Hoy, mientras millones de imágenes circulan por teléfonos, pantallas y redes sociales, mientras una cámara cabe en el bolsillo y una inteligencia artificial puede producir en segundos una escena que jamás ocurrió, puede parecer extraño detenernos a celebrar la fotografía. Pero justamente por eso debemos hacerlo. Porque la fotografía no es solamente el acto de apretar un botón; es uno de los grandes inventos con los que la humanidad aprendió a relacionarse con su propia memoria. Cada 19 de agosto recordamos aquel momento de 1839 en que el procedimiento de Louis Daguerre fue presentado públicamente en París. François Arago expuso ante las academias de Ciencias y de Bellas Artes las posibilidades de aquella nueva tecnología que permitía fijar sobre una superficie las imágenes producidas por la luz. La fotografía nacía, así, entre la ciencia y el arte, entre la promesa de conocimiento y la fascinación por reproducir el mundo.
Pero la fotografía no comenzó realmente aquel día. Mucho antes existía la cámara oscura y ya había científicos, artistas e inventores intentando comprender cómo podía la luz construir una imagen. Nicéphore Niépce consiguió fijar imágenes y Daguerre perfeccionó posteriormente el procedimiento que llevaría su nombre. Al mismo tiempo, William Henry Fox Talbot desarrollaba en Inglaterra sus propios procesos fotográficos. Aquello no fue simplemente el nacimiento de una nueva técnica; fue el principio de una transformación cultural. La humanidad había encontrado una manera distinta de representar aquello que veía y, sobre todo, de conservarlo. En poco tiempo la fotografía pasó de ser curiosidad científica a profesión, industria, documento y finalmente arte.
Desde entonces, pocas tecnologías han intervenido tanto en nuestra manera de comprender la realidad. La fotografía documentó ciudades, guerras, revoluciones, familias, viajes, rituales, descubrimientos científicos y transformaciones sociales. Sirvió para estudiar territorios, registrar patrimonio, construir archivos y conservar rostros que de otro modo se habrían perdido. En América Latina, las colecciones fotográficas del siglo XIX permiten hoy mirar la evolución urbana, los paisajes, la vida rural y a personajes que forman parte de nuestra historia. La fotografía convirtió al instante en documento y al documento en memoria.
Hoy tenemos fotografía documental, periodística, científica, artística, publicitaria, de moda, de paisaje, de arquitectura, deportiva, familiar, callejera y conceptual; tenemos fotografía analógica y digital, fotografía móvil, fotografía computacional, imágenes de vigilancia, fotografías satelitales y millones de imágenes producidas diariamente para las redes sociodigitales. Y ahora tenemos imágenes sintéticas generadas mediante inteligencia artificial basadas en la fotografia. La diferencia es enorme: antes necesitábamos que algo ocurriera frente al objetivo para fotografiarlo; ahora podemos construir una imagen convincente sin que aquello que representa haya existido jamás.
Ese es quizá el momento histórico que nos toca vivir. La fotografía ha llegado a un territorio en el que su antiguo pacto con la realidad está siendo cuestionado. Durante casi dos siglos, mirar una fotografía significaba, de alguna manera, aceptar que había habido una presencia frente a la cámara. Hoy esa garantía se ha roto. La imagen puede conservar una huella de lo real, pero también puede ser resultado de datos, algoritmos, instrucciones y modelos matemáticos. La imagen ya no solamente registra el mundo: participa en la construcción del mundo que creemos ver.
Y aquí está el clímax de esta historia: la fotografía sobrevivió a todos sus propios finales. Sobrevivió cuando se dijo que acabaría con la pintura; sobrevivió al cine, a la televisión, al video, a la fotografía digital y a los teléfonos celulares. Ahora enfrenta a la inteligencia artificial. Tal vez tampoco desaparecerá. Lo que desaparecerá, si no somos cuidadosos, es nuestra ingenuidad frente a las imágenes.
Los fotógrafos hemos gozado y sufrido esta historia. Hemos cargado cámaras pesadas, hemos esperado la luz correcta, hemos revelado negativos en cuartos oscuros, hemos aprendido a dominar velocidades, diafragmas y sensibilidades; hemos visto cómo el oficio se volvió accesible para casi todos y cómo, al mismo tiempo, el trabajo profesional comenzó a ser devaluado por la abundancia de imágenes. Hemos fotografiado bodas y funerales, fiestas y tragedias, triunfos y derrotas. Hemos conservado recuerdos familiares y hemos entrado, cámara en mano, en los lugares donde la sociedad necesitaba mirar. Hemos tenido la satisfacción de producir una imagen irrepetible y también la frustración de escuchar que una fotografía “se puede hacer con el celular”.
Por eso también debemos hablar del Estado. México sí cuenta con mecanismos públicos de apoyo a la creación artística. El Sistema Creación mantiene convocatorias para impulsar la producción, profesionalización, exhibición y movilidad de artistas, y durante 2026 existen programas como el Sistema Nacional de Creadores de Arte y diversas convocatorias estatales. Incluso existen actualmente convocatorias vinculadas directamente con proyectos fotográficos y con instituciones como el Centro de la Imagen.
Sin embargo, reconocer que existen apoyos no significa conformarnos. La fotografía necesita mucho más que concursos ocasionales: requiere archivos, museos, publicaciones, educación, investigación, conservación, espacios de exhibición y condiciones laborales dignas para quienes hacen de la imagen una profesión. Un país que no conserva sus fotografías termina perdiendo parte de su memoria.
Hoy, en este Día Mundial de la Fotografía, no deberíamos celebrar solamente una tecnología inventada hace casi dos siglos. Deberíamos celebrar nuestra capacidad de mirar y preguntarnos qué significa aquello que estamos viendo. Porque quizá la fotografía nunca tuvo como verdadera misión mostrarnos la realidad. Su tarea más profunda ha sido obligarnos a preguntarnos qué entendemos por realidad.
Y… mientras exista alguien dispuesto a mirar antes de disparar, mientras haya un fotógrafo capaz de comprender que detrás de cada imagen existe una decisión, una historia y una responsabilidad, la fotografía seguirá viva. Aunque el mundo que fotografía ya no sea exactamente el mismo.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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