“Hace falta una aldea entera para criar a un niño. El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto, quemará la aldea para sentir su calor”. En una sociedad tan fracturada por el dolor de las violencias y desigualdades, sin duda es tarea de los padres, pero también requiere de una red con la comunidad e instituciones que se comprometan con todos sus miembros. Somos una sociedad indiferente con el dolor, hasta que no es el nuestro; que normaliza la comisión de 10 feminicidios diarios con el juicio facilón.
Los recientes juicios públicos de una activista que comparte la fe cristiana, condenan no sólo la memoria de una madre víctima, si no de las mismas madres buscadoras. Rechaza la lucha de los colectivos y los memoriales de víctimas, concretamente el de Marisela Escobedo. Esto nos obliga a reflexionar sobre los límites del discurso político, la libertad de expresión y la responsabilidad que como tribu tenemos de no apedrear ni fomentar el odio colectivo en nombre de emitir opiniones, sino de responsabilidad y acompañar con amor las tragedias.
Afirmar que una madre “permitió” que su hija conviviera con su agresor y reprocharle falta de “coraje” para evitar un feminicidio es una visión profundamente simplista. Las dinámicas de violencia familiar están íntimamente relacionadas con desigualdades y atravesadas por manipulación y miedo. Juzgar desde las circunstancias propias, siempre va ser injusto. Es un dolor que no hemos vivido que traslada la culpa del agresor hacia quienes también fueron víctimas.
Las afirmaciones revictimizan. La dignidad humana implica comprender antes de condenar. Cuando perdemos la oportunidad de escuchar y empatizar, nos convertimos en segundo tribunal que castiga moralmente a quienes ya han perdido lo más valioso: la vida de quienes más aman.
Es conocido que la emisora de los juicios desafortunados, no cree en la perspectiva de género. No me detendré en cuestionarla, solo en conminar a que toda su religiosidad se traduzca en amor, especialmente en quienes piensan o actúan distinto.
Pretender que una madre debía rescatar por sí sola a su hija, descansando en su propio heroísmo, es negar la propia aldea y las capacidades de la tribu. Seguramente, hizo lo mejor que pudo con lo que tuvo, tanto en vida como lo hizo en su muerte para buscar justicia. Esta condena desde el micrófono, equivale a descargar sobre quien más sufre los propios prejuicios. No nos sorprendamos que, ante la impunidad, el dolor y la injusticia, se queme la aldea. La protección de niñas, niños y adolescentes es también tarea de una sociedad unida y fuerte; en instituciones capaces de prevenir, investigar y sancionar la violencia.
La memoria también merece ser defendida. Los memoriales no existen para incomodar ni para perpetuar agravios; existen para recordar que hubo vidas arrebatadas y fallas institucionales que no deben repetirse. Desacreditarlos no cambia la historia, es un recordatorio. Evitar la propagación del odio y combatir la banalización del mal.
El problema nunca será una placa conmemorativa sino lo que lleva a incendiar la aldea y lo más grave, que lo olvidemos o juzguemos. Las deudas con la justicia y la dignidad humana no terminan arrojando rocas.

Georgina Bujanda
Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.
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