La música es un poderoso conductor del erotismo; enorme celestina para la seducción.
Y Alina aparentemente habría sido presa fácil a mis ensoñadores dardos musicales.
Estamos hablando de los años 70.
Nada como una guitarra, una tarde fresca y una letra sugestiva al oído, para despojar de su renuencia y sus pudores a cualquier chica.
Bueno, allá en mis lejanos veinteañitos, me funcionaba muy bien.
No era necesario cantar con el timbre de José José, o Plácido Domingo para hurtar la voluntad de una dama.
Y Alina, era muy renuente, difícil de convencer.
Sin embargo, la persistencia del engatusador, venció la reticencia.
Bueno, a medias.
Para completar la historia de Alina, tendré que descubrir a mi mentor, de quien recibí los mejores consejos en el arte de la seducción.
Su nombre era Libby D’Nozzo.
Hombre refinado, culto, elegante, y sofisticado; un trotamundos con el que coincidí por corto tiempo, y atesoré cientos de historias suyas, sobre el tema del erotismo y la seducción.
De voz tersa y profunda mirada, al que nunca escuché alterarse en sus conversaciones.
Me topo con él en una exposición de arte en la sala Germán Gedovius, en el monumental teatro De la Paz, en San Luis Potosí.
Me tomó bajo su asesoramiento en materia de la persuasión femenina, luego de estarme observando por un tiempo.
Me veía siempre acompañado de chicas hermosas y decía que le recordaba a él mismo en su tierna juventud, en sus años mozos cuando comenzaba a descubrir sus facultades de cautivador.
Hoy sólo diré que de D’Nozzo, recibí sorprendente orientación para convencer a la más renuente y quisquillosa a entregarse sin ambages al influjo de la líbido y la pasión.
En capítulos ulteriores revelaré algunos pasajes de sus habilidades, mientras tanto terminaré la historia de Alina, y verán porqué hube de traer a esta narración a Libby D’Nozzo.
Alina además de hermosa era inteligente y simpática.
Pero demasiado romántica.
Todo el trabajo de persuasión se hizo meticulosamente, pero hubo una leve variable que dio un giro al propósito y decliné la posibilidad de hacerla mía.
Debo decir que, ya en bandeja de plata, la liebre se fue, por un pequeño detalle… El terror al compromiso.
- Te amo, te amo, te amo tanto.
Me decía en los escarceos.
- Dime que me quieres, insistía.
Esas palabras neutralizaban el conjuro de la carne, del deseo.
El amor repele la lascivia, destruye la concupiscencia.
Y viene a cuentas, porque una de las reglas del Don Juan, según Libby D’Nozzo, es: “cuando te digan te amo, en vez de, gemir de placer, ¡corre! Desaparece, o quedarás prisionero para siempre”.

Raúl Ruiz
Abogado. Analista Político. Amante de las letras.
CARTAPACIO, su sello distintivo, es un concepto de comunicación que nace en 1986 en televisión hasta expanderse a formatos como revista, programa de radio y redes sociales.
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