Hay algo que me gusta de las ciudades: sus edificios también cuentan historias. Algunos hablan de una época, otros de una crisis, otros de una ciudad que está cambiando. Y la Torre Centinela, recién inaugurada en Ciudad Juárez, puede terminar contando una historia mucho más grande que la de una obra pública dedicada a la seguridad.
Puede hablar de una ciudad que está aprendiendo a mirarse de otra manera.
La Torre se levanta en el Centro Histórico, tiene 20 niveles y 113 metros de altura. Es una construcción que, por sus dimensiones, ya modificó el paisaje urbano de una zona que durante muchos años ha necesitado precisamente eso: nuevas razones para volver a ser protagonista de la vida de Juárez.
Pero lo verdaderamente importante no son los pisos ni la altura.
Es lo que puede comenzar a suceder alrededor.
Porque cuando una inversión pública de esta dimensión llega a una zona de la ciudad, no solamente ocupa un terreno. Genera movimiento. Lleva trabajadores, funcionarios, visitantes, proveedores, servicios y actividad cotidiana. Y esa presencia puede convertirse en un detonador para un sector que necesita recuperar población, comercio, inversión y, sobre todo, confianza.
El Centro Histórico de Ciudad Juárez tiene algo que ninguna nueva zona de la ciudad puede construir desde cero: historia.
Ahí están las calles que vieron crecer a la ciudad, los edificios antiguos, los comercios tradicionales, los hoteles, los espacios culturales y los lugares que durante décadas fueron parte de la vida cotidiana de los juarenses. Recuperarlo no significa convertirlo en un museo. Significa devolverle vida.
Y en ese sentido, la Torre Centinela puede convertirse en una pieza clave de esa transformación.
No porque un edificio pueda resolver por sí mismo los problemas de una zona, sino porque puede ayudar a cambiar la dinámica de un lugar. Una mayor presencia institucional, nuevas inversiones, mejores servicios, comercios que encuentren condiciones para crecer y una mayor circulación de personas pueden producir algo que Ciudad Juárez necesita con urgencia: que sus espacios vuelvan a sentirse habitables.
Eso también es seguridad.
A veces reducimos la seguridad a la presencia de policías, patrullas o cámaras. Pero una ciudad segura es también una ciudad donde hay gente en las calles, negocios abiertos, familias caminando, trabajadores entrando y saliendo, estudiantes, visitantes, restaurantes y actividades culturales.
La vida cotidiana es una de las mejores señales de que una ciudad está recuperando confianza y eso puede ser uno de los efectos más importantes de una infraestructura como ésta.
Porque cuando una persona siente que puede caminar por su ciudad, cuando un comerciante puede mantener abierto su negocio, cuando una familia vuelve a utilizar un espacio público o cuando una empresa encuentra condiciones para establecerse y crecer, la seguridad deja de ser una cifra y se convierte en algo que se experimenta todos los días.
Eso es particularmente importante en Juárez.
Esta ciudad conoce demasiado bien el costo social de la inseguridad. Recordemos aquellos años en que el miedo modificó horarios, rutinas, negocios, relaciones y hasta la manera de ocupar las calles. Hubo familias que se fueron, comercios que cerraron y personas que aprendieron a vivir con una sensación de amenaza que no debería formar parte de la vida cotidiana de nadie.
Por eso resulta significativo que hoy podamos mirar una obra de seguridad desde una perspectiva diferente.
No solamente como una respuesta a lo que nos ha ocurrido, sino como una herramienta para construir lo que queremos que ocurra.
Una ciudad con mejores condiciones de seguridad tiene más posibilidades de atraer inversión y conservarla. Tiene mejores oportunidades para desarrollar comercio, turismo, servicios y actividades culturales. Puede recuperar zonas deterioradas y hacer que nuevos proyectos encuentren un entorno más favorable.
Y cuando una zona se activa, los beneficios no se quedan dentro de un edificio.
Llegan a los negocios de alrededor, a los trabajadores, a los proveedores, al transporte, a los servicios y a quienes encuentran nuevas oportunidades para desarrollar sus propios proyectos.
Eso puede ser especialmente relevante para el Centro Histórico.
Durante años hemos hablado de la necesidad de recuperarlo. La Torre Centinela no es, desde luego, la solución completa para conseguirlo, pero sí puede convertirse en uno de los elementos que ayuden a cambiar su dinámica. Más actividad y mayor presencia pueden abrir espacio para nuevas inversiones, para la recuperación de inmuebles y para que la zona vuelva a ser un lugar al que se va no solamente por necesidad, sino también por elección.
Y quizá ahí esté uno de los mayores valores de esta obra.
En que puede ayudarnos a pensar la seguridad de una manera mucho más amplia.
Seguridad es poder trabajar. Poder caminar, emprender, abrir un negocio, disfrutar una plaza. Poder regresar a casa. Poder invitar a alguien a conocer nuestra ciudad sin tener que explicar primero todo aquello que alguna vez nos hizo temerle.
Ciudad Juárez tiene una enorme capacidad para reinventarse. Lo ha demostrado muchas veces. Es una frontera que produce, que recibe, que se adapta y que sigue creciendo incluso después de haber atravesado momentos que parecían capaces de detenerla.
Por eso la Torre Centinela puede representar algo más que una construcción monumental en el horizonte.
Puede representar confianza.
Confianza en que una ciudad que ha conocido la violencia también puede construir seguridad; que una zona que ha conocido el abandono puede recuperar actividad; que una frontera acostumbrada a ser noticia por sus problemas puede empezar a ser reconocida también por sus avances.
La Torre ya está ahí, en el corazón de Juárez.
Ahora puede convertirse en parte de una transformación mucho más grande: la de una ciudad que no quiere vivir mirando hacia atrás, sino que empieza a construir las condiciones para que su gente vuelva a mirar hacia adelante.
Porque quizá el verdadero significado de una obra como ésta no esté en sus 20 pisos.
Está en todo lo que puede ayudar a que suceda a sus pies.

Raúl García Ruiz
Autor de los libros "Puentes Azules" "Arquitectura Azul" y “SynDike”
Especialista en resolución de conflictos y mediador en instancias gubernamentales. Relacionista Público tanto con iniciativa privada como con los diversos organismos públicos. Actualmente se desempeña como Recaudador de Rentas del Gobierno de Chihuahua en Ciudad Juárez.
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