Una frase que hemos escuchado tantas veces que quizá ya dejó de sorprendernos. Sin embargo, basta observar la política mexicana para entender que pocas cosas son tan cambiantes como las lealtades, las alianzas y los caminos de quienes participan en ella.
Hoy pareciera que los ideales han perdido terreno frente a los objetivos. Y, en algunos casos, los objetivos colectivos han sido desplazados por propósitos individuales o de grupo.
Incluso hemos llegado a llamar lealtad a permanecer en un lugar donde, para pertenecer, se nos pide quebrantar aquello que somos. Pero conviene recordar algo elemental: la integridad consiste en hacer lo correcto aun cuando nadie nos está viendo.
Mucho se habla de quienes cambian de partido político. Se les llama traidores, malagradecidos, ambiciosos o convenencieros. Pero no todos los cambios pueden explicarse desde esos calificativos.
Hay políticos que saben hacer su trabajo y que, durante años, han construido una trayectoria vinculada con los ciudadanos. Algunos deciden cambiar de partido porque aquel espacio en el que comenzaron dejó de representar sus convicciones, perdió rumbo o, sencillamente, dejó de existir como el proyecto político que alguna vez conocieron.
Entonces surge una pregunta incómoda: ¿debemos permanecer toda la vida en un partido político por convicción?
No lo sé.
Un partido político no es una religión. Pero sí puede convertirse en un estilo de vida, en una forma de entender el servicio público y, para algunos, en una identidad política. Por eso, cuando alguien cambia de partido, la pregunta importante no debería ser solamente ¿por qué se fue?, sino también: ¿qué cambió en sus convicciones y qué permanece intacto en sus principios?
Porque ahí está la verdadera contradicción.
Cambiar de partido no necesariamente significa traicionar. Pero pasar de una ideología a su opuesto sin una explicación coherente sí puede generar dudas legítimas sobre las razones del cambio.
“Es de sabios cambiar de opinión”, solemos decir. Y es verdad. Somos seres humanos: aprendemos, cuestionamos, evolucionamos y podemos reconocer que estábamos equivocados. Pero cambiar de opinión no debería significar cambiar de principios cada vez que cambia la oportunidad.
Montesquieu escribió que “no hay poder que no tenga límites”. Y quizá esa idea también debería aplicarse a quienes ejercen la política: ningún partido, cargo, liderazgo o proyecto debería estar por encima de los principios que justifican el servicio público.
Por eso, más que juzgar automáticamente a quien cambia de camiseta, deberíamos observar algo más profundo: ¿qué lleva consigo cuando cambia?
Si deja un partido, pero conserva su honestidad, su responsabilidad y su compromiso con la ciudadanía, quizá estamos frente a una evolución política.
Pero si cambia de ideología únicamente para conservar poder, entonces el problema no está en cambiar de partido; está en haber convertido la política en un vehículo para el beneficio propio.
Al final, la política cambia. Los partidos nacen, crecen, se transforman y algunos desaparecen. Las alianzas también cambian.
Lo que no debería cambiar con tanta facilidad es la integridad.
Porque en política, efectivamente, nada está escrito.
Pero hay cosas que deberían permanecer firmes.

Mayra Machuca
Abogada, Activista, Columnista, Podcaster.
Especializada en análisis y asesoría jurídica, cuenta con experiencia administrativa y jurídica con habilidades destacadas en la resolución de problemas y coordinación de tareas. Experta toma de decisiones estratégicas. Activa en Toastmasters y Renace y Vive Mujer.



