilómetros de trincheras, ríos y otros obstáculos separan a las tropas ucranianas de los soldados rusos.

    Aunque las escaramuzas son diarias, gran parte de la línea del frente se ha mantenido estática por meses, sin avances ni repliegues.

    Una alteración en Velyka Novosilka

    La nieve trajo una calma en las trincheras bajo el mando de Sergey. Las ramas de los árboles lanzan nieve hacia abajo, exponiendo las huellas de la balas. De pronto, la tranquilidad se interrumpe y los soldados callan. Uno de ellos dice que ha escuchado el vuelo de un pequeño dron y comienzan los disparos, rompiendo el silencio de la tarde, pero tan pronto como comenzó termina.

    “Pronto vendrán los morteros, vámonos a un refugio”, me dice Sergey, “pero no te preocupes, es solo una provocación y todo regresará pronto a lo normal”.

    Sergey confía en que podrá regresar a casa cuando termine la guerra. Tiene su fe depositada en un amuleto que lleva entre su uniforme y el chaleco antibalas con que se protege. Es una vela pequeña, a medio usar no mayor de una pulgada de largo. Fue un regalo del mejor amigo de su padre, un excombatiente del Ejército Rojo en Afganistán.

    “La vela lo protegió por varios años y me la dio como regalo. Tengo fe en que me protegerá también a mí”, dijo Serguey.

    El amigo regresó vivo, aunque sin piernas, y pregunto a Serguey si eso es una señal de buena suerte.

    “Lo más importante”, respondió, es regresar a casa vivo, no importa cómo”.

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