México no tiene un problema de falta de unidad.
Tiene un problema de prioridades.
Cada cuatro años comprobamos que millones de personas pueden salir espontáneamente a las calles, abrazar desconocidos, cantar el himno, pintar su rostro con los colores nacionales y sentirse parte de un mismo país.
La capacidad de organización existe. La solidaridad existe. El sentido de pertenencia existe.
Lo que no existe con la misma intensidad es la disposición para defender aquello que realmente sostiene a una nación; la justicia, la educación, la seguridad, la legalidad y las instituciones.
Nos unimos por un gol.
Nos dividimos frente a todo lo demás.
Ésa es la verdadera derrota.
No es el futbol el que merece un juicio. Sería absurdo condenar uno de los pocos espacios donde todavía convivimos sin preguntar por el partido político, la religión o el nivel socioeconómico del otro. El deporte cumple una función social invaluable; genera identidad, cohesión y esperanza.
El problema comienza cuando esa esperanza termina confinada a una cancha. Cuando la única patria capaz de emocionarnos cabe dentro de un balón.
Mientras la selección juega, el país parece reconciliarse consigo mismo. Pero basta el silbatazo final para recordar que la otra selección, la de los ciudadanos, lleva décadas perdiendo el campeonato más importante; el de construir un Estado que funcione.
En cinco años, Ciudad Juárez ha acumulado cerca de 5,700 homicidios dolosos. Miles de familias viven con una silla vacía en la mesa. La desaparición de personas sigue siendo una herida abierta. Los feminicidios continúan exhibiendo el fracaso del Estado para proteger la vida de las mujeres. Colonias enteras sobreviven entre calles destruidas, parques abandonados, transporte insuficiente y escuelas rebasadas.
¿Dónde están entonces las caravanas?
¿Dónde los millones de ciudadanos vestidos con los colores de la indignación?
¿Dónde la celebración de cada sentencia contra un corrupto?
¿Dónde el júbilo cuando una escuela pública mejora o una colonia recupera su parque?
No existen.
Porque hemos aprendido que el espectáculo produce satisfacción inmediata, mientras la ciudadanía exige esfuerzo sostenido.
El gol recompensa.
La democracia exige.
Y entre ambas, la mayoría elige el camino emocionalmente más cómodo.
El sociólogo francés Émile Durkheim llamó “efervescencia colectiva” a esos momentos extraordinarios en los que una sociedad experimenta una emoción compartida capaz de fortalecer el sentido de pertenencia.
El futbol produce exactamente eso. Lo inquietante es que esa energía nunca logra convertirse en vigilancia ciudadana, organización vecinal o exigencia institucional.
La emoción termina donde debería comenzar la responsabilidad.
Y esa desconexión tiene consecuencias políticas.
Las democracias no mueren únicamente por culpa de gobernantes incompetentes o corruptos. También se erosionan cuando los ciudadanos renuncian a ejercer presión permanente sobre el poder. Cuando la indignación se vuelve episódica.
Cuando el entretenimiento sustituye al compromiso cívico.
Después nos preguntamos por qué gobiernan los peores.
Quizá porque los mejores ciudadanos estaban viendo el partido.
Resulta revelador observar cuánto sabemos del futbol y cuánto ignoramos del país que habitamos.
Millones pueden recitar alineaciones completas, estadísticas históricas y calendarios de competencia.
Pero pocos conocen el presupuesto de su municipio, el nombre de sus regidores, el desempeño de su diputado o la forma en que se gastan los impuestos que pagan.
Sabemos quién falló un penal.
Ignoramos quién votó una reforma que afectó nuestros derechos.
Recordamos el marcador de una final.
Olvidamos el número de homicidios del año pasado.
Celebramos el campeonato.
Normalizamos la impunidad.
No es casualidad.
Las sociedades también son educadas para distraerse.
Mientras la conversación pública gira alrededor del espectáculo, el poder trabaja con menos vigilancia.
Mientras discutimos quién debe jugar como delantero, casi nadie pregunta por qué más del 90% de los delitos permanece impune, por qué miles de jóvenes abandonan la escuela o por qué el crimen organizado recluta adolescentes con mayor eficacia que muchas instituciones educativas.
La distracción también puede convertirse en una forma de gobernar.
No mediante censura.
Sino mediante saturación de entretenimiento.
Un ciudadano emocionado consume.
Un ciudadano informado exige.
Y entre ambas figuras existe una enorme diferencia política.
El balón nunca será el enemigo.
El verdadero problema aparece cuando termina sustituyendo aquello que debería ocupar el centro de nuestra identidad democrática.
No necesitamos querer menos al futbol.
Necesitamos querer más al país.
Porque una nación no se mide por los goles que celebra.
Se mide por las injusticias que no está dispuesta a tolerar.
El patriotismo no consiste en cantar el himno antes de un partido.
Consiste en defender el Estado de derecho cuando nadie está mirando.
Consiste en exigir cuentas aunque no haya cámaras.
Consiste en proteger la educación pública con la misma pasión con la que defendemos una camiseta.
Consiste en indignarse cuando asesinan a un periodista, desaparece una estudiante o un funcionario roba recursos destinados a quienes menos tienen.
Mientras sigamos reservando nuestra capacidad de organización para los noventa minutos de un partido, seguiremos confundiendo emoción con ciudadanía.
Y esa confusión le resulta extraordinariamente útil al poder.
Porque los gobiernos no le temen a las multitudes que celebran.
Le temen a las sociedades que piensan.
Le temen a los ciudadanos que preguntan.
Le temen a quienes conocen sus derechos.
Le temen a quienes dejan de ser aficionados para convertirse en vigilantes de la democracia.
Quizá el verdadero Mundial que México necesita no se juegue en una cancha.
Se juega todos los días entre la indiferencia y la participación.
Entre el aplauso fácil y la exigencia incómoda.
Entre el espectáculo y la República.
Y hasta ahora, hay que decirlo con toda claridad, seguimos alentando con más pasión a un balón que a nuestro propio país.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


