Hubo un tiempo en que el fotógrafo de prensa era reconocido por la velocidad de sus reflejos y la sensibilidad de su mirada. Hoy, en demasiados lugares, también debe ser reconocido por su capacidad para evaluar rutas de escape, identificar zonas de riesgo y decidir, en cuestión de segundos, si una fotografía vale más que su propia vida. La historia del fotoperiodismo es la historia de hombres y mujeres que cambiaron la manera en que entendemos el mundo, pero también es la historia de una profesión que, en pleno siglo XXI, sigue pagando un precio desproporcionado por el simple acto de informar.
La memoria del fotoperiodismo está construida por gigantes. Robert Capa desembarcó con los soldados aliados en Normandía para mostrar el rostro más humano de la Segunda Guerra Mundial. Henri Cartier-Bresson enseñó que el “instante decisivo” podía contener toda una historia. James Nachtwey convirtió la guerra, la hambruna y el sufrimiento humano en un llamado ético a la conciencia internacional. Sebastião Salgado documentó la migración, el trabajo y la desigualdad con una profundidad visual pocas veces alcanzada. Ninguno de ellos buscó únicamente una imagen extraordinaria; buscaron explicar la condición humana. Ese ha sido siempre el verdadero ejército del fotoperiodismo: hombres y mujeres armados únicamente con una cámara, una ética profesional y la convicción de que la sociedad necesita ver aquello que muchos preferirían ocultar.
El periodismo existe para informar. Su función es investigar, contrastar hechos y ofrecer a la ciudadanía información verificable que permita comprender la realidad. El fotoperiodismo comparte esa misión, pero la ejerce con un lenguaje distinto: la imagen. Una fotografía periodística no pretende únicamente ser bella; pretende ser evidencia. Es un documento visual que registra un hecho de interés público y que, acompañado de contexto, puede convertirse en una de las formas más poderosas de construir memoria colectiva. La historia moderna está llena de acontecimientos que recordamos no por los textos que los describieron, sino por las fotografías que los inmortalizaron.
Sin embargo, el poder de la fotografía también obliga a preguntarse dónde termina el derecho a informar y dónde comienza el derecho a la dignidad humana. Los límites del fotoperiodismo no deberían estar determinados por la tecnología, sino por la ética. Mostrar una tragedia puede ser necesario para comprender su magnitud; convertir el dolor en espectáculo jamás lo será. La línea es delgada. Un fotógrafo puede documentar una escena de violencia sin despojar a las víctimas de su humanidad. Puede denunciar una injusticia sin alimentar el morbo. Puede acercarse al horror sin perder el respeto por quienes lo padecen. La diferencia no está en el encuadre, sino en la intención.
No todas las coberturas representan el mismo nivel de riesgo. Fotografiar una sesión legislativa, un evento cultural o un partido de fútbol implica desafíos logísticos, pero rara vez pone en peligro la vida del fotógrafo. El escenario cambia cuando la cobertura se traslada a manifestaciones violentas, enfrentamientos entre grupos armados, desastres naturales, operativos policiales o regiones dominadas por el crimen organizado. Ahí la cámara deja de ser únicamente una herramienta de trabajo para convertirse, paradójicamente, en un motivo de amenaza. En esos contextos, el fotógrafo ya no solo debe dominar la exposición o la composición; necesita comprender protocolos de seguridad, identificar riesgos y asumir que, en ocasiones, la mejor fotografía es aquella que decide no tomar.
La profesión también ha cambiado. El periodista y el fotoperiodista de hoy trabajan en un ecosistema donde la información circula en tiempo real y donde millones de personas pueden registrar un acontecimiento con un teléfono móvil. Esto ha llevado a algunos a pensar que el fotoperiodismo profesional ha perdido relevancia. Ocurre exactamente lo contrario. En una época marcada por la desinformación, la manipulación digital y las imágenes generadas por inteligencia artificial, el valor diferencial del fotoperiodista ya no reside únicamente en producir una imagen, sino en garantizar su autenticidad, explicar su contexto y responder éticamente por ella. La credibilidad se ha convertido en el activo más importante del oficio.
México representa una de las contradicciones más dolorosas para esta profesión. No es un país en guerra declarada y, sin embargo, organizaciones internacionales como Reporteros Sin Fronteras, el Committee to Protect Journalists, Artículo 19 y la UNESCO coinciden en señalarlo como uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo fuera de un conflicto armado. Conviene hacer una precisión importante: no es correcto afirmar que en México mueran más periodistas o fotoperiodistas que en guerras activas de alta intensidad, como la de Gaza, donde el número de profesionales de los medios fallecidos ha sido excepcionalmente elevado. Esa comparación sería inexacta. Lo verdaderamente alarmante es otra realidad: en ausencia de una guerra formal, periodistas mexicanos continúan siendo asesinados por ejercer su trabajo, muchas veces después de investigar corrupción, crimen organizado o abusos de poder. Esa normalización de la violencia es, quizás, más inquietante que cualquier estadística.
Los hechos recientes vuelven imposible ignorar el problema. En las últimas semanas fueron asesinados periodistas en Puebla y Oaxaca, casos que se suman a una larga lista de agresiones contra profesionales de la información. No todos eran fotoperiodistas, pero la distinción resulta secundaria cuando el mensaje es el mismo: informar puede costar la vida. Cada nuevo asesinato envía una señal devastadora a quienes aún creen que el periodismo puede cumplir su función sin miedo. No solo se silencia una voz; se intenta intimidar a toda una profesión.
La pregunta final no es si México tiene buenos fotógrafos o excelentes periodistas. Los tiene, y de sobra. La pregunta es si el entorno institucional es suficiente para garantizar que puedan ejercer su trabajo con libertad. Mi respuesta es no. Mientras la impunidad siga siendo la regla, mientras las investigaciones no concluyan con justicia y mientras informar continúe representando un riesgo desproporcionado, hablar de plena libertad de prensa será más una aspiración que una realidad. Una democracia no se mide únicamente por el número de medios de comunicación que existen, sino por la capacidad de sus periodistas y fotoperiodistas para trabajar sin miedo. El día en que una cámara deje de necesitar protección para registrar la verdad, ese día podremos afirmar que la libertad de expresión ha dejado de ser un discurso para convertirse, por fin, en una conquista ciudadana.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


