En materia de seguridad, la inteligencia no consiste solamente en acumular información. Consiste en obtenerla antes, procesarla correctamente, distinguir una amenaza real del ruido y, sobre todo, convertir ese conocimiento en decisiones. El problema para México es que, cada vez con mayor frecuencia, parece ser Washington quien conoce primero lo que sucede dentro de nuestro propio territorio.
La noche del lunes, el gobierno de Estados Unidos emitió una alerta de seguridad para Mexicali. Suspendió para este martes las actividades de su personal en la ciudad y los viajes oficiales hacia la capital de Baja California. Además, recomendó a sus ciudadanos evitar edificios gubernamentales, mantenerse alertas y buscar refugio en caso de algún incidente. La advertencia estadounidense se originó en información sobre una posible amenaza cuya naturaleza inicialmente no fue revelada. (N+)
Horas después apareció un dato todavía más inquietante. De acuerdo con información atribuida a fuentes de la DEA en San Diego, la alerta habría surgido después de la intercepción de una llamada en la que presuntos integrantes de “Los Rusos” planeaban ataques contra instalaciones de la Policía Municipal y de la Fiscalía General de la República en Mexicali. Hasta ahora se trata de información periodística y deberá confirmarse plenamente, pero plantea una pregunta inevitable: ¿cómo es posible que una agencia estadounidense aparentemente pueda enterarse de una amenaza contra instituciones mexicanas antes que nosotros? (El Financiero)
No se trata de reclamar que Estados Unidos haga inteligencia. Evidentemente debe hacerlo. Está defendiendo sus intereses y la seguridad de sus ciudadanos. El problema está de este lado de la frontera. México tiene Fuerzas Armadas, Guardia Nacional, Centro Nacional de Inteligencia, fiscalías, policías estatales y municipales y múltiples estructuras destinadas a recopilar información. La pregunta es si esa enorme capacidad institucional está verdaderamente integrada y si la información llega a tiempo a quienes deben tomar decisiones.
El episodio tampoco puede analizarse aisladamente. En abril, una fiscalía federal estadounidense presentó acusaciones contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, y otros nueve funcionarios y exfuncionarios mexicanos por presunta colaboración con Los Chapitos. Son acusaciones que deberán probarse ante los tribunales y los señalados conservan plenamente su presunción de inocencia. Pero el expediente estadounidense describe una investigación compleja sobre corrupción política, filtración de información, protección institucional y narcotráfico. (Departamento de Justicia)
Ahora aparece otro episodio. Un exfuncionario sinaloense, Ricardo Verduzco Bernal, deberá enfrentar un proceso en Estados Unidos después de haber sido detenido en Utah con aproximadamente 111 mil pastillas de fentanilo, de acuerdo con autoridades estadounidenses. Había ocupado responsabilidades dentro del Instituto Sinaloense de Cultura Física y el Deporte. Otra vez, la investigación y la detención ocurrieron del otro lado de la frontera. (El País)
El patrón merece atención. Estados Unidos investiga redes criminales mexicanas, identifica operadores, obtiene comunicaciones, presenta acusaciones contra funcionarios y emite alertas sobre amenazas localizadas dentro de México. Mientras tanto, nuestra discusión pública suele quedarse atrapada entre negar los hechos, exigir pruebas a Washington o convertir cualquier señalamiento en una disputa sobre soberanía.
Pero la soberanía también significa capacidad.
Un país soberano debe ser capaz de conocer lo que ocurre dentro de su territorio antes que un gobierno extranjero. Debe detectar las redes criminales que penetran instituciones, anticipar amenazas contra autoridades y contar con sistemas de inteligencia suficientemente profesionales para transformar información en prevención.
Esto no significa aceptar sin cuestionamientos cualquier información proveniente de Estados Unidos. Sus agencias también responden a intereses propios y pueden equivocarse. Precisamente por eso México necesita inteligencia propia, robusta, profesional, técnica y ajena a intereses políticos.
El problema verdaderamente preocupante no sería que Washington tuviera demasiada inteligencia sobre México. Sería que nosotros tuviéramos demasiado poca sobre nosotros mismos.
Y entonces el título dejaría de ser un juego de palabras.
Washington estaría siendo, literalmente, más inteligente que México.

Fernando Schütte Elguero
Empresario inmobiliario, maestro, escritor, y activista en seguridad pública. Destacado en desarrollo de infraestructura y literatura.
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