En 2026 vivimos bajo un escrutinio constante. Las redes sociales, la polarización y la presión por aparentar éxito nos han empujado a vivir a la defensiva. Como si todos los días hubiera algo que corregir, algo que justificar, algo por lo cual ser juzgados. Nos hemos acostumbrado a esa tensión permanente, pero eso no la vuelve normal. Por eso, hablar de espacios seguros hoy no es una moda ni un concepto terapéutico: es una necesidad profundamente humana.
Inspirada en Me llamo Agneta, cuya protagonista es sueca, esta reflexión parte de una idea sencilla: todos necesitamos un lugar donde podamos ser sin miedo. Pero esos espacios no nacen de la aprobación ajena, sino del amor propio. De la decisión de dejar de mirarnos con dureza para empezar a reconocernos con dignidad. Solo desde ahí podemos construir entornos donde otros también se sientan seguros.
A veces, ese refugio no es abstracto. Es concreto. Es, por ejemplo, ese lugar donde vamos a bailar todos los jueves. Donde coinciden jóvenes de 20 años con personas de 70, principiantes con bailarines experimentados. Nadie pregunta de dónde vienes ni cuánto sabes; nadie juzga. Solo existe el ritmo compartido, la risa, el error sin vergüenza y la alegría genuina de estar ahí. Ese espacio funciona porque parte de algo simple: el amor por el baile, pero también el respeto por quien lo comparte contigo.
Fuera de esos refugios, la realidad suele ser distinta. Estamos cansados de sentir que siempre hay algo mal en nosotros. De vivir bajo la lógica del señalamiento constante. De ser vistos, muchas veces, no como personas, sino como instrumentos para alcanzar un fin, una narrativa o incluso una venganza. Esa deshumanización, cotidiana y silenciosa, erosiona vínculos, desgasta identidades y rompe comunidades.
Por eso, más que preguntarnos si somos un espacio seguro para otros, hay algo previo y más urgente: aprender a elegir en qué espacios estamos. No todos los entornos merecen nuestra permanencia ni todas las voces merecen nuestro desgaste. Saber retirarse, poner límites y permanecer donde hay respeto no es egoísmo: es una forma de amor propio.
Lo íntimo y lo público no están separados. Una sociedad que no sabe cuidarse en lo cercano difícilmente podrá sostener una democracia sana. Como advirtió Hannah Arendt, la libertad necesita espacios donde podamos aparecer ante otros sin temor. Defender esos espacios —en casa, en comunidad, en lo público— es defender algo esencial.
En tiempos donde todo parece medirse, juzgarse y exponerse, proteger estos refugios es un acto de resistencia. La libertad no es solo hacer, sino poder ser sin miedo. Y en esa posibilidad, en esa tranquilidad de existir sin juicio, también habita algo que hemos olvidado: una sencilla pero poderosa joie de vivre, la alegría de estar vivos sin tener que pedir permiso.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
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