¡La IA crece, la guerra también, pero los bosques no!

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Una vez, hace varios años, un compañero de trabajo me hizo una pregunta que en aquel momento me pareció extraña: “¿No crees que tenemos demasiados árboles en la Ciudad de México?”. Mi respuesta fue inmediata: no, por supuesto que no. Nunca tenemos demasiados árboles. Una ciudad puede tener demasiados automóviles, demasiado concreto, demasiada publicidad, demasiados edificios y, desde luego, demasiada contaminación, pero nunca demasiados árboles. En aquel momento la conversación terminó ahí, como tantas conversaciones que parecen pequeñas porque no alcanzamos a imaginar lo que significarán algunos años después. Hoy, aquella pregunta me parece mucho más profunda, porque mientras nosotros seguimos discutiendo cómo hacer crecer nuestras ciudades, nuestras economías y nuestras tecnologías, el mundo enfrenta una realidad que debería preocuparnos mucho más: los bosques no están creciendo al mismo ritmo que nuestras ambiciones.

La Organización de las Naciones Unidas acaba de poner nuevamente el tema sobre la mesa con el Global Forest Goals Report 2026, una evaluación mundial sobre el avance de los seis Objetivos Forestales Globales y sus 26 metas, establecidos dentro del Plan Estratégico de las Naciones Unidas para los Bosques 2017-2030. El informe no es una auditoría que castigue o premie a los países ni significa que la ONU llegue a cada territorio para verificar personalmente lo que ocurre con sus bosques; se trata de una evaluación internacional que reúne información proporcionada voluntariamente por los países y permite observar qué tan cerca o lejos estamos de alcanzar los compromisos establecidos para 2030. El resultado no es precisamente tranquilizador: de las 26 metas evaluadas, siete muestran avances ampliamente alcanzados, 17 presentan avances parciales y dos se encuentran fuera de trayectoria. Además, entre 2015 y 2025 la superficie forestal mundial disminuyó en más de 40 millones de hectáreas. Hay avances en áreas protegidas, manejo forestal y sistemas de monitoreo, pero la deforestación, los incendios, el cambio de uso de suelo, las plagas y los efectos del cambio climático continúan ejerciendo presión sobre los ecosistemas forestales. Es decir, hemos avanzado, pero no lo suficientemente rápido.

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Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo. Mientras Naciones Unidas nos advierte que no estamos avanzando a la velocidad necesaria para cumplir las metas forestales de 2030, nosotros vivimos una aceleración tecnológica que parece no tener límites. La inteligencia artificial dejó de ser una promesa de futuro para convertirse en una herramienta cotidiana: genera imágenes, escribe textos, procesa enormes cantidades de información, reconoce patrones, produce contenidos y comienza a modificar profesiones completas. En unos cuantos segundos podemos pedirle a una máquina que imagine un bosque, que lo transforme, que lo destruya digitalmente o que construya uno que nunca existió. La velocidad con la que estamos desarrollando estas tecnologías resulta extraordinaria, pero existe una paradoja que pocas veces queremos mirar de frente: podemos fabricar una representación de un bosque en segundos, pero no podemos fabricar un bosque real con esa misma velocidad.

La misma contradicción aparece cuando observamos el desarrollo de la tecnología aplicada a los conflictos armados. No hemos hablado tanto de ello como de la inteligencia artificial, pero las herramientas utilizadas en las guerras también han experimentado una transformación tecnológica acelerada. Drones, satélites, sistemas de vigilancia, sensores, automatización y otras tecnologías han cambiado las capacidades militares y la manera en que se desarrollan los conflictos contemporáneos. Las guerras siguen en pie y la tecnología continúa avanzando. Nosotros seguimos encontrando maneras de hacer más rápidas, precisas y sofisticadas determinadas acciones humanas, incluso aquellas relacionadas con la confrontación, mientras los procesos naturales continúan sometidos a sus propios tiempos. Y ese contraste debería hacernos pensar: hemos aprendido a acelerar la información, la producción, las imágenes, las comunicaciones y buena parte de nuestra capacidad tecnológica, pero no hemos encontrado una forma de acelerar la vida sin destruirla en el intento.

Porque un bosque no es una colección de árboles. Un bosque es agua, suelo, temperatura, carbono, microorganismos, biodiversidad, fauna, flora y comunidades humanas; es un sistema complejo que necesita tiempo para desarrollarse y que, cuando se pierde, no puede ser reemplazado simplemente plantando unos cuantos miles de árboles. Por eso también deberíamos cuestionar nuestra fascinación por las fotografías de jornadas de reforestación como si fueran la prueba definitiva de que estamos resolviendo el problema. Plantar árboles puede ser necesario y valioso, pero plantar un árbol no significa recuperar un bosque. Una fotografía puede mostrarnos cien árboles recién plantados; no puede mostrarnos los años que todavía necesitarán para convertirse en un ecosistema.

¿Y quién debe hacerse cargo de todo esto? La ONU establece objetivos y genera un marco internacional, pero no administra los bosques de cada nación. Son los Estados, los gobiernos locales, las comunidades, los pueblos indígenas, los propietarios de tierras, las organizaciones civiles y otros actores quienes tienen que convertir esos compromisos en políticas y acciones concretas. México participó en el proceso del Global Forest Goals Report 2026 mediante información nacional voluntaria y nuestro país cuenta con instituciones, programas de conservación, restauración, monitoreo y educación ambiental. La Comisión Nacional Forestal ha reportado una reducción de la deforestación bruta en años recientes, pero reducir la velocidad de pérdida no significa que el problema esté resuelto. Y ahí es donde la discusión debería dejar de ser exclusivamente institucional para convertirse también en una conversación social: ¿realmente entendemos lo que estamos perdiendo?

Porque sí existen campañas de educación ambiental, programas de cultura forestal y esfuerzos para acercar a niños y jóvenes al conocimiento de los ecosistemas, pero la conciencia ambiental no puede reducirse a plantar un árbol una vez al año, compartir una fotografía en redes sociales y continuar viviendo como si los recursos naturales fueran infinitos. Podemos celebrar el Día Internacional de los Bosques, publicar una infografía sobre la importancia de los árboles y después aceptar como inevitable la pérdida de suelo forestal, la expansión urbana o la degradación de los ecosistemas. Tal vez el verdadero problema sea que seguimos pensando que el desarrollo consiste únicamente en crecer: más infraestructura, más edificios, más información, más capacidad de procesamiento, más inteligencia artificial, más tecnología. Todo parece medirse por cuánto puede aumentar, pero pocas veces nos preguntamos cuánto desaparece mientras aumentamos.

Regreso entonces a aquella pregunta de mi compañero: “¿No crees que tenemos demasiados árboles en la Ciudad de México?”. Hoy respondería que no solamente nunca hemos tenido demasiados árboles; quizá nunca hemos tenido suficientes. Y mientras nosotros construimos inteligencias artificiales capaces de imaginar cualquier paisaje, mientras desarrollamos tecnologías cada vez más sofisticadas para transformar el mundo y mientras las guerras continúan encontrando nuevas herramientas para mantenerse en pie, los bosques siguen dependiendo de algo que ninguna máquina puede fabricar instantáneamente: tiempo. La inteligencia artificial puede generar la imagen de un bosque que nunca existió, pero no puede devolvernos el bosque que perdimos. Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos antes de seguir hablando de progreso: ¿de qué sirve que nuestra tecnología crezca a una velocidad extraordinaria si aquello que sostiene nuestra vida no tiene tiempo para crecer con nosotros?

ADN Elias Ascencio
Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


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