México quedó eliminado en octavos, otra vez. Ante Inglaterra, el 5 de julio.
Y como cada cuatro años, antes de que se enfriara la decepción, ya estábamos señalando a la FIFA, a los árbitros, al sorteo.
Pero hay una pregunta que casi nadie se hace: ¿con qué autoridad reclamamos corrupción, cuando nosotros mismos la usamos para traer un Mundial a México?
No tardaron ni veinticuatro horas. En redes ya circulaba la versión de siempre: que la FIFA protege a ciertas selecciones, que el partido de Argentina ante Egipto tuvo algo raro, que el sorteo nunca es inocente.
Y ahora que Argentina llegó a la final, la sospecha no bajó. Subió.
Muchos mexicanos, desde fuera del torneo, repiten que “algo raro hay” en su camino al título. No hace falta comprobar cada rumor para notar el patrón: cuando no somos nosotros los que avanzamos, la primera reacción es sospechar de una mano negra ajena.
Ya nos pasó antes. En Brasil 2014, ante Holanda, culpamos al árbitro durante años. Casi nunca nos preguntamos qué pasa puertas adentro.
Tenemos una liga con demasiadas plazas para extranjeros, que le cierran espacio de desarrollo al talento propio. Un sistema sin descenso, que le quita urgencia real a competir. Un futbol que aplaude la buena racha de un torneo de liguilla, pero no reconoce ni construye procesos largos.
Esas son fallas de proceso, no de mala suerte. Y llevamos años sin corregirlas.
Lo pensé viendo “México 86”, la película sobre cómo se negoció traer el Mundial de vuelta a nuestro país.
La historia me dejó una reflexión incómoda: ese proceso tampoco fue del todo limpio.
Y el mismo país que hizo lo necesario para ganar una sede hace cuarenta años, es el que hoy, desde las gradas, le exige pureza absoluta a la FIFA y desconfía del camino de una selección que simplemente llegó más lejos.
Si hace cuarenta años ese proceso no fue perfecto, hoy el problema ya no es ganar sedes. Es que seguimos ocupando el lugar 62 de 70 en el Índice de Competitividad Mundial. Arrastrando las mismas fallas de gestión, educación e innovación que nunca resolvimos.
Es más fácil señalar a la FIFA, o a Argentina, que señalarnos a nosotros mismos.
Culpar a un árbitro, a un sorteo, a una selección que avanzó más que la nuestra no exige nada de nosotros. No cuesta. No incomoda. No obliga a cambiar nada.
Autocriticarnos, en cambio, sí cuesta. Significa aceptar que perdimos ante Inglaterra no solo por una jugada o un fallo, sino por años de decisiones —dentro y fuera de la cancha— que no hemos corregido.
He visto el mismo patrón muchas veces, auditando procesos en distintos países: las organizaciones que mejoran no son las que más señalan culpables externos, sino las que se atreven a preguntarse qué están haciendo mal.
Lo mismo aplica a un país.
Mientras sigamos buscando la mano negra afuera —sea en Zúrich o en la cancha de un rival que avanzó más que nosotros—, no vamos a mirar la mano floja adentro.
El lugar 62 de 70 no lo puso la FIFA. Lo pusimos nosotros.
No necesitamos otro Mundial para ilusionarnos, ni otra eliminación para indignarnos. Necesitamos, por una vez, resistir el reflejo de señalar hacia afuera y sostener la mirada hacia adentro.
Porque un país no cambia cuando encuentra al culpable perfecto — cambia cuando deja de buscarlo.
Oscar Peinado Romero

Oscar Peinado
Cuenta con más de 20 años de experiencia implementando sistemas de gestión, auditoría y liderazgo transformacional en empresas del sector manufacturero. Es consultor y profesor en programas de maestría y profesional especializados en tecnologías, calidad, y logística. Su perspectiva combina el rigor técnico con el análisis profundo de cómo la falta de estrategias y liderazgo debilita industrias completas.


