Desde el punto de vista periodístico, tal vez este tema ya sea «agua pasada», pues hace días que sucedieron los hechos, pero la violencia hacia la mujer es un tema ancestral que cobra vigencia cada vez más ante el pavoroso aumento de feminicidios en nuestro país.

La falta de empatía de la sociedad mexicana hacia las mujeres por la indescriptible violencia que sufren diariamente, es un echo tan criminal como la violación misma y sobre lo cual tendríamos que reflexionar a profundidad. Porque los actos de vandalismo que se vieron en la manifestación contra la violencia hacia las mujeres en CDMX, aunque no se puedan justificar, no son más que la expresión de la ira contenida por siglos de abuso, esclavitud, violación y muerte de las que han sido objeto a lo largo de la historia y que han pasado a ser parte del ADN espiritual del género femenino. Este cúmulo de sufrimiento arraigado en el alma de la mujer generación tras generación causa más estragos en la vida social en general que todos los tipos de cáncer femeninos.

El echo de que cada día haya más mujeres que recurren a las drogas y al alcohol no es ninguna coincidencia, es el resultado de la sordera, de la falta de justicia del gobierno y de la sociedad ante ese sufrimiento que ha terminado por expresarse con violencia hacia el hombre, hacia los hijos y hacia sí mismas y que no terminará hasta ser resuelta. Porque si bien es cierto que la mujer no es violenta por naturaleza, también es un ser humano con todas las debilidades que eso implica y por lo tanto, capaz de los sentimientos más destructivos ante determinadas circunstancias.

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La violencia genera violencia y seguiremos viviendo la expresión de esa dolorosa verdad pues mientras no exista justicia no podemos esperar que que la mujer siga callando y soportando, estamos hartas de ser víctimas de un sistema que se niega a escuchar, a entender y a actuar.

Esas mujeres que se manifestaron en la capital del país no andaban allí porque no tenían nada mejor que hacer, hicieron acto de presencia porque todas han sufrido algún tipo de violencia sexual en carne propia. No les pidan entonces que actúen con civilidad cuando viven cargando el dolor, la rabia y la impotencia que genera el haber sido ultrajadas, no les pidan mesura  ante una sociedad y un gobierno que no han sido capaces de exigir y crear leyes que protejan su legítimo derecho a andar por las calles sin miedo a ser violada, asesinadas. Si no quieren o no pueden hacerles justicia entonces enfrenten las tristes consecuencias.

¿Cómo sociedad, cómo es posible que nos cause más indignación el aumento del precio del combustible que la desaparición de mujeres a diestra y siniestra? ¿Cómo gobierno, con qué cara salen a pedir el voto femenino cuando han ignorado por tantos años los ruegos, las lágrimas y la desesperación  de tantos padres que han perdido a sus hijas? ¿De qué transformación habla el gobierno cuando le da más importancia a temas económicos que a la seguridad y justicia para las niñas y las mujeres de nuestro país? En México no habrá transformación alguna si no se empieza por crear leyes que hagan justicia a la mujer, o sea, al cincuenta por ciento de su población.

Hablan de prevención del delito pero nadie habla del la prevención de los delitos sexuales de manera seria y determinada, respaldando su dicho con acciones efectivas en este rubro. Hay dependencias que atienden a las víctimas de abuso sexual pero ¿dónde están las instituciones que traten a los violadores? Quizá exista una que otra por ahí pero a juzgar por los hechos, éstas son lastimosamente insuficientes. Por otra parte, el sistema legal aparte de inefectivo, no ha podido encontrar la manera de llevar a cabo la justicia a las víctimas sin violentarlas ellos mismos con su manera inepta y salvaje de buscar que la mujer «compruebe» que ha sido violentada.

Lo digo porque lo viví en carne propia, no lo leí en algún diario, pues aunque afortunadamente no fui violada, sí fui acosada y perseguida sexualmente por un vecino depredador sexual. Tuve que enfrentar las burlas y las risas morbosas de los remedos de autoridades ante quienes tuve que explicar los hechos una docena de veces. Comentarios y preguntas estúpidos  como: «Está segura de que usted no lo provocó?» «No, pues si yo tuviera una vecina como ella, también me le aventaba». Eso no es protección ni procuración de justicia, señores, eso es también agresión pero hay que sufrirla en el intento de que el agresor reciba su castigo lo cual, en la mayoría de los casos no se logra.

He de admitir que yo soy parte de esa sociedad apática pues en lugar de estar escribiendo una carta a los diputados y regidores por quienes voté y quienes me representan en el congreso para exigirles que creen iniciativas de ley que garanticen la seguridad y la justicia efectiva para todas las mujeres, estoy aquí sentada escribiendo esta columna que seguramente no tendrá ninguna repercusión efectiva en quienes me leen y pueden ser factor de cambio. Porque nada cambiará si no hacemos nuestra parte para lograr justicia y equidad de genero efectivos. Y entonces, mientras tanto, como dijo Sor Juana Inés: «Queredla cual las hacéis, o hacedlas cual las buscáis».

Rosy Chumacero
Rosy Chumacero
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Oriunda de Ciudad Juárez, es madre de tres hijas y abuela de cuatro nietos. Incursionó en la iniciativa privada, en la locución de noticieros, en la docencia de idiomas y en los bienes raíces en El Paso, Tx.

Empezó su búsqueda en el camino espiritual en el año 2002, estudiando Raja Yoga con la Maestra Hindú Didi Lavina Vaswani en El Paso Texas, donde vivió por 14 años, recibiendo Nombramiento de Maestra de Raja Yoga en el Centro de Retiros de Madhuban - Rajasthan, India, en 2002.

Es Miembro de la Universidad Espiritual Mundial Brahma Kumaris desde 2002 y Ministro Ordenada por la Hermandad Espiritual Mundial desde 2008.

Escribe la columna "El Rincón del Alma", en la revista semanal Weekend.


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