Ser editor de un medio que se presenta como plural, paritario y sin censura es todo un reto.
Primero porque, siendo francos, todos tenemos color en nuestras ideas. Yo no creo mucho en eso de la neutralidad absoluta. Uno puede intentar ser justo, revisar sus propios prejuicios, escuchar al que piensa distinto y hasta desconfiar un poco de aquello que confirma exactamente lo que uno ya pensaba.
Pero dejar de tener ideas propias, filias, antipatías o una manera particular de mirar las cosas, pues no.
Yo también las tengo.
Y prefiero reconocerlo antes que asumir esa pose de objetividad casi celestial desde la cual algunos periodistas parecen mirar al resto del mundo como si ellos estuvieran fuera de él.
En Plumas nunca hemos querido eso.
Lo que hemos intentado construir es un espacio plural, que no es exactamente lo mismo. Aquí pueden convivir personas que piensan distinto, incluso muy distinto, sin necesidad de fingir que no tienen una postura.
Eso, dicho así, suena sencillo.
No siempre lo es.
La cosa cambia cuando llega a tus manos una colaboración con la que no estás de acuerdo. Cuando alguien cuestiona a un personaje que tú ves con cierta simpatía o, al revés, encuentra algo rescatable en alguien a quien tú has criticado.
A veces uno está leyendo y deja de pensar como editor por unos segundos para empezar a discutir mentalmente con quien escribió el texto.
Supongo que es normal.
Lo importante viene después: recordar que mi trabajo no consiste en lograr que el colaborador piense como yo.
Sí tengo que pedirle sustento cuando hace una acusación, corregir un dato equivocado, señalar cuando una especulación se está presentando como hecho o advertir cuando una frase puede convertirse en algo distinto a una crítica política.
Eso es editar.
Lo otro, empezar a quitar ideas simplemente porque me molestan o porque afectan a alguien cercano, ya es terreno mucho más complicado.
Y sería ingenuo decir que esas tentaciones no existen en los medios.
También pasa con aquello de “sin censura”. No quiere decir que aquí cualquiera pueda escribir cualquier cosa y ya. Tampoco somos una pared de baño público.
Hay responsabilidades.
Quien firma una columna tiene que hacerse cargo de lo que escribe y quien la publica también tiene que preguntarse si aquello puede sostenerse. A veces toca pedir una fuente, una precisión, bajar una afirmación que se fue demasiado lejos o simplemente hablar con el autor y decirle: por aquí creo que tenemos un problema.
Eso forma parte del oficio.
Lo que intento cuidar es no cruzar otra línea: la de terminar decidiendo lo que los demás deben pensar.
Con la paridad ocurre algo parecido.
Si una mujer ocupa un espacio de poder, me parece natural que esté sujeta al mismo escrutinio que cualquier hombre en la misma posición. No veo por qué tendría que ser de otra manera.
Pero también hay que cuidar cómo se hace esa crítica.
No es lo mismo cuestionar una decisión pública, una campaña, una contradicción o una forma de ejercer el poder, que recurrir al género, al físico o a la vida privada para tratar de disminuir a alguien.
Y no siempre la frontera es tan evidente como quisiéramos.
A veces uno se equivoca.
Yo me equivoco.
También los colaboradores.
Y seguramente habrá textos que, vistos meses después, uno habría editado de otra manera. Parte de sostener un espacio plural también consiste en aceptar eso sin convertir cada error en una tragedia ni cada corrección en una derrota.
Lo que sí me preocuparía sería terminar construyendo un medio donde todos dijeran más o menos lo mismo.
Para eso ya hay suficientes.
A mí me interesa que aquí escriba alguien de izquierda y alguien de derecha. Que tenga espacio quien simpatiza con Morena y quien lo cuestiona; quien milita o simpatiza con el PAN y quien lleva años criticándolo; quien todavía cree en los partidos y quien piensa que todos terminaron decepcionándolo.
Seguramente habrá textos que me gusten más que otros.
También habrá algunos con los que no coincida prácticamente en nada.
Y está bien.
Al final, quien lee tampoco necesita que nosotros le digamos qué pensar. Puede coincidir, enojarse, cuestionarnos, detectar una contradicción, cerrar la página o volver al día siguiente para leer a alguien completamente distinto.
Quizá eso es lo que más trabajo me ha costado entender como editor: que abrir un espacio a distintas voces no significa estar de acuerdo con todas.
Significa resistir, de vez en cuando, esas ganas tan humanas de cerrar la puerta cuando quien acaba de entrar piensa exactamente al revés que uno.

David Gamboa
Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.
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