Juárez es un amor

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A un día de que se cumplan diez años de la partida de Juan Gabriel, Ciudad Juárez volverá a recordar al Divo como mejor sabe hacerlo, cantando.

Sus canciones volverán a escucharse en las casas, los automóviles, los negocios y las calles. Regresarán las historias de quienes convivieron con él y también el orgullo de saber que uno de los compositores e intérpretes más importantes de México llevó el nombre de nuestra ciudad por todo el mundo.

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Pero entre los homenajes y la nostalgia también deberíamos detenernos a pensar en algo que Juan Gabriel comprendió antes que muchos de nosotros, esta ciudad no necesita ser perfecta para ser profundamente amada.

No es un amor sencillo. Es de esos amores que a veces cansan, preocupan y duelen; de los que nos hacen reclamar, pero también quedarnos. Podemos alejarnos durante algunos días o incluso durante años, pero siempre hay algo de esta frontera que termina trayéndonos de regreso.

Puede ser el cielo sobre el desierto, las montañas que nos ayudan a encontrar el camino o esa manera directa y generosa de su gente. Cada juarense tendrá sus razones, pero todos sabemos que esta ciudad posee una forma particular de quedarse dentro de nosotros.

Juan Gabriel hizo de Juárez una parte inseparable de su identidad. Aquí conoció las dificultades, encontró oportunidades y comenzó la historia que después llevaría por el mundo. La ciudad no fue solamente el escenario de su vida, fue una fuente de inspiración, identidad y pertenencia.

Cuando se habla de Juárez desde fuera, con frecuencia se habla de violencia, migración, maquiladoras o frontera. Son realidades que forman parte de nuestra historia, pero ninguna alcanza para explicarnos por completo.

Juárez también es quien se levanta antes del amanecer para trabajar; quien abre su negocio aunque las ventas no siempre sean buenas; quien utiliza sus propios recursos para mejorar un parque, y quien ayuda a otra familia sin esperar nada a cambio. Esa ciudad también merece ser contada.

Querer a Juárez no puede reducirse a una frase bonita, a la fotografía de un atardecer o al orgullo de decir que somos de la frontera. El amor por una ciudad también exige responsabilidad.

Precisamente porque queremos a Juárez, no debemos resignarnos a verla llena de baches, con parques abandonados, calles oscuras o servicios que no recompensan al esfuerzo diario de su gente.

Amar a Juárez también significa exigirles más a quienes la gobiernan, autoridades que administren responsablemente el presupuesto, conozcan las calles y escuchen antes de decidir, obras que resuelvan problemas y no solamente produzcan fotografías para las redes sociales, funcionarios que entiendan que servir a la ciudad es una responsabilidad, no un privilegio.

La crítica no está peleada con el cariño que sentimos por Juárez. A veces, la manera más honesta de querer algo es negarse a guardar silencio frente a aquello que lo lastima. Pero la responsabilidad no termina en el gobie

Exigir una ciudad limpia, espacios dignos y una mejor convivencia también nos obliga a revisar lo que hacemos por ella. No es coherente reclamar calles limpias mientras arrojamos basura desde el automóvil, pedir parques cuidados mientras destruimos sus instalaciones o exigir respeto mientras tratamos como enemigo a quien piensa diferente.

Exigir mejores gobiernos también implica convertirnos en mejores ciudadanos, vigilar a la autoridad, acompañar las decisiones correctas, señalar las equivocadas y participar en la construcción de soluciones.

A diez años de su partida, Juan Gabriel nos deja una enseñanza que va más allá de la música. Nunca ocultó su vínculo con esta frontera ni trató de borrar los años difíciles. Hizo de Juárez una parte esencial de su identidad y consiguió que millones de personas asociaran el nombre de nuestra ciudad con talento, alegría, sensibilidad y orgullo.

En un mundo que frecuentemente nos definía por nuestros problemas, el Divo ayudó a contar otra historia de Juárez. Hoy nos corresponde continuarla.

Debemos hablar de lo que está mal, pero también de quienes todos los días hacen las cosas bien. Señalar nuestras carencias sin permitir que sean lo único que nos represente. Reconocer el talento, el trabajo y la solidaridad que existen en nuestras colonias, escuelas, negocios y organizaciones.

Juan Gabriel convirtió su amor por esta ciudad en canciones. A nosotros nos corresponde convertir ese mismo amor en participación, exigencia y trabajo.

Porque pertenecer a Juárez no consiste solamente en decir de dónde somos. También significa decidir qué estamos dispuestos a hacer por la ciudad que sentimos nuestra.

Porque Juárez es un amor.

Y a lo que verdaderamente se ama no se le abandona, no se le utiliza y tampoco se le deja conformarse.

Plumas Perfil 1
Josué Urrutia

Especialista en estrategia política y asuntos públicos. Su experiencia abarca comunicación institucional, vinculación con distintos sectores y coordinación de proyectos en el ámbito gubernamental, partidista y de la sociedad civil.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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