La pregunta por la libertad no surge en el vacío. Surge cuando comienza a escasear. Ante el endurecimiento del discurso político internacional, las tensiones visibles en América Latina (particularmente lo ocurrido en Venezuela) y el clima de polarización que se vive hoy en México, hablar de libertad deja de ser una consigna abstracta y se convierte en una urgencia. ¿Qué es realmente la libertad? ¿Se concede, se defiende o se construye? Y, sobre todo, ¿qué ganamos cuando decimos que somos libres?
Durante años se nos ha enseñado que la libertad es un derecho garantizado por la ley, una herencia histórica o una condición natural del individuo moderno. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra lo contrario. Se puede vivir en una democracia formal y pensar con ideas prestadas. Se puede votar y no decidir. Se puede hablar y no comprender. En ese punto, la libertad deja de ser un hecho y se revela como lo que realmente es: un ejercicio permanente de conciencia.
Aquí aparece una idea incómoda pero necesaria: la libertad individual no se sostiene sin pensamiento propio. Y el pensamiento propio difícilmente se forma sin lectura. No porque los libros contengan la verdad, sino porque la lectura introduce algo esencial para la libertad: distancia crítica. Leer es suspender, aunque sea por un momento, la inmediatez del discurso dominante. Es comparar versiones del mundo. Es dudar.
La lectura no libera por sí misma. Leer de forma acrítica puede ser tan limitante como no leer. Pero cuando se lee con atención, con sospecha y con preguntas, ocurre algo decisivo: el individuo deja de ser únicamente receptor y se convierte en intérprete. Nadie puede leer por otro. Nadie puede pensar en lugar de otro. En ese espacio íntimo se gesta una de las formas más profundas de libertad.
Por eso la lectura es central en la formación personal. No solo amplía vocabulario o transmite información; estructura la forma de pensar. Enseña a ordenar ideas, a reconocer argumentos, a detectar contradicciones. Quien lee desarrolla lenguaje; quien tiene lenguaje, tiene herramientas para nombrar lo que vive. Y lo que no se nombra, difícilmente se transforma.
Sin embargo, aquí surge una pregunta inevitable: ¿se lee hoy en México? La respuesta no es simple. No se ha dejado de leer por completo, pero sí se ha modificado radicalmente el modo de hacerlo. Se leen pantallas, fragmentos, titulares, mensajes breves. Se consume información, pero se practica poco la lectura que exige tiempo, concentración y profundidad. El problema no es solo cuánto se lee, sino qué tipo de pensamiento produce esa lectura.
Este cambio tiene consecuencias. Una sociedad que lee de forma fragmentada tiende a pensar de forma fragmentada. Opina rápido, reacciona rápido, pero reflexiona poco. Y sin reflexión sostenida, la libertad se vuelve frágil, fácilmente manipulable por discursos emocionales o simplificaciones ideológicas.
Aquí se conecta la lectura con la conciencia social. La conciencia social no es solo sensibilidad ante la injusticia; es la capacidad de entender que los problemas individuales responden a estructuras históricas, económicas y políticas. Esa comprensión requiere contexto, memoria y conceptos. La lectura proporciona esas herramientas. Sin ellas, la indignación se vuelve pasajera y el compromiso se diluye.
¿La conciencia social se da por medio de la lectura? No exclusivamente, pero sin lectura suele ser superficial. Leer historia, ensayo, literatura o periodismo serio permite ver más allá de la experiencia inmediata. Permite entender que lo que hoy ocurre tiene antecedentes y consecuencias. Permite reconocer que nada surge de la nada.
México, en este sentido, posee una conciencia histórica intensa pero incompleta. El pasado está presente en fechas, monumentos y héroes, pero muchas veces más como relato cerrado que como pregunta abierta. Se conmemora más de lo que se analiza. Se honra la historia, pero no siempre se usa para comprender el presente. Sin una lectura crítica del pasado, la historia se convierte en ornamento, no en herramienta.
Todo esto desemboca en un punto central: el pensamiento crítico. Pensar críticamente no es negar todo ni desconfiar por sistema. Es examinar, contrastar, argumentar. Y eso se aprende, en gran medida, leyendo. Cuando la lectura se debilita, el pensamiento crítico también. Cuando el pensamiento crítico se debilita, la libertad se reduce a una palabra repetida.
¿Qué le beneficia a un gobierno? Una ciudadanía sin pensamiento crítico; individuos cuya conciencia social sea maleable como cera blanda, que no piensen ni cuestionen, que firmen en blanco y no exijan cuentas al poder. A un gobierno le resulta más cómodo un ciudadano pasivo que uno que pregunta. Frente a ello, la lectura cumple una función decisiva: fortalece la conciencia social y la conciencia personal, fomenta la crítica, rompe la obediencia automática y convierte al individuo en sujeto activo de su realidad. Leer no garantiza rebeldía, pero sin lectura la sumisión se vuelve norma.
Por eso, en tiempos de discursos duros, polarización política y certezas rápidas como hoy en día, la lectura no es un lujo cultural ni una nostalgia académica. Es una forma mínima de defensa. La libertad no se hereda por decreto ni se garantiza por repetir consignas. La libertad se construye. Y muchas veces comienza en silencio, con un libro abierto y una mente dispuesta a pensar.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.


