La peligrosa evolución de la indiferencia en Ciudad Juárez.
Por Guadalupe Parada Gasson
Durante décadas, Ciudad Juárez ha sido una ciudad que se reinventa entre crisis.
Hemos sobrevivido a la violencia extrema, a las crisis económicas que vienen del norte y a las decisiones políticas que se toman lejos de nuestra realidad.
Sin embargo, hay un fenómeno silencioso, más profundo y quizás más peligroso que cualquier otro; la degradación de nuestra conciencia social.
Podrá parecer una afirmación dura, pero es necesario decirlo con claridad; como sociedad hemos transitado de ser pendejos a convertirnos en estúpidos.
Y la diferencia entre ambos estados no es un simple insulto o una expresión coloquial; es una distinción profunda que refleja el deterioro de nuestra capacidad colectiva para reaccionar, exigir y construir un futuro distinto.
El pendejo, en términos sociales, es aquel que no sabe, el que es ingenuo, el que desconoce cómo funcionan las cosas.
Puede ser manipulado porque carece de información o de experiencia.
Durante muchos años, Ciudad Juárez fue eso; una sociedad ingenua frente al poder político, frente a los abusos económicos, frente a las promesas que nunca se cumplían.
Pero la estupidez es otra cosa.
El estúpido sabe lo que está mal, entiende el problema, ve las consecuencias… y aun así decide no hacer nada.
Se resigna. Se acostumbra. Se adapta al deterioro como si fuera parte natural de la vida.
Y ese es el punto al que estamos llegando.
Hoy en Ciudad Juárez sabemos perfectamente que vivimos en una ciudad profundamente desigual. Sabemos que hay colonias enteras donde la infraestructura urbana es precaria, donde el transporte público es indigno, donde la inseguridad forma parte del paisaje cotidiano. Sabemos que la economía local depende de ciclos industriales que no controlamos, donde miles de trabajadores viven con salarios que apenas alcanzan para sobrevivir.
Lo sabemos todo.
Pero lo aceptamos.
Aceptamos que las calles estén destruidas.
Aceptamos que el transporte público sea una humillación diaria.
Aceptamos que los jóvenes no encuentren oportunidades reales de desarrollo.
Aceptamos que la violencia siga siendo una amenaza constante.
Nos indignamos un par de días en redes sociales y luego continuamos con nuestra vida, como si nada hubiera pasado.
Ahí es donde comienza la estupidez social.
Porque la estupidez no es ignorancia; es renunciar voluntariamente a la responsabilidad colectiva.
En lo económico ocurre exactamente lo mismo. Ciudad Juárez es una de las ciudades industriales más importantes del país, motor de exportación, pieza clave del comercio binacional.
Pero basta mirar con detenimiento para descubrir la contradicción brutal; generamos miles de millones de dólares en producción industrial y, sin embargo, una gran parte de nuestra población vive con ingresos precarios.
La riqueza se produce aquí, pero el desarrollo no se queda aquí.
Y lo más grave es que lo aceptamos con una naturalidad alarmante.
Nos acostumbramos a celebrar cifras macroeconómicas mientras los jóvenes crecen en colonias donde el horizonte no es la innovación ni el emprendimiento, sino sobrevivir al entorno.
Ese entorno gris, inseguro e inestable económicamente está moldeando una generación que poco a poco pierde la esperanza.
Y cuando una sociedad pierde la esperanza de sus jóvenes, empieza a morir lentamente.
Hoy vemos a miles de jóvenes en Juárez atrapados entre tres realidades; empleos mal pagados, sistemas educativos desconectados de las necesidades reales del mercado y un contexto social que muchas veces normaliza la violencia o la resignación.
La consecuencia es devastadora; una juventud sin ambición colectiva.
No porque no tengan talento o inteligencia, sino porque crecieron viendo que el esfuerzo no necesariamente cambia las cosas.
Crecer en una ciudad donde la meritocracia es frágil y las oportunidades parecen reservadas para unos cuantos genera una peligrosa sensación de inutilidad social.
Y entonces ocurre algo peor; dejamos de imaginar un futuro diferente.
Caminamos por la ciudad como si fuéramos parte de una escena permanente de The Walking Dead; miles de personas moviéndose todos los días, trabajando, consumiendo, sobreviviendo… pero sin un proyecto colectivo que nos impulse hacia adelante.
Es una sociedad que sigue funcionando, pero que ha perdido el impulso vital.
Lo más preocupante es que esta condición no es producto únicamente de los gobiernos.
También es resultado de nuestra propia apatía.
Hemos dejado de exigir.
Hemos dejado de organizarnos.
Hemos dejado de creer que la ciudad nos pertenece.
La política se convirtió en espectáculo, la indignación en entretenimiento digital y la participación ciudadana en una rareza.
Y así, poco a poco, la estupidez colectiva se normaliza.
Porque cuando una sociedad deja de cuestionar al poder, deja de exigir resultados y deja de defender su dignidad urbana, lo que queda es una ciudad que funciona por inercia.
Pero una ciudad sin conciencia crítica está condenada al estancamiento.
Ciudad Juárez no necesita más discursos triunfalistas ni más diagnósticos repetidos.
Necesita recuperar algo mucho más importante; la capacidad de incomodarse.
La incomodidad social es el primer paso hacia el cambio.
Una sociedad incómoda exige mejores gobiernos.
Una sociedad incómoda exige mejores salarios.
Una sociedad incómoda exige mejores ciudades.
Pero una sociedad adormecida simplemente sobrevive.
Y sobrevivir no es vivir.
Juárez tiene talento, tiene historia, tiene capacidad productiva y tiene una juventud que todavía puede transformar esta ciudad.
Pero para que eso ocurra debemos romper con esta peligrosa evolución social que nos ha llevado de la ingenuidad a la resignación.
Porque una cosa es haber sido pendejos por no saber.
Pero otra muy distinta es convertirnos en estúpidos por saber… y no hacer absolutamente nada.
Y si no reaccionamos pronto, el mayor riesgo para Ciudad Juárez no será la violencia, ni la economía, ni la política.
Será nuestra propia indiferencia.

Guadalupe Parada Gasson
Economista, experta en comercio exterior, periodista y docente con amplia trayectoria en sectores público y privado. Ha dirigido medios impresos y digitales, liderado proyectos de comunicación y formación, y se ha desempeñado en ventas, publicidad y relaciones públicas. Destaca por su perfil multidisciplinario, visión estratégica y compromiso con la gestión social y educativa. Recientemente presidenta de Rotary Club Juárez Real (2023–2024).


