Cuando el gobierno sorprende… para bien

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Fui con todo el prejuicio del mundo a las oficinas administrativas José María Morelos y Pavón de gobierno del estado.

Los que hemos crecido en este país sabemos lo que implica ir a hacer un trámite a oficinas de gobierno: hay apartar el día, pedir permiso en el trabajo o la escuela, llevar algo para leer, llegar súper temprano, resignarse mentalmente a la fila, saber que probablemente la ventanilla estará cerrada, al famoso “le falta un documento” y al funcionario que atiende como si te estuviera haciendo un favor personal. Eso es lo que esperaba cuando fui a renovar mi licencia de conducir a lo que todos conocemos en Juárez como “Pueblito Mexicano”, el complejo que concentra en un solo lugar buena parte de los trámites de diferentes dependencias estatales, que hacen que la vida administrativa de esta ciudad funcione, o no funcione, según el día.

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El trámite completo me duró menos de diez minutos. Diez minutos. Me quedé atónito, me paré un momento después de que me entregaron el documento, esperando que algo saliera mal, que me dijeran que había un error, que regresara mañana. No pasó nada de eso.

Me atendieron con amabilidad, con eficiencia, con esa rara combinación que en la burocracia mexicana suele sentirse como un accidente afortunado y no como la norma. Me fui con mi licencia en mano y con algo que no esperaba: una muy buena impresión de todos los que ahí laboran.

Antes de salir decidí darme una vuelta por el resto del complejo. Quería ver si lo que acababa de vivir era una excepción o si había algo distinto en el ambiente del lugar. Y lo había: el registro civil, sin filas, recaudación de rentas, sin filas. En la subsecretaría de educación, lo mismo. No había ese paisaje habitual de gente sentada en sillas de plástico mirando el techo, hartas y esperando que alguien del otro lado del mostrador se dignara voltear a verlos. Había movimiento, mucho movimiento, atención y varias ventanillas abiertas con personas haciendo amablemente su trabajo.

Eso tiene nombre, apellidos y responsable. El representante de la gobernadora en la región, Carlos Ortiz Villegas, quien ha impulsado una reorganización en la operación de estas oficinas y está dando resultados visibles. No lo digo para hacerle campaña, ni a él ni a nadie, tampoco para sumarme al coro de los que aplauden por costumbre. Lo digo porque en este oficio, y en esta ciudad, hemos construido una cultura donde lo malo siempre merece primera plana y lo bueno apenas un susurro, y esa asimetría también es una forma de deformar la realidad.

Somos muy buenos para documentar el fracaso. Nos sale natural, y tiene su razón de ser: el poder necesita ser vigilado, cuestionado, incomodado. Pero hay algo que se pierde cuando solo sabemos hablar de lo que falla. Se pierde la posibilidad de reconocer que el servicio público puede funcionar, que hay funcionarios que sí se presentan a trabajar, que los cambios de gestión sí mueven el velocímetro. Y si no lo decimos cuando esto ocurre, le quitamos también el valor a la exigencia cuando las cosas no suceden.

Quedan aún muchas cosas por hacer. Juárez tiene deudas institucionales de largo plazo que diez minutos en un proceso de renovación no saldan. Pero ese es precisamente el punto: reconocer un avance no es capitular ante la mediocridad, es calibrar bien el termómetro. Y el termómetro esta semana, en Pueblito Mexicano, marcó algo que vale la pena decir en voz alta: esto funcionó y funcionó muy bien.

ADN Cesar Calandrellly
César Calandrelly

Comunicólogo / Analista Político

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