La soberanía tecnológica y el conocimiento útil hoy.

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Hablar hoy de conocimiento implica, inevitablemente, hablar de poder. En un mundo atravesado por algoritmos, datos y sistemas de inteligencia artificial, ya no basta con preguntar qué es saber, sino para qué sirve y, sobre todo, quién lo controla. La idea de “conocimiento útil” ha dejado de ser una categoría académica para convertirse en un criterio estratégico: aquello que no produce valor, predicción o ventaja tecnológica comienza a perder legitimidad. En este contexto, la soberanía tecnológica emerge no sólo como un objetivo económico o político, sino como la condición que define qué conocimientos importan y cuáles pueden ser descartados.

Hoy esa premisa comienza a resquebrajarse.

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El recorrido histórico muestra que cada cambio tecnológico redefine lo que entendemos por conocimiento. En la Edad Media, saber era interpretar textos sagrados; con la modernidad, el conocimiento se volvió científico, verificable, objetivo. Más tarde, con la digitalización, se transformó en información procesable. Sin embargo, en el presente asistimos a un desplazamiento más radical: el conocimiento ya no se define sólo por su capacidad de explicar el mundo, sino por su capacidad de operarlo, anticiparlo y en muchos casos, producirlo.

Esto nos obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿qué es el conocimiento útil hoy? La respuesta, aunque inquietante, parece clara. Es útil aquello que predice, que automatiza, que optimiza. La inteligencia artificial, la ciencia de datos y los sistemas algorítmicos no buscan comprender la realidad en un sentido profundo, sino hacerla calculable. El conocimiento se mide por su rendimiento, por su capacidad de generar resultados inmediatos, por su inserción en circuitos de valor económico y control operativo. En este contexto, disciplinas que no producen efectos cuantificables comienzan a desplazarse hacia los márgenes.

El impacto de esta transformación es aún más profundo cuando observamos los procesos cognitivos. Tradicionalmente, pensar implicaba interpretar, dudar, establecer relaciones complejas. Hoy, buena parte de esas operaciones son delegadas a sistemas que procesan información a velocidades inalcanzables para el cerebro humano. No se trata sólo de una herramienta que asiste, sino de una instancia que decide, sugiere y, en ocasiones, sustituye. La cognición se externaliza. Y con ello, la experiencia misma del conocimiento se modifica: ya no es necesario comprender, basta con acceder.

En paralelo, emerge otro concepto clave: la soberanía tecnológica. En un mundo donde la infraestructura digital define el poder, no basta con consumir tecnología, es necesario producirla. Países como China han entendido esto con claridad estratégica: quien controla los algoritmos, los datos y los sistemas, controla también las formas de ver, de interpretar y de organizar la realidad. La tecnología deja de ser neutral y se convierte en un dispositivo de poder. Así, el conocimiento útil no sólo es el que genera riqueza, sino el que garantiza autonomía frente a otros sistemas.

Pero, ¿todo esto aplica para México? La respuesta no es sencilla. Por un lado, México participa activamente en la economía digital global, consume plataformas, desarrolla talento técnico y se inserta en cadenas tecnológicas. Por otro, enfrenta una dependencia estructural en términos de infraestructura, desarrollo científico y producción tecnológica. Esto genera una tensión: se adopta la lógica del conocimiento útil (orientado a la eficiencia y al mercado) sin necesariamente contar con las condiciones para producirlo de manera soberana. El riesgo es claro: convertirse en usuario avanzado de tecnologías externas, pero no en generador de las mismas.

Además, en el ámbito educativo, esta transición no siempre es reflexiva. Se incorporan discursos sobre innovación, inteligencia artificial y habilidades digitales, pero sin una discusión profunda sobre sus implicaciones epistemológicas y culturales. ¿Qué tipo de pensamiento se está formando? ¿Qué lugar ocupa la crítica, la interpretación, la construcción de sentido? Si el conocimiento se reduce a lo operativo, la formación humana corre el riesgo de empobrecerse, incluso cuando se vuelve más eficiente.

Aquí se encuentra el punto crítico de nuestra época. No es sólo una cuestión de avance tecnológico, sino de redefinición de lo humano. Si pensar puede externalizarse, si crear puede automatizarse, si decidir puede delegarse, entonces la pregunta ya no es qué podemos hacer con la tecnología, sino qué está haciendo la tecnología con nosotros.

No vivimos únicamente una revolución tecnológica, sino una mutación ontológica: el tránsito de un mundo fundado en la huella a un mundo fundado en la generación. En este nuevo régimen, la realidad ya no necesita ser registrada para existir; puede ser producida sin referente, simulada, anticipada. La imagen sin huella (la imagen sintética generada por la IA) deja de ser excepción y se vuelve norma. Y en ese desplazamiento, el conocimiento deja de ser una búsqueda de verdad para convertirse en una herramienta de producción de mundos. La cuestión, entonces, no es si estamos preparados para este cambio, sino si somos capaces de comprender lo que estamos dejando atrás.

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Elias Ascencio

Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.

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