Hay cosas que uno escucha y piensa: definitivamente ya estoy viejo.
“Farmear el aura”.
La primera vez que escuché la expresión tuve que hacer lo que hacemos muchos adultos cuando nuestros hijos o nuestros nietos hablan en ese idioma nuevo que parece español, pero no lo es exactamente: buscar qué demonios significa.
Y resulta que no es tan complicado.
“Farmear” viene del mundo de los videojuegos. Es repetir determinadas acciones para acumular recursos, puntos o experiencia. “Aura” es, en este caso, la presencia, el carisma, la seguridad, eso que hace que alguien entre a un lugar y consiga que los demás lo miren.
Así que farmear aura es, básicamente, hacer cosas que incrementen nuestra percepción de nosotros mismos frente a los demás.
La ocurrencia puede parecer simpática. Y, de hecho, lo es.
Hay jóvenes que se reúnen en espacios públicos para hacer poses, movimientos, gestos, representar memes o recrear códigos que solamente ellos parecen entender. Se enfrentan en una especie de batalla de carisma y el público decide quién tiene más aura.
No hay golpes. No hay insultos necesariamente. Hay espectáculo.
Y eso, para empezar, me parece bastante menos preocupante que otras cosas que nuestros jóvenes podrían estar haciendo.
El problema aparece cuando dejamos de mirar la pose y empezamos a mirar lo que hay detrás.
Porque “farmear aura” no nació de la nada.
El término ya circulaba en internet desde 2024, especialmente en comunidades relacionadas con videojuegos, anime y cultura digital. Después llegaron los videos virales, los puntos imaginarios de aura, las expresiones de “ganó aura” o “perdió aura” y, finalmente, las batallas presenciales que han comenzado a extenderse por América Latina.
Es decir: internet inventó el código, los jóvenes lo adoptaron, lo llevaron a la calle y después volvieron a meter la calle en internet.
Un circuito perfecto.
Y aquí es donde yo, como adulto y como padre preocupado por lo que estamos dejando a las siguientes generaciones, tengo que hacer una pausa.
Porque sería muy fácil decir: “Estos muchachos están perdidos”.
No.
No creo que estén perdidos.
Creo que están buscando.
Buscando identidad. Buscando pertenencia. Buscando reconocimiento. Buscando una manera de decir “aquí estoy” en un mundo en el que permanentemente se les está diciendo cómo deben verse, qué deben consumir, cómo deben hablar, qué deben pensar y hasta qué tan interesantes deben parecer.
Y quizá por eso la palabra “aura” resulta tan reveladora.
Porque hemos convertido la personalidad en una especie de marcador deportivo.
+1000 de aura.
-500 de aura.
Perdiste aura.
Ganaste aura.
¿No les resulta familiar?
A nosotros nos tocó otra versión.
La ropa. La música. El grupo de amigos. El automóvil. El peinado. La forma de hablar. La pandilla. La escuela. La colonia.
Nosotros también buscábamos pertenecer.
También queríamos que nos miraran.
También imitábamos.
La diferencia es que antes la moda viajaba a una velocidad humana.
Hoy viaja a la velocidad de TikTok.
Y eso cambia todo.
Una tendencia puede nacer en Indonesia, convertirse en meme, llegar a Brasil, aparecer en México y terminar convertida en una competencia callejera, en cuestión de semanas. El fenómeno del “aura farming” ya se ha extendido por varios países latinoamericanos y ha comenzado incluso a saltar hacia Europa.
No es solamente que los jóvenes sean “influenciables”.
Esa palabra, por cierto, me parece demasiado cómoda.
Los adolescentes siempre han sido influenciables porque están construyendo identidad. El problema actual es que nunca antes habían tenido frente a ellos una máquina permanente de modelos de comportamiento.
Antes uno tenía que encontrar al grupo.
Ahora el grupo entra al teléfono.
Y el teléfono no duerme.
Ahí está la verdadera discusión.
No creo que debamos preocuparnos porque nuestros hijos hagan una pose ridícula en una plaza.
Me preocuparía mucho más que llegáramos a una sociedad en la que un adolescente crea que su valor depende de cuántas personas lo miran, cuántos corazones recibe, cuántas reproducciones obtiene o qué tan bien logra representar aquello que el algoritmo considera atractivo.
Porque entonces ya no estamos hablando de una moda.
Estamos hablando de autoestima convertida en mercancía.
