La maternidad y la vocación profesional: carta a mi María Regina

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Esta semana volví a la oficina después de mi incapacidad por maternidad. Al mismo tiempo, mi pequeña María Regina, de apenas dos meses y medio, comenzó su etapa en la guardería. Aunque ya había vivido este proceso con mi primer hijo biológico, esta vez ha sido especialmente doloroso.

Recuerdo las palabras de mi santa favorita, la Madre Teresa de Calcuta: «Amar hasta que duela». Hoy las entiendo más que nunca, porque amar también significa despedirse por las mañanas con el corazón apretado, extrañar a nuestros hijos mientras trabajamos y desear tenerlos un ratito más entre nuestros brazos.

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Sin embargo, ese dolor también se transforma en orgullo al verlos crecer, desarrollar su independencia y descubrir el mundo. Porque ser madre no solamente significa cuidar y proteger; también significa prepararlos para la vida, enseñarles el valor del esfuerzo y mostrarles que los sueños requieren perseverancia y, muchas veces, sacrificios.

Durante mucho tiempo escuché a colectivos feministas decir que no debíamos «romantizar» la maternidad, porque ser madre es mucho más que una imagen idealizada de felicidad. Y tienen razón: la maternidad implica cansancio, incertidumbre, renuncias y momentos difíciles.

Pero hoy creo que la maternidad no necesita ser romantizada, sino comprendida, acompañada y amada con toda su verdad. Con sus alegrías y sus dificultades, con sus sacrificios y sus recompensas. Con ese amor entregado y sin reservas que, aun en medio del agotamiento, encuentra fuerzas para seguir adelante.

Necesitamos hablar de ese amor sin prejuicios, sin vergüenza y sin sentir que debemos justificarlo. Un amor que hace tanta falta en el mundo y que, en ocasiones, olvidamos reconocer en toda su dimensión.

También necesitamos comprender que la vocación maternal y la profesional no tienen por qué ser enemigas. Una mujer puede amar profundamente a sus hijos y, al mismo tiempo, trabajar, perseguir sus sueños y contribuir a su comunidad. Puede encontrar plenitud en su familia y satisfacción en su profesión.

El verdadero reto está en construir una sociedad que permita a las mujeres vivir ambas dimensiones con dignidad, con redes de apoyo, guarderías seguras y condiciones laborales que comprendan que detrás de cada trabajadora puede haber una madre que está aprendiendo a despedirse de su bebé.

Querida María Regina:

Quiero que algún día sepas que dejarte en la guardería me dolió muchísimo. Que cada despedida me ha exigido reunir una fuerza que no sabía si tenía. Que una parte de mi corazón siempre se queda contigo, incluso cuando estoy sentada frente a una computadora, atendiendo reuniones o cumpliendo con mis responsabilidades.

Pero también quiero que sepas que deseo enseñarte con mi ejemplo que vale la pena trabajar por nuestros sueños, que las decisiones importantes a veces duelen y que ser fuerte no significa dejar de sentir, sino avanzar a pesar de nuestras emociones.

Tú y yo estamos aprendiendo a crecer juntas. Tú descubrirás el mundo y yo aprenderé a soltarte poquito a poquito, confiando en que mi amor te acompaña incluso cuando no estoy físicamente a tu lado.

Ojalá algún día puedas sentir orgullo de tu mamá. No porque haya sido perfecta, sino porque intentó vivir con congruencia, amar profundamente a sus hijos y demostrarles que una mujer puede cuidar de su familia sin renunciar a sus sueños.

A todas las mamás que hoy dejan a sus pequeños en la guardería, regresan a sus oficinas o trabajan mientras piensan en sus hijos, quiero decirles que no están solas. Cada familia vive circunstancias distintas y no existe una sola manera de ser una buena madre. No somos menos madres por trabajar, ni menos profesionales por extrañar a nuestros hijos.

La maternidad es un amor que a veces duele, pero también es un amor que da frutos, transforma vidas y nos enseña a descubrir fuerzas que no sabíamos que teníamos.

Agradezco profundamente este tiempo de pausa, de encuentro familiar y de reflexión. Hoy regreso a mi oficina con nuevos retos, con el corazón un poquito apretado, pero también con la certeza de que el amor no se divide: se multiplica.

Ya estoy de vuelta, transformada por la maternidad y agradecida por todo lo que mis hijos me enseñan cada día.

Porque amar a veces significa despedirse por la mañana y regresar por la tarde con los brazos abiertos. Significa trabajar, soñar, esforzarse y encontrar en nuestros hijos la motivación para seguir adelante.

Por ti, María Regina. Por tus hermanos. Por todas las madres que aman, trabajan, sueñan y vuelven a intentarlo cada día. Porque el amor, cuando es verdadero, nos hace más fuertes y porque el mundo necesita, hoy más que nunca, aprender a amar.

ADN Marisela Terrazas
Marisela Terrazas

Ex Diputada por el PAN en Chihuahua. Doctorante en Ciencias de la Educación por la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Maestra en Educación por UTEP, ex directora del Instituto Chihuahuense de la Juventud y experta en políticas públicas juveniles.


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