Ver una sequoia es uno de los espectáculos más impresionantes que puede ofrecer la Naturaleza. Y un auténtico desafío a los sentidos humanos. Su altura supera fácilmente a la de un edificio de nueve plantas y su grosor llega a alcanzar los siete metros de diámetro. Un solo árbol pesa como dos aviones de pasajeros intercontinentales cargados al máximo de su capacidad. O el equivalente a trece ballenas azules, el animal más grande que existe actualmente en la Tierra. Por eso, caminar bajo un bosque de sequoias es cruzar la barrera de la fantasía. Una realidad que se impone como una nueva manera de entender la Naturaleza y el lugar que ocupamos en ella. Repentinamente uno se convierte en un animal diminuto. Algo semejante a lo que podría sentir una hormiga paseando bajo un campo de flores.    

Pero si las dimensiones abruman, tocar una sequoia puede resultar más sobrecogedor. Su tacto es extraordinariamente suave y tiene una textura de madera raspada en pequeñas virutas. Como si fuese una fina capa de vello. Aunque esto es casi lo menos relevante. Lo que escapa al razonamiento humano es que uno está acariciando es un ser que tiene casi tres milenios de edad y aún continúa vivo. Es difícil conceptualizar que esa madera anaranjada fue joven antes de que naciera el Cristianismo. Y que las raíces sobre las que pisamos empezaron a extenderse cuando los egipcios aún construían sus pirámides. Estos gigantes, erguidos sobre la sierra californiana, han permanecido tranquilamente ajenos a un mundo de constante transformación entre imperios y civilizaciones que se destruían entre sí y a sí mismas. ¿Pueden imaginar que durante su propia existencia hayan vivido todo lo que los expertos consideran la “Historia”?

Si fuese cierta esa idea en la biología moderna de que los organismos vegetales también poseen su propia clase de consciencia, ¿qué pensarían las sequoias de saber todo esto? ¿Estarían advertidas de su privilegio? ¿De haber alcanzado lo que el Hombre anhela desde su origen? Y yo me pregunto que, si de la misma manera en que nosotros despreciamos a los insectos por su molestia e insignificancia, ¿nos considerarían ellas también seres insignificantes? Es apasionante imaginar el cúmulo de sabiduría que podría ofrecernos un organismo casi eterno. Porque lo cierto es que no existe la previsión de que vayan a morir dentro de poco.

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Mientras que los seres humanos, así como la práctica totalidad de organismos vivos, nacemos con el estigma de una fecha máxima de caducidad, las sequoias no parecen tener límite. De hecho, es imposible predecir cuándo morirá una. Las principales causas de fallecimiento son la acción humana, los corrimientos de tierra o la caída por su propio peso. Y los inmensos cadáveres permanecen tendidos en el suelo conservando casi su tamaño y la consistencia de su madera. Como si la poderosísima Naturaleza fuese incapaz de descomponerlas. Tanto que en algunos lugares han horadado túneles en sus troncos para que los caminos pudieran continuar.   

El secreto de esta longevidad parece residir en que son organismos casi inexpugnables. Su madera segrega unos componentes químicos que matan los parásitos que enferman al resto de árboles. Y lo más importante es que su corteza ignifuga suele protegerles de los incendios. De hecho, necesitan el fuego para crecer. Sus piñas, que son del tamaño de un huevo de gallina y contienen unas dos mil semillas, solamente pueden germinar en un terreno convertido en cenizas. Es la única manera que las semillas tienen para poder quedar recubiertas por la fina capa de tierra que les separa del manto rocoso y sus nutrientes. Un proceso que puede durar décadas. Años en los que la piña espera sin prisa el momento en que los elementos de la Naturaleza jueguen a su favor. Algo que una sequoia puede permitirse. Para ellas, la eternidad no parece ser nada de tiempo.  

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Carlos Redondo

Diplomado en cine e imagen en Madrid, desde siempre compaginó la escritura con la fotografía. Ha rodado varios cortometrajes de bajo presupuesto y participado en diversas exposiciones colectivas e individuales. También colabora con varios medios locales periodísticos y radiofónicos, tanto españoles como estadounidenses. Habitualmente publica algunos de sus trabajos en el blog www.desfabricadoenchina.blogspot.com.