Dicen del deceso políticamente más relevante de la semana pasada, el del Ing. Cuauhtemoc Cárdenas Solórzano, todo un rosario de opiniones, algunas que parten del rencor, otras de la admiración, también las hay con arrepentimiento de lo que no se hizo en vida, y por supuesto muchas otras, quizá la mayoría, del entusiasmo por un México más democrático y plenamente orgulloso de su esencia en medio de una globalidad intensa, tal vez la más intensa en la historia de la humanidad y con mayor vocación por la homogeneidad disfrazada de diversidad.
En medio de ese mar de reacciones, la bruma de la memoria me desbloqueó uno de los recuerdos más extraños, familiares y probablemente más relevantes de mi infancia con respecto a mi presente profesional. La muerte de uno de los lideres históricos del siglo XX me remitió a un lejanísimo fin de semana de finales de junio de 1994, en el que viré de ver caricaturas en la mañana, a acompañar a mi madre y padre al cierre de la campaña presidencial del Ing. Cárdenas por la tarde, mismo que rematamos con una cena entre panuchos, sopa de lima y canciones de trova yucateca, en el restaurante “El Circulo del Sureste”, donde inicié mi historial de pésimo profeta electoral, al hacer una quiniela con mis papás sobre las elecciones presidenciales de ese año.
Sin duda 1994 había sido muy ilustrativo para mi generación en materia política, pues sin haber concluido aun el último año de primaria, los adultos y la tele nos habían acercado a la política tras seis años de polémicas sobre un supuesto fraude electoral, y un forcejeo social por un cambio de paradigma económico que nadie sabía explicar bien, pero que a muchos nos dio algunas herramientas para apreciar, con alguna dosis de conciencia, el regreso de la lucha armada indigenista; el primer asesinato de un candidato presidencial en 66 años; la primera ocasión en 55 años en que el Partido Acción Nacional no postulaba a un catequista de la democracia o a un empresario, sino a un lobo de los juzgados; la primera vez que se llevó a cabo un debate presidencial en televisión, y la primera ocasión en que ese debate expuso al próximo tlatoani, no sólo como un elemento político al que le faltaba instrucción en su oficio, sino como un actor político que no poseía el don de la infalibilidad intelectual, que los medios de comunicación solían fabricar falsamente entorno a todo aquel que, desde 1940, fuera ungido como candidato priista a la presidencia de la república.
Esa tarde, desde la bocacalle de la Avenida Madero, frente a la Plaza de la Constitución, había escuchado por primera ocasión un discurso de Don Porfirio Muñoz Ledo, en la plenitud de esa voz potente, enérgica, casi marcial, que desplegaba mensajes finamente estructurados, llenos de referencias históricas y culturales, con las que tambaleaba entre lo genial y lo cursi, quedándose siempre en lo primero.
También en esa ágora mexicana, por primera vez me tocó presenciar un discurso completo del hijo del General Lázaro Cárdenas, el heredero de ese fantasma que formaba parte de los santos laicos que mi padre y mi abuela materna me enseñaron a respetar, el exgobernador de Michoacán que retó al sistema, el político que mi madre y mi padre siempre me invitaron a escuchar, y a tratar de descifrar constantemente en las sobremesas familiares desde que tenía cinco años.
Pasaron los años y el Ing. Cárdenas se arraigó en mis recuerdos políticos de adolescencia, siguiendo su trayectoria hasta que al comienzo del siglo XXI su estrella como protagonista declinó. Ese declive de la estrella política del segundo Cárdenas podría interpretarse como un sacrificio natural y no previsto de la libertad, la búsqueda de la igualdad y la fraternidad en nuestro país, ante un nuevo siglo en el que la palabra empeñada pareciera que pierde valor, la visceralidad presupuestal se asume como un acto de justicia social, la irresponsabilidad pública se justifica culpando al pasado, a la ignorancia se le atribuyen rasgos de sensibilidad social, y a quienes muestran altura de estadistas se les tiende a denostar con dichos, lugares comunes y frases vacías que son fáciles de repetir.
Descubrí la Ciencia Política y aprendí a no arrojarme al análisis cómodo de la dicotomía fascista, abierta o encubierta, y la vida me regaló un lugar privilegiado para seguir viendo a esas dos figuras que me impactaron en 1994. Así, alrededor del 2018, por un lado pude disfrutar de los últimos destellos de la magnífica oratoria del gran Porfirio Muñoz Ledo, desde la barrera de matadores, que me ofrecía “el corralito” del pleno de la Cámara de Diputados.
Por otro lado, gracias a la generosidad de mi amigo el Dr. Alejandro Chanona, hoy director de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, pude colaborar en un proyecto de análisis de inseguridad, para la Fundación Barros Sierra, en cuya presentación de resultados concurrieron figuras como el Ing. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano.
Al terminar el evento pude acercarme a Don Cuauhtémoc Cárdenas, el hijo del General, el estadista que contuvo su ego para evitar un baño de sangre, el fundador de la institucionalización de la izquierda electoralmente competitiva, el primer jefe de Gobierno electo en el Distrito Federal, mi primer voto por un candidato presidencial, el líder moral de la izquierda, y el último santo laico de mi infancia, estrechamos las manos, nos tomaron una foto y pude platicar tres minutos sobre mi abuelo el diputado, senador y jefe de la policía secreta del Distrito Federal que fue cardenista hasta su muerte.
Muy probablemente esa anécdota pasó totalmente inadvertida para el hijo del general, pero en lo personal, al Ing. Cuauhtémoc Cárdenas siempre le agradeceré el haber sido un factor importante con su entereza, persistencia y oratoria, para definir mi gusto por la política como objeto de estudio, el ejemplo que siempre puso en intentar mejorar “la cosa pública”, y esa mirada de esfinge que -junto al mes de nacimiento y mes de deceso- replicó de su padre, y que me regaló en ese irrelevante encuentro en el que pude estrechar su mano, en la colonia Del Valle, de la Ciudad de México, antes de las elecciones de 2018.

Raen Sánchez Torres
Politólogo e internacionalista, cuenta con una maestría en Estudios Internacionales por el ITESM y un doctorado en Ciencias Políticas y Sociales por la FCPyS de la UNAM, además de 16 diplomados, seminarios, cursos y talleres especializados en Seguridad Nacional, Seguridad Pública e Inteligencia, impartidos por instancias como la UNAM, ITAM, UDLAP, Policía Nacional Francesa, Real Policía Montada de Canadá, y el Departamento de Justicia de los EEUU.
Profesionalmente se ha desempeñado en el sector público como analista del fenómeno delictivo en el ámbito internacional, el desarrollo de instituciones de seguridad pública, y desde hace más de 10 años como asesor parlamentario tanto en el Senado de la República como en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión. Como académico, desde 2015 ha sido profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
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