Durante mucho tiempo nos contaron una historia cómoda. El arte nació en Europa. La sensibilidad estética floreció en las cuevas de Altamira y Lascaux, y el resto del mundo observó (en silencio, se supone) cómo la humanidad aprendía a representarse a sí misma. Era una narrativa ordenada, casi elegante en su arrogancia. También era, como hoy sabemos, profundamente incompleta.
El arqueólogo Maxime Aubert ha contribuido a desmontar ese relato con una precisión que incomoda. Su trabajo en la isla de Sulawesi, Indonesia, ha permitido fechar pinturas rupestres de hasta 60,000 años de antigüedad: manos impresas sobre roca, animales trazados con pigmentos, escenas que sugieren algo más que un reflejo del entorno inmediato. No son marcas al azar. Son símbolos. Y ahí es donde la historia comienza a resquebrajarse.
Porque lo que Aubert ha hecho no es solo encontrar imágenes antiguas, sino demostrar algo más incómodo: el pensamiento simbólico (esa capacidad de representar el mundo a través de signos, de construir sentido más allá de lo inmediato) no pertenece a ninguna geografía privilegiada. Desde que sus hallazgos comenzaron a circular en la comunidad científica hace poco más de una década, ya se intuía que el origen del arte no podía seguir atado al Atlántico. Investigaciones posteriores han empujado aún más atrás la cronología, obligándonos a aceptar algo que la academia occidental resistió durante generaciones.
“La inteligencia simbólica no tuvo un punto de partida único. El arte emergió allí donde el ser humano tuvo la capacidad de abstraer, de recordar y de compartir significado.”
La importancia de este trabajo no radica únicamente en la antigüedad de las pinturas, sino en lo que implican. Durante décadas, la historia del arte descansó sobre una suposición silenciosa: que la inteligencia simbólica tuvo un punto de partida claro, casi civilizatorio, y que Europa era ese punto. Sin embargo, las cuevas de Sulawesi sugieren lo contrario. El arte no nació en un solo lugar; emergió allí donde el ser humano tuvo la capacidad de abstraer, de recordar y de compartir significado. El arte no es un logro cultural localizado: es una condición humana extendida.
Que este tema haya cobrado relevancia en el presente no es casual. No vivimos un momento neutral. Hoy se cuestionan las narrativas dominantes, se revisan los relatos heredados, se tensionan las ideas de centro y periferia. En ese contexto, afirmar que una de las formas más antiguas de expresión artística conocida se encuentra en Asia no es solo un dato arqueológico: es una grieta en el discurso que durante siglos colocó a Occidente como el origen de todo lo valioso.
Pero hay algo más profundo en juego. Para que esas manos quedaran impresas en la roca, para que ese cerdo verrugoso fuera delineado con intención, tuvo que existir una capacidad específica: el pensamiento simbólico. No basta con ver el mundo; hay que ser capaz de separarse de él, de abstraerlo y de reconstruirlo en otra forma. Un símbolo no es la cosa misma, sino su representación cargada de sentido. Implica memoria, lenguaje, vida social e intencionalidad. Implica, en términos simples, humanidad plena.
Y quienes realizaron estas pinturas fueron exactamente eso: individuos de la especie Homo sapiens, hace entre 40,000 y más de 60,000 años, durante el Paleolítico Superior. No eran seres a medio formar, ni mentes en proceso de desarrollo. Eran humanos completamente capaces de pensar, de imaginar y de representar. La diferencia no está en ellos; está en cómo los hemos interpretado, o más bien, en cómo hemos decidido ignorarlos.
“Si la creatividad y el pensamiento complejo no surgieron en un único centro cultural, entonces las jerarquías construidas a partir de esa idea comienzan a tambalearse.”
Y es ahí donde este hallazgo deja de ser una anécdota científica para convertirse en un problema contemporáneo. Porque si aceptamos que la creatividad, el arte y el pensamiento complejo no surgieron en un único centro cultural, entonces las jerarquías que hemos construido a partir de esa idea comienzan a tambalearse. La noción de superioridad cultural, tan arraigada en la historia moderna, pierde uno de sus argumentos más sutiles, y quizás más poderosos.
Lo que hace Aubert, en el fondo, no es descubrir pinturas. Es obligarnos a mirar de nuevo. A aceptar que la historia no es una línea recta que parte de Europa y se expande hacia el mundo, sino una red mucho más compleja, donde distintos grupos humanos, en distintos momentos y continentes, desarrollaron capacidades similares. Capacidades que hoy seguimos utilizando para explicar quiénes somos.
Tal vez por eso incomoda tanto. Porque al observar esas manos impresas en la roca, no vemos solo un gesto antiguo: vemos un reflejo. Uno que desarma la idea de que hemos sido siempre el centro de la historia. Y entonces la pregunta deja de ser arqueológica para volverse urgentemente actual:
¿Cuántas otras historias seguimos contando como verdades absolutas, cuando en realidad son apenas versiones convenientes?

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


