Texas ha necesitado más de un siglo para elegir a tres mujeres como gobernadoras. La cifra, por sí sola, dice mucho sobre la distribución del poder en uno de los estados más influyentes de Estados Unidos. Pero dice todavía más cuando se revisa quiénes han ocupado los principales cargos del Ejecutivo estatal y se descubre que, fuera del ámbito educativo, la participación femenina ha sido históricamente una excepción.
La victoria de Gina Hinojosa en las elecciones del 3 de noviembre de 2026 tiene, por eso, una dimensión que rebasa el relevo partidista. La demócrata derrotó a Greg Abbott, terminó con 32 años de control republicano de la gubernatura y se convirtió en la primera mujer latina elegida para dirigir Texas. Tres acontecimientos concentrados en una misma elección, aunque cada uno responde a una historia política distinta.
Hinojosa será la tercera mujer en ocupar la gubernatura texana. Antes estuvieron Miriam Amanda Ferguson, conocida como Ma Ferguson, quien gobernó entre 1925 y 1927 y nuevamente entre 1933 y 1935, y Ann Richards, cuya administración transcurrió de 1991 a 1995. Entre la salida de Richards y la elección de Hinojosa pasaron más de tres décadas. Entre la primera gobernadora y la tercera, prácticamente un siglo.
Hay una particularidad histórica que merece atención. Ferguson llegó al poder en circunstancias estrechamente vinculadas con la carrera de su esposo, James Ferguson, un exgobernador destituido mediante juicio político que encontró en la candidatura de su mujer una vía para recuperar influencia. Aunque Miriam Ferguson ejerció formalmente el cargo y ganó sus propias elecciones, su ascenso estuvo condicionado por una estructura política familiar dominada por hombres.
Ann Richards representó una historia diferente. Había construido una trayectoria propia, primero en el gobierno local y después como tesorera estatal. Su llegada a la gubernatura en 1991 significó un momento relevante para la presencia femenina en la política texana. Sin embargo, aquel avance no produjo una sucesión sostenida de mujeres en el puesto más alto del estado.
La historia de las mujeres en el gobierno de Texas revela una paradoja. Su acceso a responsabilidades públicas comenzó mucho antes de que pudieran competir en condiciones relativamente abiertas por los principales espacios de poder, pero estuvo particularmente asociado con la educación.
En 1918, Annie Webb Blanton se convirtió en la primera mujer elegida para un cargo estatal mediante el voto popular, al ganar la superintendencia de Instrucción Pública. Fue un acontecimiento notable para una sociedad que apenas comenzaba a reconocer plenamente los derechos políticos de las mujeres. Después llegaron otras funcionarias al sistema educativo y, con el establecimiento de la Junta Estatal de Educación, ese organismo se convirtió en uno de los espacios de mayor presencia femenina.
La explicación no puede reducirse a una supuesta inclinación natural de las mujeres por la enseñanza. Durante generaciones, la educación fue una de las actividades profesionales y públicas que la sociedad consideraba aceptables para ellas. El acceso a esas responsabilidades no necesariamente se tradujo en oportunidades semejantes para dirigir las finanzas, la justicia, la seguridad o los grandes organismos reguladores del estado.
Fuera de la educación, la lista histórica de mujeres que alcanzaron cargos ejecutivos estatales ha sido extraordinariamente corta. Entre las figuras que consiguieron abrirse paso aparecen Kay Bailey Hutchison y Martha Whitehead en la Tesorería; Carole Keeton Strayhorn y Susan Combs en la Contraloría; Lena Guerrero, Elizabeth Ames Jones y Christi Craddick en la Comisión de Ferrocarriles, organismo que, pese a su nombre, regula sectores fundamentales de la industria energética texana.
A ellas se suman casos como el de Dawn Buckingham, quien en 2023 se convirtió en la primera mujer en ocupar la Comisaría General de Tierras de Texas. Son trayectorias importantes, varias de ellas dentro del Partido Republicano, que impiden presentar la exclusión femenina como responsabilidad exclusiva de una corriente política. El problema tiene raíces más antiguas y profundas que las actuales disputas partidistas.
La dimensión de ese rezago también se observa en el Poder Legislativo. En 2025, las mujeres ocupaban 61 de los 181 escaños de la Legislatura de Texas, equivalentes al 33.7 por ciento. Una representación considerablemente mayor que la de décadas anteriores, pero todavía distante de la composición demográfica del estado.
Y aquí aparece otro componente de la elección de Hinojosa: su origen latino.
Texas no puede entenderse sin su historia mexicana ni sin la presencia de millones de habitantes de raíces hispanas. La frontera, la cultura, el idioma, la economía y buena parte de su identidad contemporánea están vinculados con esa herencia. Sin embargo, esa presencia social y demográfica no se había reflejado en la gubernatura a través de una mujer latina.
Hinojosa rompe esa ausencia en una época en que la política texana ha estado marcada por intensas controversias sobre inmigración, seguridad fronteriza, educación pública y derechos reproductivos. Su llegada combina, así, tres condiciones que pocas veces coinciden en la historia política estatal: ser mujer, ser latina y pertenecer al Partido Demócrata, después de más de tres décadas de gobiernos republicanos.
Conviene, sin embargo, distinguir el significado simbólico del alcance real de su poder. Haber ganado una elección histórica no significa que las barreras institucionales hayan desaparecido. La nueva gobernadora enfrentará un Congreso estatal con fuerzas partidistas divididas y una estructura gubernamental moldeada durante décadas bajo administraciones republicanas. Además, será evaluada por sus decisiones de gobierno, no solamente por la excepcionalidad de su llegada.
Los resultados de noviembre también dejaron otro hecho significativo: la victoria de la demócrata Vikki Goodwin en la elección para vicegobernadora. Su próximo acceso al cargo, que ninguna mujer había ocupado antes, amplía el alcance del cambio femenino en la cúpula del Ejecutivo de Texas. No se trata, por tanto, de una sola figura excepcional, aunque tampoco de una transformación automática de todas las estructuras políticas del estado.
Para quienes observan Texas desde Ciudad Juárez y el resto de la frontera norte de México, este movimiento tiene una lectura adicional. Las decisiones tomadas en Austin repercuten en una región donde la vida cotidiana no reconoce con facilidad las separaciones políticas entre dos países. Migración, comercio, energía, transporte y seguridad son asuntos que atraviesan la frontera todos los días.
La llegada de una gobernadora latina no garantiza por sí misma un cambio de rumbo en esas materias. Compartir raíces culturales tampoco equivale a compartir posiciones políticas. Pero sí incorpora una experiencia histórica distinta a una oficina que durante décadas estuvo ocupada exclusivamente por hombres y que, hasta ahora, nunca había sido encabezada por una mujer de origen latino.
Tal vez el dato más revelador de esta elección no sea solamente que Gina Hinojosa haya logrado convertirse en la tercera gobernadora de Texas. Es que, después de más de 180 años de historia estatal, todavía resulte necesario contar a las mujeres que han alcanzado ese puesto con los dedos de una mano.
Y que la llegada de la primera latina siga siendo, en pleno siglo XXI, una noticia histórica.
Fuentes consultadas:
The Texas Tribune, 3 de noviembre de 2026;
Secretaría de Estado de Texas, resultados electorales;
Women in Texas government;
Investigación histórica de The Texas Tribune.

David Gamboa
Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.
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