México está viviendo una serie de hechos que, vistos de forma aislada, podrían parecer incidentes desconectados. Pero al colocarlos uno junto al otro, dibujan un patrón inquietante que no podemos ignorar.
Lo ocurrido recientemente en Teotihuacán no es solo un acto violento más. El hecho de que el agresor portara una camiseta con alusión a la Masacre de Columbine no es un detalle menor: es un símbolo, es memoria distorsionada, es evidencia de una narrativa de violencia que no solo persiste; sino que se recicla, se romantiza y se transmite.
La referencia remite al ataque del 20 de abril de 1999 en Colorado, donde dos estudiantes asesinaron a 13 personas antes de suicidarse. Más allá del hecho, Columbine marcó un punto de inflexión: inauguró una era de violencia amplificada por los medios y, posteriormente, por internet. Lo verdaderamente preocupante no es que se recuerde el evento, sino que se convierta en referencia identitaria para nuevas generaciones.
A este contexto se suman hechos recientes en nuestro país: el asesinato de dos maestras (símbolos de educación, comunidad y futuro) y la agresión a un patrimonio de la humanidad como Teotihuacán, perpetrada por un agresor de 27 años; pero no son casos aislados. México arrastra una secuencia de episodios que han marcado su historia reciente: desde la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, hasta tragedias como el incendio de la Guardería ABC o la violencia persistente contra periodistas y líderes sociales. Eventos distintos, sí, pero con un hilo común: impunidad, fragilidad institucional y normalización del dolor.
¿Qué está pasando con una generación que crece expuesta a violencia estructural, frustración acumulada y referentes distorsionados?
En México, más del 50% de la población tiene menos de 30 años, es una generación que ha crecido en un entorno donde la violencia no es excepcional: es cotidiana. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, la violencia se mantiene como una de las principales causas de muerte en jóvenes, especialmente en hombres entre 15 y 29 años. A esto se suma que más del 90% de los delitos en el país no se denuncian o no se investigan, según la llamada “cifra negra”.
En el plano económico, México busca consolidarse como potencia manufacturera bajo el fenómeno del nearshoring. En 2023, el país se posicionó como el principal socio comercial de Estados Unidos, superando incluso a China en volumen de exportaciones. El Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá abre oportunidades históricas para atraer inversión, fortalecer cadenas de suministro y detonar crecimiento en regiones industriales.
Sin embargo, esa narrativa convive con otra realidad: inseguridad en corredores logísticos, extorsión a empresas, robo de transporte de carga y presión constante sobre el sector productivo.
El costo de la inseguridad en México representa alrededor del 18% del PIB, de acuerdo con estimaciones del propio INEGI, es decir, casi una quinta parte de la riqueza del país se pierde intentando contener o sobrevivir a la violencia.
A nivel social, la deuda es aún más profunda, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la depresión, la ansiedad y los trastornos conductuales están entre las principales causas de enfermedad en jóvenes. En México, la inversión en salud mental es inferior al 2% del presupuesto total de salud; el acceso es limitado, y la prevención prácticamente inexistente.
Mientras tanto, el país se prepara para uno de los escenarios de mayor visibilidad global: la Copa Mundial de la FIFA 2026. Un evento que exige orden, estabilidad y una narrativa sólida de país.
Dos Méxicos conviven al mismo tiempo: Uno que quiere jugar en las grandes ligas: atraer inversión, liderar comercio internacional, ser vitrina global. Y otro que enfrenta una realidad interna marcada por violencia normalizada, debilitamiento institucional y una creciente desconexión social.
La contradicción es evidente: no se puede construir competitividad sostenible sobre una base social fracturada…. ¿qué estamos dejando de atender?
Porque no se trata únicamente de seguridad pública, se trata de reconstruir tejido social, de invertir en salud mental, de generar oportunidades reales para jóvenes que hoy crecen entre la incertidumbre y la exposición constante a la violencia.
Un país no se define solo por sus tratados ni por sus eventos internacionales, se define por la forma en que protege —o abandona— a su gente. Hoy, México parece estar en una encrucijada: avanzando hacia afuera… pero desatendiendo lo que se rompe por dentro.

Thor Salayandia
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.
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