Pueblo y Ciudadanía | El poder de elegir, el deber de exigir

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LA POLÍTICA MERECE MÁS COMPROMISO, ¿TIENES EL VALOR DE EJERCER LA CIUDADANÍA O TE VALE?

Conviene decirlo desde el principio: la política es una labor noble y necesaria. Gracias a ella podemos organizar la convivencia, resolver diferencias sin recurrir a la violencia y construir acuerdos entre personas que no piensan igual. Atender las necesidades de una sociedad y buscar soluciones para millones de personas requiere preparación, responsabilidad y vocación de servicio. Aunque mucha gente piense diferente, no todos los políticos son corruptos. Hay quienes la ejercen con honestidad y honradez. Sin su trabajo, México y el mundo estarían en condiciones más difíciles.

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Sin embargo, quienes utilizan la política para beneficiarse, y quienes están dispuestos a corromperse para conservar un cargo, han conseguido, en muchos casos, acumular más poder y desplazar a quienes cumplen con su responsabilidady trabajan por el bien común. Esa influencia les permite protegerse entre sí y dificulta corregir los abusos. Para mantener el poder, necesitan que el pueblo los siga, pero que no les cuestione. Por lo tanto, empecemos desde hoy adistinguir entre la política y quienes se aprovechan de ella.

Y aquí cobra importancia también diferenciar entre pertenecer a un pueblo y ejercer la ciudadanía. Pueblo y ciudadanía no son dos grupos extraños. Son parte de una misma sociedad, vista desde la colectividad y desde sus derechos y responsabilidades.

La palabra pueblo puede referirse a los habitantes de un lugar, región o país con historias compartidas, tradiciones, aspiraciones y vínculos culturales. Ciudadanía, por su parte,se refiere a la condición de ciudadano que incorpora una dimensión jurídica y política, pero ejercerla necesita algo más que el reconocimiento de esa condición. Ninguna de estas definiciones convierte en un grupo superior a uno o a otro.

La diferencia que nos interesa está entre una colectividad a la que se moviliza sin darle información suficiente y las personas que se organizan con conocimiento de causa. Entre seguir una consigna y comprender lo que se está respaldando. Entre entregar el voto por costumbre, presión o agradecimiento y elegir después de conocer las propuestas y la trayectoria de quienes aspiran a gobernarnos. La distinción está en cómo participamos. ¿Dejamos que otros decidan por nosotros o nosinteresamos en lo que hacen con el poder que les confiamos?¿Repetimos una consigna sin cuestionarla o nos preguntamos qué propone, a quién beneficia y cuáles serán sus consecuencias? Esa disposición a informarnos, deliberar y asumir responsabilidades da vida a una ciudadanía activa.

Ser parte de un pueblo nos da un sentido de pertenencia. Ejercer nuestra ciudadanía nos permite intervenir en las decisiones que afectan a la comunidad. Ambas circunstancias pueden convivir en una misma persona, aunque algunos discursos políticos presentan al pueblo y a la ciudadanía como si fueran grupos antagonistas.

La ciudadanía activa surge del mismo pueblo cuando las personas toman conciencia de sus derechos y obligaciones y deciden ejercerlos. Se manifiesta cuando exigen que el gobierno cumpla con sus responsabilidades, cuando cuestionan una decisión injusta o cuando reclaman que la autoridad actúe conforme a derecho.

Por eso importa cómo se dirige un político a la sociedad. La palabra pueblo merece respeto y no tiene, por sí misma, una intención engañosa. Lo que llama la atención es que se dirijaconstantemente al pueblo mientras se descalifica a los ciudadanos que preguntan, se organizan o exigen cuentas.

Algunos políticos se asumen representantes legítimos y absolutos de la voluntad del pueblo, intérpretes únicos de sus necesidades y opiniones, y suponen que pueden interpretar lo que todos quieren. Hablan como si el pueblo fuera una sola persona, con un mismo interés y una misma manera de pensar. Entonces, una sociedad diversa queda reducida en el discurso a una sola voluntad, casualmente coincidente con la de quien gobierna.

Cuando sus decisiones fracasan, se amparan en esa representación y aseguran que así lo pidió el pueblo, que eso era lo que quería. Pero ¿quién decidió realmente? ¿Quién tenía la responsabilidad de evaluar las consecuencias? Apelar al pueblo no debería servir para eludir las obligaciones del cargo.

Quien pretende conservar el poder mediante la manipulación procura que la opinión colectiva coincida con la suya. Una ciudadanía interesada en los asuntos de su comunidad, que revisa, compara y exige explicaciones, resulta más difícil demanipular y controlar. Por eso puede terminar desacreditada por el mismo gobernante que asegura actuar en nombre de todos. La división también sirve a ese propósito. Se promueve una narrativa en la que unos son los verdaderos representantes del pueblo y otros aparecen como sus adversarios. Las diferencias de opinión se convierten en motivos de enfrentamiento entre personas que comparten los mismos problemas y necesidades. Mientras discuten entre sí, debilitan su poder para pedir cuentas a quien los gobierna.

Bajo esa lógica, quienes apoyan al poder son reconocidos como parte del pueblo y quienes lo cuestionan empiezan a ser tratados como si no pertenecieran a él. Una diferencia de opinión termina convertida en una prueba de lealtad. Este reclamo de representación exclusiva es uno de los rasgos con los que se ha explicado el carácter contrario al pluralismo de ciertos liderazgos populistas. Ningún pueblo tiene una sola voz. En él conviven necesidades, convicciones y experiencias distintas. Gobernar democráticamente supone reconocer esa diversidad y aceptar que ganar una elección no otorgapermiso para ignorar derechos ni para disponer del poder sin límites.

