Durante décadas, la imagen de una reina de belleza estuvo asociada con una idea bastante especifica de la feminidad: una mujer deslumbrante, elegante y que hace todo para no incomodar.
Fátima Bosch rompió con esa imagen. Y que bueno que lo hizo.
Hace unas semanas, Fátima entregó la corona de Miss Universe México a María Vargas. Fue el cierre de una gran etapa que comenzó con su triunfo a nivel nacional y que eventualmente la llevaría a convertirse en la cuarta mexicana en ganar Miss Universo.
Su legado fue demostrar que las mujeres en los concursos de belleza también pueden defenderse, hablar de lo que han vivido y negarse a guardar silencio para conservar una corona o el cariño del público.
A lo largo de estos meses, Fátima nos ha enseñado cómo la humildad y un buen corazón valen más que las cosas superficiales que pueda tener una Miss.
Una reina fuertemente criticada por muchos y querida por otros muchos, nos ha enseñado el nuevo estándar de lo que implica ser una Miss Universo.
En un concurso lleno de Instagram faces, Fátima es un bello respiro que nos dio la vida. Ella llegó al concurso en un momento en el que resulta cada vez más difícil justificar que la función de una reina de belleza sea únicamente representar un ideal estético.
El mundo cambió, las mujeres cambiamos y las expectativas sobre quienes ocupan espacios públicos también deberían cambiar.
Durante la concentración del Miss Universe, Fátima pudo haberse quedado callado como lo han hecho otras mujeres, pero no lo hizo.
Eso fue significativo porque desafió una expectativa que durante mucho tiempo había acompañado a los concursos de belleza, la idea de que una reina debe ser agradable incluso cuando la están tratando mal.
Fátima nos demostró a las mujeres y al mundo que la dignidad y la docilidad no son sinónimos. Y quizá ahí esta la parte más valiosa de su reinado.
Una Miss Universo del siglo 21 no debería necesitar fingir perfección. Puede establecer límites, hablar de sus inseguridades y utilizar una plataforma internacional para defender las causas en las que cree.
Las niñas y las mujeres que la observan pueden aprender tres cosas: 1) que ser femenina no significa ser sumisa 2) poner límites no te hace una mala mujer y 3) que tener educación no significa guardar silencio.
En este reinado no vimos a una reina construida alrededor de la fantasía de la mujer perfecta. Vimos a una mujer atravesar duras críticas, confrontaciones y una enorme exposición internacional sin renunciar a su personalidad para resultar más cómoda ante los demás.
Fátima eligió usar la plataforma de Miss Universo teniendo voz propia. Y quizá dentro de algunos años su legado será haber representado a una generación de mujeres que ya no considera que ser educada implique guardar callada. Porque una reina no pierde la corona cuando levanta la voz, es precisamente ahí cuando demuestra por qué la merece.

Sofía Espinoza
Abogada con formación jurídica en México y Estados Unidos, especializada en derecho financiero y corporativo, litigio estratégico y derechos humanos. Ha colaborado con despachos, clínicas jurídicas y organismos internacionales, incluida la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Es Licenciada en Derecho por la Universidad Iberoamericana y cuenta con un LLM en Derecho Estadounidense por Santa Clara University. Además, participa como columnista y analista en temas jurídicos, políticos y de actualidad nacional e internacional.
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