Y ahí sí tenemos un problema político.
Porque durante años hemos discutido sobre educación, seguridad, empleo, salud mental, oportunidades para los jóvenes y desarrollo comunitario como si cada uno de esos asuntos existiera por separado.
Y no, no existen por separado.
Un joven que no encuentra espacios para pertenecer buscará pertenencia donde pueda.
Si la escuela no se la ofrece, la buscará en internet.
Si la comunidad no le ofrece reconocimiento, lo buscará en redes.
Si la familia no tiene tiempo para escucharlo, habrá miles de desconocidos dispuestos a decirle cómo debe ser.
Y después nos preguntaremos por qué nuestros hijos son tan influenciables.
Quizá la pregunta debería ser otra:
¿Quién está teniendo más tiempo para educarlos: nosotros o el algoritmo?
Eso sí debería quitarnos el sueño.
Pero tampoco hagamos del “farmear aura” una tragedia nacional.
Porque hay algo curioso en este fenómeno: muchos de estos encuentros están consiguiendo precisamente algo que llevamos años diciendo que necesitan los jóvenes.
Salir de la pantalla.
Encontrarse con otros.
Ocupar espacios públicos.
Jugar.
Improvisar.
Reírse.
Competir sin necesariamente destruir al adversario.
Algunos especialistas han señalado justamente esa paradoja: las batallas nacen de internet, pero obligan durante un momento a los participantes a relacionarse físicamente con otras personas.
Entonces quizá el problema no sea que nuestros hijos tengan nuevas formas de expresarse.
El problema sería que nosotros, los adultos, dejáramos de intentar comprenderlas.
Porque burlarse es muy fácil.
“En mis tiempos…”
Esa frase ha sido responsable de incontables discusiones familiares y no ha educado a una sola generación.
No necesitamos hablar como ellos.
No necesitamos bailar como ellos.
No necesitamos entender cada meme.
Necesitamos escucharlos.
Preguntarles qué significa.
Qué les gusta.
Por qué les parece divertido.
Qué sienten cuando participan.
Quiénes son sus referentes.
Y, sobre todo, qué significa para ellos ser aceptados.
Porque ahí puede estar la conversación verdaderamente importante.
Yo no quiero que mis hijos tengan miedo de contarme qué hacen en internet porque anticipan una sentencia.
Quiero que puedan contarme incluso aquello que me parece absurdo.
Después ya veremos si es absurdo.
Porque acompañar no significa aprobarlo todo.
Significa estar suficientemente cerca para saber cuándo una moda es solamente una moda y cuándo empieza a convertirse en una forma peligrosa de dependencia, humillación, exposición o búsqueda desesperada de aprobación.
Y eso también es responsabilidad de la política.
No necesitamos gobiernos que quieran prohibir cada nueva expresión juvenil porque no la entienden.
Necesitamos políticas públicas que construyan espacios donde los jóvenes puedan hacer exactamente lo que hoy hacen al “farmear aura”, pero con muchas más posibilidades: deporte, arte, música, cine, teatro, cultura urbana, tecnología, debate, creación.
Necesitamos plazas vivas.
Escuelas vivas.
Centros comunitarios vivos.
Y adultos presentes.
Porque si queremos que los jóvenes salgan de las pantallas, habrá que ofrecerles un mundo real al que valga la pena salir.
Tal vez esa sea la parte que más deberíamos pensar los adultos.
No que nuestros hijos quieran tener aura.
Sino que nosotros hayamos construido una sociedad en la que ellos sienten que necesitan demostrarla.
Así que la próxima vez que vea a un grupo de muchachos haciendo una pose extraña, en lugar de preguntar qué les pasa, quizá les pregunte qué están haciendo.
Probablemente me responderán con alguna palabra que tampoco voy a entender.
Pero por lo menos estaremos hablando.
Y quizá, entre una pose y otra, podamos descubrir algo bastante más importante que los puntos de aura: qué clase de adultos quieren llegar a ser.

Raúl García Ruiz
Autor de los libros "Puentes Azules" "Arquitectura Azul" y “SynDike”
Especialista en resolución de conflictos y mediador en instancias gubernamentales. Relacionista Público tanto con iniciativa privada como con los diversos organismos públicos. Actualmente se desempeña como Recaudador de Rentas del Gobierno de Chihuahua en Ciudad Juárez.
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


