La resaca del triunfo

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Pocas cosas tienen la capacidad de unir a México como el fútbol. Durante noventa minutos desaparecen diferencias políticas, económicas e ideológicas. Millones de personas comparten la misma emoción, el mismo grito y la misma esperanza. La reciente victoria de la Selección Mexicana frente a Corea del Sur en el Mundial de 2026 volvió a demostrarlo. Pero también dejó al descubierto una realidad incómoda: seguimos sin aprender a celebrar.

La alegría colectiva es saludable. Necesaria, incluso. En un país marcado por la violencia, la incertidumbre y la polarización, los momentos de felicidad compartida funcionan como un respiro. El problema aparece cuando la euforia se transforma en una licencia para hacer aquello que normalmente sabemos que está mal.

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En Chihuahua, los festejos terminaron en tragedia cuando un conductor atropelló a varias personas en medio de una situación caótica vinculada al consumo de alcohol y a la violencia de una multitud. En la Ciudad de México, las imágenes del Ángel de la Independencia rodeado de basura, riñas y actos vandálicos volvieron a repetirse como una escena que parece haberse normalizado. Lo preocupante es que cada vez existe una mayor tendencia a justificar estas conductas bajo el argumento de la pasión deportiva.

Pero la pasión no explica todo. Mucho menos lo justifica.

Existe una diferencia enorme entre celebrar y perder el sentido de responsabilidad. Entre ocupar el espacio público y apropiarse de él. Entre compartir la alegría y convertirla en un riesgo para los demás. Cuando una victoria termina con personas lesionadas, propiedades destruidas o familias huyendo de la violencia, el problema deja de ser deportivo y se convierte en un asunto de convivencia social.

Quizá la pregunta más incómoda sea otra: ¿por qué algunos sectores de nuestra sociedad sienten que cualquier celebración les otorga permiso para romper reglas básicas de respeto? Porque el fenómeno no ocurre únicamente en el fútbol. Lo vemos en conciertos, festivales, manifestaciones y prácticamente cualquier evento masivo. Existe una peligrosa cultura de impunidad que aparece cuando las personas se sienten protegidas por el anonimato de la multitud.

La verdadera prueba de una sociedad no está en cómo enfrenta la derrota, sino en cómo administra el triunfo. Ganar debería sacar lo mejor de nosotros, no lo peor. Una comunidad madura entiende que la alegría colectiva implica también responsabilidad colectiva.

México merece celebrar. Merece gritar los goles, llenar plazas y abrazar desconocidos en medio de la emoción. Pero también merece que esos festejos terminen con sonrisas y no con tragedias, con recuerdos y no con daños, con orgullo y no con vergüenza.

Porque el verdadero campeonato no se juega en una cancha. Se juega en la capacidad de convivir con respeto incluso cuando la euforia alcanza su punto más alto. Y en ese torneo, todavía tenemos mucho por aprender.

ADN Georgina Bujanda
Georgina Bujanda

Licenciada en Derecho por la UACH y Maestra en Políticas Públicas, especialista en seguridad pública con experiencia en cargos legislativos y administrativos clave a nivel estatal y federal. Catedrática universitaria y experta en profesionalización policial.


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