Entre el acarreo de lujo y la unidad de aparador

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Ahí estaba yo, esperando abordar el BRT en Ciudad Juárez, cuando un desconocido, tarjeta en mano, me facilitó el ingreso sin pagar un solo peso. No hubo mayor explicación. Pasé y punto. Más adelante, mientras avanzaba rumbo al evento político de Marco Bonilla, comenzaron a aparecer los autobuses ejecutivos, algunas unidades de dos pisos y camionetas de alta gama. Aquello no se parecía mucho a la vieja estampa del acarreo político que durante décadas nos acostumbramos a ver en México. Aquí había más comodidad, mejores vehículos y, evidentemente, una operación bastante bien organizada.

Me vino entonces una pregunta a la cabeza: ¿cuándo dejó de llamarse acarreo para convertirse en movilización ciudadana?

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En política hasta las palabras tienen partido: cuando los adversarios trasladan simpatizantes en camiones, se denuncia “acarreo”. Cuando lo hacen los propios, se presume “capacidad de convocatoria”. Y si los vehículos tienen aire acondicionado, asientos cómodos y mejores prestaciones, supongo que estamos ante una versión ejecutiva de la democracia.

Hay niveles hasta para eso.

No puedo afirmar que quienes llegaron en esos vehículos fueran obligados o recibieran algún beneficio. Tampoco sería serio negar la capacidad de organización del PAN. Pero lo que vi en las calles obliga a plantear una discusión que suele incomodar a todos los partidos: la diferencia entre la participación espontánea y la movilización organizada no la determina el color de las banderas.

Y mientras aquella maquinaria se desplegaba en las calles, desde el escenario se preparaba otro espectáculo: el llamado a la unidad, a dejar atrás los pleitos y a defender juntos el futuro de Chihuahua.

Bonitas palabras. De esas que todos quisiéramos escuchar acompañadas, alguna vez, de resultados reales.

El problema es que la unidad que se pregona desde el templete no siempre coincide con la que se practica debajo de él.

Tuve oportunidad de conversar con Rafael Loera y César Jáuregui, mencionados entre los aspirantes a la alcaldía de Chihuahua. Su ingreso al evento contrastó con los espacios reservados para figuras como Manque Granados y Santiago de la Peña.

Podría parecer un detalle menor, pero quienes conocen las formas del poder saben que no lo es. A veces la puerta por la que te permiten entrar dice más que los aplausos que recibes.

No significa necesariamente que el PAN esté fracturado. Sus diferencias existen, aunque todavía conserva una disciplina partidista que le permite administrarlas sin convertir cada desacuerdo en una batalla pública.

Morena, en cambio, enfrenta otro desafío. Es un partido en términos jurídicos, pero políticamente funciona también como un movimiento donde conviven distintas familias de la izquierda, viejos militantes de otras organizaciones, luchadores sociales y grupos unidos por un proyecto que significa compartir convicciones “similares”, no iguales.

Su diversidad lo hizo fuerte, pero también puede terminar debilitándolo. La prueba esta cuando llega el reparto de candidaturas, presupuestos y posiciones, las diferencias ideológicas suelen mezclarse con algo bastante menos filosófico: las ambiciones personales.

He sostenido que Morena podría experimentar una transformación profunda como estructura partidista después de otro periodo presidencial. No es una sentencia de desaparición, sino una reflexión sobre las dificultades de mantener cohesionadas tantas corrientes.

Aunque tampoco hay que engañarnos. El poder enferma por igual a panistas, priistas y morenistas. Algunos se corrompen, otros se vuelven soberbios y no faltan quienes terminan convencidos de que el país, el estado o el municipio simplemente no pueden funcionar sin ellos.

Regresemos a la concentración de Ciudad Juárez.

Las cifras de asistencia se convirtieron en otra disputa política. Desde el PAN se manejaron números de quince a dieciocho mil personas, mientras otras estimaciones rondaban las cuatro mil.

Realizamos un ejercicio propio utilizando fotografías difundidas por el mismo partido, mediciones digitales de superficie y distintas densidades estimadas de ocupación. El resultado preliminar fue de aproximadamente 10,500 asistentes.

No es un conteo definitivo. Tiene márgenes de incertidumbre, como cualquier estimación basada en imágenes. Pero creemos que es mas ajustada a la realidad y permite cuestionar esa costumbre de inflar o reducir multitudes dependiendo de quién organiza el evento.

Una plaza llena demuestra capacidad de convocatoria. No necesariamente respaldo electoral, y mucho menos garantiza buenos gobiernos.

Quienes vivimos las movilizaciones panistas de los años ochenta recordamos una historia distinta. Entonces, miles de ciudadanos se acercaron al PAN porque representaba una alternativa frente al régimen priista. No todos compartían su doctrina; muchos simplemente estaban cansados del poder establecido y en 2000 festejaron la añorada alternancia en el poder.

Hoy las circunstancias son otras. El PAN que antes exigía democracia desde las calles es también el partido que debe rendir cuentas desde el gobierno. Y esa diferencia pesa más que cualquier fotografía multitudinaria.

Por eso, cuando escucho hablar de grandes acuerdos, de libertad, del orgullo chihuahuense y del futuro de nuestros hijos, no puedo evitar cierta desconfianza. Son expresiones legítimas, desde luego, pero demasiado repetidas para no escucharlas sin decir “¿otra vez?” y seguir aceptándolas sin preguntar por los resultados.

Marco Bonilla tiene todo el derecho de construir su proyecto político. Lo mismo sus competidores y los aspirantes de Morena. Pero ninguno debería confundir una movilización organizada con un cheque en blanco de la ciudadanía.

El PAN habla de unidad mientras acomoda sus jerarquías. Morena presume pluralidad mientras intenta contener sus diferencias. Y los ciudadanos seguimos escuchando promesas que cambian de voz, pero rara vez de contenido.

Ya no jueguen con nuestro corazoncito. Cumplan.

Porque al terminar el evento, los autobuses se van, las sillas se recogen y los políticos regresan a sus oficinas. Los ciudadanos, en cambio, seguimos aquí, esperando el transporte público, pagando nuestros pasajes y viviendo con las consecuencias de sus decisiones.

ADN David Gamboa
David Gamboa

Mercadólogo por la UVM. Profesional del Marketing Digital y apasionado de las letras. Galardonado con la prestigiosa Columna de Plata de la APCJ por Columna en 2023. Es Editor General de ADN A Diario Network.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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