Democracia significa “el poder del pueblo”, pero la contradicción surge en cuanto algunos políticos llegan al gobierno. Hay quienes la utilizan para llegar al gobierno y, una vez ahí, la destruyen. El poder recibido para servir lo ejercen contra el mismo pueblo que se lo concedió. A unos se les busca asegurar mediante favores y beneficios condicionados; a otros se les presiona o intimida por disentir. Piden la unidad nacional en nombre de la democracia mientras dividen a la sociedad. Afirman escuchar a todos, pero desacreditan a quienes preguntan, discrepan o piden cuentas.

Pero no caigamos en el error de pensar que la manipulación política es exclusiva de México. La utilizan en distintas partesdel mundo, tampoco pertenece a una sola ideología política. La vemos en los populismos de extrema izquierda y de extrema derecha. Aunque sus discursos y proyectos sean distintos, pueden coincidir en la pretensión de representar al pueblo, dividir a la sociedad y deslegitimar a quienes los cuestionan.

Los populismos de ambos bandos recurren a la promesa de devolverle el poder a la gente mientras concentran la capacidad de decidir en una persona o un grupo. Sus programas pueden ser muy diferentes; la pretensión de hablar por todos puede parecerse mucho. El populismo no es exclusivo de una ideología.

Tampoco comenzó en nuestros días. La manipulación de las necesidades del pueblo y el uso del descontento para acumular poder tienen siglos de historia. Las antiguas Grecia y Roma conocieron tanto el valor del deber cívico como los abusos de quienes buscaban dominar la vida pública. No fueron sociedades libres de corrupción, en ellas ya se discutía la responsabilidad de los ciudadanos de participar en los asuntos públicos para frenarla.

La expresión “pan y circo”, de Juvenal, fue una sátira a la población romana que había reducido sus aspiraciones políticas a la comida y el espectáculo. Todavía vemos en nuestros tiempos cómo el interés por el espectáculo desplaza la participación ciudadana.

Atender las necesidades del pueblo es responsabilidad y obligación del gobierno. Algunos políticos presentan el cumplimiento de sus obligaciones como si estuvieran concediendo un favor, un regalo. Condicionan los apoyos a la obediencia y los utilizan para exigir gratitud electoral o desalentar las críticas. Los recursos públicos no pertenecen a quien los entrega. Recibir un apoyo no convierte a nadie en deudor político de un gobernante ni obliga a renunciar al criterio propio. Nadie debería tener que elegir entre resolver una necesidad y conservar su libertad política. La persona que debería ser reconocida como titular de derechos termina tratada como beneficiaria de la generosidad política. Y quien osa recordarle a la autoridad que debe rendir cuentas seconvierte en alguien incómodo para el poder.

Ejercer la ciudadanía implica comprender esa diferencia entre favores y obligaciones del gobierno. Cuando se pierde de vista esa diferencia, se facilita la sumisión. La ciudadaníasupone cumplir nuestras obligaciones, respetar los derechos ajenos y participar más allá del día de la elección. Se expresa cuando revisamos propuestas, pedimos explicaciones sobre el gasto público, nos organizamos para resolver un problema comunitario o denunciamos una injusticia. Y requiere reconocer los aciertos de un gobierno con la misma disposición y el mismo ímpetu con los que señalamos sus errores.

La manipulación política tiene el terreno favorable en el conformismo y en la renuncia a participar. No es responsabilidad de la sociedad que un funcionario sea corrupto, pero dejar de vigilarlo facilita que sus abusos continúen. Tenemos el derecho a apoyar al gobernante de nuestras simpatías, pero también la obligación de exigirle cuentas. Votar es indispensable; interesarnos después por lo que hacen quienes elegimos también lo es.

Sería injusto atribuir la falta de participación únicamente a la indiferencia. La necesidad económica, el miedo, la desinformación y el desgaste de vivir entre promesas incumplidas también alejan a las personas de los asuntos públicos. Superar esas barreras requiere educación cívica, información accesible e instituciones que respondan. Pedir participación sirve de poco si después se castiga o se ignora a quien participa.

Por eso, la participación no debería medirse por la cantidad de personas reunidas en una plaza ni por el entusiasmo de una consigna. Importa que quienes asisten sepan qué respaldan, puedan disentir y hayan acudido por voluntad propia. Lo mismo aplica para quienes participan desde una asociación vecinal o una organización civil. Abandonar la política deja más espacio a quienes buscan beneficiarse de ella. Una ciudadanía presente ayuda a poner límites al abuso y ofrece respaldo a las personas honestas que trabajan dentro de las instituciones. Su esfuerzo también necesita una sociedad capaz de reconocerlo y defenderlo.

Para recuperar el valor de la política se requiere reconocer a quienes la ejercen honestamente y exigir responsabilidades a quienes la desprestigian. Además, requiere asumir que nuestros derechos van acompañados de obligaciones y que ninguna afinidad política debe impedirnos señalar una injusticia. No dejamos de ser pueblo cuando ejercemos nuestra ciudadanía. Seguimos perteneciendo a la misma comunidad, con su historia y sus diferencias. Pero dejamos de aceptar que alguien pueda hablar por todos sin escucharnos, decidir sin explicar y gobernar sin rendir cuentas.

¿Seguiremos siendo un pueblo que solo vota por costumbre o vamos a asumir nuestra responsabilidad como ciudadanos y elegir conscientemente?

ADN Aly Corany
Aly Corany Abdallah

Analista, socialdemócrata y librepensador.

Licenciado en Derecho, Licenciado en Gestión y Desarrollo Empresarial, y TSU en Comercialización Inmobiliaria. Actualmente, cursa la Maestría en Derecho Digital y Juicios en Línea. Su enfoque multidisciplinario le permite analizar la realidad política y geopolítica desde una perspectiva integral.


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