La herida de Ciudad Juárez

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Hace algunos meses, en Voces de Transformación, Jesús Maturino y yo tuvimos la oportunidad de conversar con Poncho Murguía sobre liderazgo, propósito y transformación social. En algún momento de aquella conversación dejamos de hablar solamente de líderes y comenzamos a hablar de ciudades.

Poncho planteó una idea que se quedó conmigo: no basta con realizar acciones porque pensamos que son buenas. Una verdadera acción social comienza cuando somos capaces de reconocer una necesidad de nuestra comunidad y hacemos algo para atenderla. Lo resumió con una pregunta sencilla: ¿qué le duele a tu ciudad?
Esa pregunta retumba en mi cabeza desde aquella tarde. No he dejado de pensarla.

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Nuestra ciudad ha aprendido muchas veces a levantarse. Hemos enfrentado violencia, crisis económicas, migración, feminicidios, pérdida del tejido social y momentos en los que pareciera que el dolor podría definirnos. Sin embargo, también hemos demostrado una extraordinaria capacidad para organizarnos, trabajar, ayudar y reconstruir.

Pero existen heridas que son difíciles de mirar porque ocurren lejos de las calles y muchas veces dentro de los hogares. Una de ellas es el abuso sexual infantil.

En julio de dos mil veinticinco, El País publicó el reportaje “El depredador vivía en casa de Luz y Mario”, de la periodista Beatriz Guillén. No es una lectura sencilla. Narra la historia —con nombres protegidos— de dos hermanos de Ciudad Juárez sometidos durante años a violencia sexual por una persona de su propio entorno familiar. Parte de los abusos fueron grabados o transmitidos mediante dispositivos digitales.

Pero quizá lo más estremecedor del reportaje no sea únicamente ese caso. Es descubrir que no estamos hablando de un hecho aislado.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos ha señalado, citando al Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, que en dos mil veinte hasta sesenta por ciento del material de abuso sexual infantil distribuido en internet se habría generado en México.

Y en Ciudad Juárez esa cifra global toma nombre y apellido: datos de la Fiscalía Especializada de la Mujer indican que durante dos mil veinticuatro se registraron mil ciento veintiuno víctimas menores de edad de delitos sexuales en la ciudad.
Mil ciento veintiuno.

Es fácil convertir esa cantidad en una estadística. Es mucho más difícil imaginar lo que representa. Son niñas, niños y adolescentes. Son familias. Son historias que probablemente cambiarán para siempre.
Y los casos registrados tampoco necesariamente representan toda la dimensión del problema.

En junio de dos mil veintiséis, UNICEF, ECPAT International e INTERPOL presentaron en México el estudio Disrupting Harm, una de las investigaciones más amplias realizadas recientemente sobre explotación y abuso sexual de adolescentes facilitados por la tecnología.

El resultado es inquietante: uno de cada ocho adolescentes usuarios de internet en México experimentó alguna forma de explotación o abuso sexual facilitado por tecnologías digitales en un periodo de un año, lo que equivale aproximadamente a un millón seiscientos mil adolescentes.

Hay otro dato todavía más difícil de aceptar: menos del uno por ciento de esos incidentes llegó a denunciarse ante la policía.

Además, treinta y dos por ciento de quienes lo sufrieron no se lo contó a nadie.
El silencio, entonces, también forma parte del problema.

Tengo un hijo de doce años. Como la mayoría de los padres de su generación, durante años le enseñé a cuidarse de los desconocidos: no hables con extraños, no des tu dirección a quien no conoces. Era necesario, pero hoy sé que es insuficiente. El mismo estudio encontró que sesenta y cuatro por ciento de los adolescentes que experimentaron explotación o abuso sexual facilitado por tecnología conocían previamente a la persona agresora: podía tratarse de una amistad, una pareja o incluso un familiar. Esa cifra me obligó a replantear todo lo que creía que estaba haciendo bien como padre.

