El Día del Padre vi con mi hijo Reto de Valientes, una película sobre policías que dominan la calle pero que apenas conocen a sus propios hijos. Me quedé pensando en una pregunta que pocas veces nos hacemos en Ciudad Juárez.
Cuando vemos la violencia o a los jóvenes arrastrados al crimen, buscamos explicaciones en el narcotráfico, la corrupción o las fallas del sistema de justicia. Todos esos factores existen. Pero me pregunto si estamos ignorando una causa más cercana.
Aquí en Juárez, el crimen organizado recluta jóvenes. Y me pregunto cuántos de ellos crecieron solos, mientras sus padres encadenaban turnos y horas extras.
¿Y si el problema no está solo en quienes los reclutan?
¿Y si también está en los padres que no estuvimos?
Durante años hemos invertido enormes recursos en combatir los efectos de la violencia. Más patrullas. Más cámaras. Más cárceles. Pero pocas veces hablamos de lo que de verdad forma a un ciudadano: la relación entre un padre y un hijo.
No escribo para juzgar a nadie. Escribo para quien, como yo, dio la vida por la planta convencido de que cada hora extra era su mayor acto de amor.
Soy hijo de padres divorciados. Como muchos juarenses, crecí viendo el trabajo como una obligación absoluta, casi sagrada. Después llegué a la maquila.
Y la maquila tiene una forma silenciosa de atraparte. Cada hora extra parece un acto de amor. Cada turno doble se siente como un sacrificio por los tuyos. Nadie te dice que estás eligiendo; sientes que solo estás cumpliendo. El cansancio se vuelve una medalla, y la quincena, una prueba de cuánto los quieres.
Así normalicé las jornadas largas, el estrés y la idea de que proveer dinero era suficiente. Sin darme cuenta, empecé a justificar mi ausencia con el mismo trabajo que creía que nos salvaba.
Recuerdo que mi hijo, más de una vez, me preguntó para qué trabajaba tanto. Me decía que dejara uno de mis empleos.
Lo decía porque por las tardes soy docente, y esas tardes se las quitaba a él.
Tardé en entender que no era un reproche. Era un mensaje: papá, quiero estar más días contigo.
Hoy tiene once años y ya tiene sus propias prioridades. A veces extraño a aquel niño de cinco que solo quería tener más días conmigo.
Quisiera tener de vuelta esas tardes.
Hoy me pregunto si a veces confundimos proveer con estar presentes.
Porque a un hijo no lo sostiene solo el techo que le das. Lo sostiene saber que estás. Que cuando levante la vista, ahí va a encontrarte. Eso no se compra con horas extras.
Y esto no es una intuición mía. Lo sabemos desde hace décadas.
Investigaciones que han seguido a miles de familias a lo largo de la vida llegan una y otra vez a la misma conclusión: los hijos que crecen sin un padre presente tienen más problemas de conducta, peores resultados escolares y mayor probabilidad de terminar en la delincuencia. En los varones, la ausencia del padre pesa todavía más.
No porque el padre sea perfecto, sino porque su presencia da dirección, estructura y sentido de pertenencia.
Y eso es lo más incómodo de todo. No nos falta evidencia. La tenemos desde hace generaciones, y seguimos actuando como si el problema fuera solo de patrullas y cámaras.
Quizá la pregunta no sea solo qué está haciendo el gobierno contra la delincuencia.
Quizá también debamos preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para formar ciudadanos.
Porque la seguridad no empieza en una patrulla. Empieza en una mesa donde un padre y un hijo conversan. Empieza cuando un padre apaga el teléfono y escucha.
Por eso quiero escribirle a mi hijo, aquí, donde ya no pueda echarme para atrás.
Hijo:
Perdí tardes que no van a volver, y no voy a fingir que no me duele.
Pero entendí algo que tardé años en ver: todavía estás aquí, y yo todavía estoy a tiempo.
Voy a escucharte, aunque llegue cansado. Voy a guiarte sin heredarte mis miedos. Voy a corregirte sin alejarme. Voy a ser el ejemplo que algún día quiero que repitas con tus propios hijos.
Y sí, voy a correr contigo.
No es tarde. Apenas vamos a empezar.
Tu papá.

Oscar Peinado
Cuenta con más de 20 años de experiencia implementando sistemas de gestión, auditoría y liderazgo transformacional en empresas del sector manufacturero. Es consultor y profesor en programas de maestría y profesional especializados en tecnologías, calidad, y logística. Su perspectiva combina el rigor técnico con el análisis profundo de cómo la falta de estrategias y liderazgo debilita industrias completas.


