La ley del ‘cuerno de chivo’

La información acerca de la violencia ejercida en México por la delincuencia provoca escalofríos y cimbra el espíritu.

El dato es alarmante y perturbador: México supera sus altos estándares de violencia y rompe –de nuevo– el récord de homicidios cometidos durante el primer semestre de este 2019 con 17 mil 608 víctimas, un número que superó al registrado en el mismo lapso del 2018 con 16 mil 714; es decir, 894 personas más fueron asesinadas el presente año, ya con la cuarta transformación encima.

¿Cómo se puede parar esta escalada de crímenes? Ante lo que ocurre en el territorio nacional, tengo la plena seguridad que ni el Gobierno mexicano ni la sociedad conocemos alguna estrategia efectiva e inmediata, ni siquiera a mediano plazo, contra la violencia desatada por todos lados.

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Por supuesto que más responsabilidad tienen los gobiernos que los ciudadanos porque a los funcionarios les pagamos para hacer ese trabajo; además, las autoridades tienen la hegemonía legal del uso de la fuerza pública para enfrentar a los delincuentes, pero yo y millones de mexicanos tenemos la percepción de que se encuentran abrumadas –o pasmadas, mejor dicho– ante la embestida de los “cuernos de chivo” que abundan en nuestro territorio.

¿Qué hacer? La política del presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, es evitar la persecución de la cúpula criminal y de a tiro les dijo vamos a comenzar de cero, pero los criminales no quisieron captar el mensaje y continúan regando la sangre de miles de personas en las ciudades, los pueblos, los ranchos y los lugares a donde tengan que ir para matar a quien quieren fuera de este mundo.

Parece que no hay lugar ni objetivo que les resulte difícil de alcanzar, simplemente los asesinos no se detienen ante nada. Y subrayo, ante nada.

Ejemplos, por desgracia, sobran.

Debo mencionar la tragedia que ocurrió el pasado fin de semana en Ciudad Juárez, una comunidad ícono en asuntos de violencia fuera de serie. Aquí, los sicarios siempre se superan a sí mismos.

Un comando disparó alrededor de 100 tiros de grueso calibre en contra de una familia que estaba en un rancho ubicado al oriente de la frontera chihuahuense, el resultado fue de tres hermanas menores de edad asesinadas. Una tenía 14 años, otra 13 y la más pequeña 4, también un hombre resultó muerto y otro más privado de su libertad.

Con escenarios como el que se registró en la localidad fronteriza no es posible hablar de que la sociedad avanza en materia de seguridad, todo lo contrario, enfrenta un retroceso en materia de inseguridad que, por desgracia, amenaza con empeorar porque los asesinos de las niñas, y muchos de los que mataron a las 17 mil 608 víctimas de enero a junio de este año, están en completa libertad.

Imagínese usted el número de sicarios que atacaron a tal cúmulo de inmolados durante el primer semestre del 2019 en México. Por supuesto que también son miles. En lo personal, me espanta comprender, de acuerdo con la lógica y la experiencia, que son incontables quienes provocaron ese número inédito de homicidios.

Una querida amiga me hizo llegar una publicación de Wall Street Journal, medio de comunicación que expone la grave situación por la que atraviesa nuestro país y plantea que la situación es un reto para la administración de López Obrador.

Mientras, más eventos de sangre continúan adjuntándose al escenario violento mexicano. Uno muy notable ocurrió la noche del martes, cuando un comando atacó un centro nocturno de Coatzacoalcos, Veracruz, la incursión costó la vida de 28 personas y casi una decena quedó herida. La cuenta fatídica superó la masacre cometida en El Paso, Texas, el pasado 3 de agosto, cuando un hombre disparó y mató a 22 personas en una sucursal de la cadena Walmart.

El ataque, de por si extremo, tiene un grado extra de maldad excesiva. Testimonios de los sobrevivientes indican que los sicarios le prendieron fuego al local y dejaron encerrados a quienes estaban en el interior para que murieran intoxicados con monóxido de carbono o, de plano, calcinados.

La fórmula de la violencia se repite por todos lados del país: sujetos armados se mueven a su antojo para cometer atrocidades en contra de una sociedad que, se supone, cuenta con autoridades que deben prevenirlas o perseguir, detener y castigar a los perpetradores.

El caso todavía tiene sorpresas. Resulta que el gobernador de esa entidad, Cuitláhuac García Jiménez, señala como autor de la masacre a Ricardo “N”, conocido como “La Loca”, quien fue detenido en julio pasado y sólo duró 48 horas en menos de las autoridades, aunque no especifica más detalles.

La atmósfera está enrarecida en nuestro país a consecuencia de estos hechos extremos, donde corre sangre sin misericordia para nadie.

Creo que los mexicanos merecemos un mínimo de tranquilidad para poder funcionar dentro de una vida que alcance los parámetros considerados como normales, pero con eventos como los descritos, nos resulta muy complicado hacerlo.

Una señal muy evidente de esa legítima aspiración de paz fueron los resultados electorales de hace un año, el mapa político mexicano fue modificado por la fuerza ciudadana con la esperanza, que nunca muere, de que las cosas cambien. Seguimos en espera de que eso ocurra, aunque permanecemos agazapados detrás de la puerta para prevenir ser víctimas directas o circunstanciales de quienes poseen la fuerza ilegítima que nos impacta.

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Martín Orquiz
Periodista.

Periodista en Ciudad Juárez, desde donde ha publicado para el periódico El Fronterizo, El Diario de Juárez y la revista Newsweek. Se ha desempeñado como reportero, coordinador de información y editor. Es comunicólogo por la Universidad Autónoma de Chihuahua y tiene una maestría en periodismo por la Universidad de Texas en El Paso. Recibió el Premio María Moors Cabot 2011 –en equipo con la redacción de El Diario de Juárez–, también es coautor del libro colectivo ‘Tu y yo coincidimos en la noche terrible’


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