Seguramente, usted ha notado un fenómeno cada vez más común en Ciudad Juárez. En restaurantes, supermercados, plazas comerciales e incluso en los alrededores de algunos parques industriales es cada vez más frecuente encontrar grupos de ingenieros de origen asiático. Para muchos es una imagen curiosa y para otros, una consecuencia natural de la llegada de empresas taiwanesas como Foxconn, Inventec, Pegatron, Wistron o Wywinn. Sin embargo, esa presencia dice mucho más sobre el futuro de la región que sobre un fenómeno migratorio.
Lo que estamos viendo es otra de la señales que indican que la competencia económica ya no se define únicamente por quién ofrece mejores incentivos para atraer inversión, sino por la capacidad (o incapacidad) de generar el talento que esa inversión necesita.
En varias de mis columnas he abordado este tema: cómo la plataforma manufacturera que Juárez ha construido por décadas se está modificando de manera significativa. Además de hablar sobre el número de parques industriales, los cuatro cruces fronterizos, la logística binacional y las cadenas de suministro, estamos hablando de conocimiento y talento.
La llegada de ingenieros de Taiwán, Malasia, Vietnam o Corea no significa que en Juárez falten trabajadores. Significa que las empresas están trayendo consigo capacidades altamente especializadas que aún no encuentran con suficiente profundidad en el mercado regional. No sólo necesitan ingenieros, sino personas familiarizadas con procesos de manufactura avanzada, automatización, integración de sistemas y culturas organizacionales desarrolladas durante décadas en Asia.
Desde la universidad, esa realidad es evidente. Las empresas instaladas en la ciudad manifiestan una demanda creciente de talento especializado y, al mismo tiempo, reconocen las dificultades para encontrar personal. Aquí es importante precisar que no es porque los técnicos e ingenieros de Juárez no sean buenos, porque su capacidad técnica es reconocida; una gran brecha se encuentra en el dominio del idioma inglés y la formación de habilidades transversales. El desafío ya no consiste únicamente en aumentar la matrícula de ingeniería, sino en desarrollar capacidades que evolucionen al mismo ritmo que la industria.
Pero, esta presión apenas comienza. A pocos kilómetros de nuestra frontera, el crecimiento de centros de datos e infraestructura digital en el sur de Estados Unidos abrirá una nueva fuente de demanda para perfiles relacionados con energía, automatización, software, redes, inteligencia artificial y ciberseguridad. Manufactura avanzada e infraestructura digital competirán por los mismos ingenieros, técnicos y especialistas.
Justo en este punto es donde quiero introducir una pequeña idea sobre cómo abordar parte del reto que se plantea en el Borderplex. Tal vez debamos dejar de pensar con categorías del pasado en las que damos por hecho que Chihuahua debe formar talento para Chihuahua y que Texas debe formar talento para Texas. Las empresas hace tiempo dejaron de operar bajo esa lógica y sus cadenas de producción, innovación y desarrollo ya funcionan como sistemas regionales.
Quizá la pregunta ya no sea cuántos ingenieros puede formar cada estado por separado, sino la posibilidad de que la región Paso del Norte pueda convertirse en uno de los principales ecosistemas de talento especializado de Norteamérica. Y creo que para esto no es necesario esperar a que en Washington o CDMX se den cuenta y decidan impulsar acuerdos binacionales que comenzarán con una foto para las portadas y luego tardarán meses en operarse. Creo que puede iniciar de manera regional si miramos a las universidades de otra manera.
Las instituciones educativas pueden ayudar a organizar el futuro de la región, no mediante convenios protocolarios ni declaraciones de buena voluntad. Las universidades pueden construir mecanismos permanentes para compartir información sobre las necesidades de la industria, desarrollar programas académicos conjuntos, impulsar certificaciones reconocidas en ambos lados de la frontera, facilitar la movilidad de estudiantes y profesores y crear laboratorios donde empresas y universidades desarrollen capacidades de manera colaborativa.
¿Cuántos alumnos cruzan cada día la frontera para estudiar en UTEP? ¿Cuántos son parte de la cotidiana dinámica binacional y bicultural? En cambio, ¿cuántos esfuerzos de formación trasgreden los límites nacionales?
En otras palabras, creo que es posible dar un salto competitivo como región que permita atraer nuevas inversiones, sostenerlas y escalarlas. A los planes para modificar y modernizar la infraestructura logística para los vehículos de carga, debemos agregar la construcción de puentes que no son de acero o concreto. El próximo puente podría verse más como una red de universidades capaces de formar, conjuntamente, el talento que demandará la siguiente generación de industrias de América del Norte.
Quizá dentro de algunos años sigamos viendo ingenieros asiáticos caminar por las calles de Juárez. La diferencia será que entonces no vendrán a cubrir una escasez de talento, sino a integrarse a uno de los ecosistemas universitarios e industriales más dinámicos de Norteamérica. Ese sería el verdadero puente que valdría la pena construir.

Luis Enrique Villavicencio
Especialista en desarrollo económico y vinculación estratégica entre academia, industria y sector público. Enfocado en fortalecer MIPYMES y alinear la formación con el sector productivo, analiza el entorno económico con visión crítica y enfoque propositivo para impulsar la competitividad regional.
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