Hay silencios que pesan más que cualquier grito. El que siguió al silbatazo final del partido entre México e Inglaterra no fue únicamente el silencio de un estadio; fue el de millones de personas que, durante unas semanas, decidieron creer. Porque el fútbol tiene esa extraña capacidad de suspender la realidad. Nos hace pensar que los problemas pueden esperar noventa minutos o más, que las diferencias desaparecen cuando comienza a sonar el himno y que por un instante, un país entero puede respirar al mismo ritmo. Ese es el verdadero poder de un Mundial: no se juega únicamente en la cancha, sino en el imaginario colectivo.
México perdió y es un hecho, pero las derrotas no siempre se miden por el marcador, algunas encuentran su verdadera dimensión en aquello que nos arrebatan. Inglaterra fue un gran rival, quizá el rival que debía aparecer para darle sentido al relato. Las grandes historias no necesitan enemigos débiles; requieren adversarios capaces de convertir la derrota en memoria. Inglaterra no sólo eliminó a la Selección Mexicana. También puso fin a una ilusión que había comenzado mucho antes del primer partido, cuando este país aceptó convertirse, una vez más, en anfitrión de la fiesta (empresa) más grande del fútbol.
Tal vez por eso el dolor fue tan profundo. No dolió únicamente la eliminación. Dolió despertar. Durante un mes vivimos una realidad distinta. Las calles cambiaron de lenguaje, las conversaciones dejaron de girar alrededor de la violencia, de la economía o de la política para hablar de alineaciones, goles y posibilidades. No era una evasión; era una tregua. Una de esas pausas que las sociedades necesitan para recordar que también pueden reunirse alrededor de algo que no sea el miedo.
La afición entiende esta lógica mejor que nadie. Quien ama el fútbol sabe que cada victoria lleva escondida la posibilidad de una derrota y que cada derrota es el precio que se paga por haber tenido el privilegio de soñar. El placer nunca llega solo. Siempre viene acompañado por la posibilidad del dolor. Quizá por eso recordé una de las obras más perturbadoras de Clive Barker. En The Hellbound Heart, llevada después al cine como Hellraiser, los cenobitas no distinguen entre placer y sufrimiento. Para ellos ambas experiencias terminan fundiéndose hasta convertirse en una sola. Quien abre la Caja de Lemarchand cree estar buscando una recompensa extraordinaria y descubre que esa recompensa exige un precio igualmente extraordinario. El Mundial fue nuestra Caja de Lemarchand. La abrimos el día que aceptamos organizar el torneo. La seguimos abriendo cada vez que llenamos un estadio, cada vez que vestimos la camiseta, cada vez que imaginamos que esta vez sí era posible. Durante unas semanas encontramos el placer absoluto: la fiesta, el orgullo de ser sede, la emoción de competir en casa y la esperanza de que la historia, por fin, estuviera de nuestro lado. Pero al abrir esa caja también aceptamos su otra cara. Mientras más grande era la ilusión, mayor sería el golpe si el sueño terminaba. Y terminó.
Sin embargo, mientras la afición vivía esa montaña rusa emocional, existía otra historia desarrollándose casi en silencio. La FIFA volvió a confirmar que entiende el fútbol como una industria global extraordinariamente rentable. México puso ciudades, infraestructura, seguridad, transporte y una parte importante del esfuerzo organizativo; el organismo rector del fútbol concentró buena parte del negocio mundial del torneo. No hay sorpresa en ello. Así funciona el modelo. La pasión pertenece a los aficionados; la rentabilidad pertenece a la industria.
Eso no significa que México no haya obtenido beneficios. Sería injusto afirmarlo. El Mundial dejó inversiones, modernización urbana, turismo, empleo temporal y una exposición internacional que pocos acontecimientos pueden ofrecer. Durante algunas semanas el mundo volvió la mirada hacia nuestras ciudades por razones distintas a las que normalmente ocupan los titulares internacionales. También eso tiene un valor que no puede medirse únicamente en pesos o dólares. Pero los Mundiales nunca deberían evaluarse cuando termina la final. Su verdadero legado comienza al día siguiente.
Hoy los estadios vuelven a ser sólo estadios. Las banderas regresan a los cajones. Los turistas emprenden el viaje de regreso. Las transmisiones especiales desaparecen de la televisión. Nosotros también regresamos a la rutina. Y es justamente ahí donde comienza la pregunta incómoda.
¿Qué cambió realmente?
¿Somos un país distinto al que existía antes del primer silbatazo? ¿La infraestructura construida mejorará la vida cotidiana de los ciudadanos o únicamente sirvió para responder a las exigencias de un torneo? ¿La unidad que produjo el fútbol encontrará un espacio en la vida pública o volveremos a dividirnos en cuanto desaparezca la emoción? ¿Aprendimos algo sobre nosotros mismos o simplemente consumimos otro gran espectáculo global?
Quizá el Mundial nunca tuvo como propósito responder esas preguntas. Tal vez esa responsabilidad siempre fue nuestra. Porque el fútbol, como toda gran narrativa, no transforma a las sociedades por sí mismo, apenas les ofrece un espejo. Durante un mes vimos reflejado el país que nos gustaría habitar: orgulloso, hospitalario, unido y esperanzado. Ahora que el sueño terminó, queda descubrir si ese reflejo era una posibilidad o apenas una ilusión.
Después de todo, el verdadero dolor no fue perder contra Inglaterra.
El verdadero dolor sería descubrir que, una vez apagados los reflectores, nosotros seguimos siendo exactamente los mismos.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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