Esto nos obliga a cambiar la conversación. Prevenir no significa únicamente vigilar con quién hablan nuestros hijos en internet. También significa escucharlos. Observar cambios de comportamiento. Enseñarles límites. Hablarles de su cuerpo sin miedo ni vergüenza. Conocer los espacios digitales que utilizan. Creerles cuando algo les incomoda. Y, sobre todo, construir relaciones donde un niño sepa que puede hablar sin temor a ser castigado, juzgado o ignorado.

Por eso considero particularmente valiosa la iniciativa que actualmente comienza a desarrollarse en nuestra ciudad: “Todos Buzos, Contra el Abuso y el Acoso Sexual”. La campaña, impulsada por el Movimiento Cívico de Comunidades de Fe con la participación de instituciones públicas y organizaciones de la comunidad, plantea tres acciones extraordinariamente sencillas: detecta, previene, ayuda.

La Secretaría de Seguridad Pública del Estado se incorporó formalmente a la iniciativa y señala que su propósito es fortalecer la prevención, orientación, denuncia y acompañamiento mediante la colaboración entre ciudadanía e instituciones. La campaña utilizará además códigos QR para facilitar acceso a información preventiva, materiales para madres, padres y docentes, así como orientación y canales para buscar ayuda.

Puede parecer una acción pequeña. Una calcomanía. Un código QR. Una conversación. Una persona que aprende a reconocer una señal. Pero quizá de eso hablaba Poncho Murguía cuando conversábamos sobre transformación: las grandes transformaciones sociales comienzan cuando alguien reconoce una herida y decide hacer algo.

Durante décadas hemos preguntado quién debe resolver los problemas de Ciudad Juárez. ¿El gobierno? ¿La policía? ¿Las escuelas? ¿Las iglesias? ¿Las organizaciones civiles? ¿Las familias? Probablemente la respuesta correcta sea mucho más incómoda: todos.

Un gobierno puede investigar y castigar. Una institución puede crear programas. Una organización puede acompañar víctimas. Pero existe una parte de la prevención que solamente puede ocurrir dentro de nuestras casas, escuelas, empresas, iglesias, equipos deportivos, colonias y comunidades.

Por eso Todos Buzos no debería convertirse solamente en una campaña de septiembre, una fotografía colectiva o un intento de récord Guinness. El verdadero récord que deberíamos buscar como ciudad sería otro: que cada vez más niñas y niños sepan identificar una situación de riesgo, que cada vez más adultos sepan escuchar, que cada vez haya menos silencio, que cada denuncia sea investigada, que una víctima encuentre ayuda antes y, sobre todo, que logremos prevenir el abuso antes de que ocurra.

Porque cuando hablamos de abuso sexual infantil no estamos hablando únicamente de seguridad pública. Estamos hablando de cultura, de educación, de familia, de confianza, de responsabilidad. Y también de qué clase de ciudad queremos ser.
Ciudad Juárez tiene muchas fortalezas. Es una ciudad de trabajadores, migrantes, empresarios, estudiantes, familias y personas que llegaron de distintos lugares buscando una oportunidad. Somos una comunidad acostumbrada a levantarse después de momentos difíciles. Pero una ciudad madura no es aquella que presume que no tiene heridas. Es aquella que tiene el valor de reconocerlas y comienza a sanarlas.

Tal vez ésta sea una de las heridas que nos corresponde enfrentar a nuestra generación, y para hacerlo necesitamos algo más que indignarnos cuando conocemos un caso: necesitamos estar atentos, hablar, escuchar, denunciar, prevenir y ayudar.
Todos Buzos. Porque proteger a nuestros niños no es responsabilidad de alguien más. Es responsabilidad de todos los que llamamos hogar a Ciudad Juárez.

ADN Oscar Peinado
Oscar Peinado

Cuenta con más de 20 años de experiencia implementando sistemas de gestión, auditoría y liderazgo transformacional en empresas del sector manufacturero. Es consultor y profesor en programas de maestría y profesional especializados en tecnologías, calidad, y logística. Su perspectiva combina el rigor técnico con el análisis profundo de cómo la falta de estrategias y liderazgo debilita industrias completas.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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