Hay un albañil que llega temprano a una obra, un encuadernador que abre su taller y un profesionista que enciende su computadora para comenzar la jornada. Los tres trabajan. Los tres tienen conocimientos. Los tres pueden cobrar por lo que hacen. Pero no aprendieron de la misma manera, no producen de la misma forma y, sobre todo, no venden exactamente lo mismo. Durante mucho tiempo creímos saber cuánto valía cada uno. Al oficial se le pagaba por su oficio, por sus manos, por las horas frente a la obra y por la experiencia acumulada. Al profesionista se le pagaba por sus conocimientos, por su preparación y por la responsabilidad de tomar decisiones que otros no podían tomar. Entre ambos existía una frontera aparentemente clara: uno sabía hacer; el otro sabía analizar, proyectar y resolver.
Pero esa frontera comienza a desdibujarse, y no es solamente por la inteligencia artificial. La IA es apenas el capítulo más reciente de una historia mucho más larga: la historia de cómo la tecnología ha cambiado el valor del trabajo humano.
Antes de la universidad moderna, buena parte del conocimiento productivo vivía en los talleres. El aprendiz observaba al maestro, repetía una tarea, cometía errores y volvía a intentarlo. Con los años se convertía en oficial y eventualmente, podía llegar a maestro. El conocimiento no estaba necesariamente en un libro. Estaba en las manos, en los ojos, en la memoria y en la capacidad para resolver aquello que no estaba previsto. Un buen impresor sabía que el papel no siempre responde igual. Un encuadernador aprendía a conocer la tensión del hilo, la humedad de los materiales y el comportamiento de una cubierta. Un albañil sabía que una pared podía esconder problemas que ningún plano mostraba. El oficio era, y sigue siendo, una forma de inteligencia.
Después la sociedad comenzó a institucionalizar el conocimiento. La universidad tomó una parte de esa función y creó al profesionista moderno. El médico, el abogado, el ingeniero, el arquitecto, el contador y posteriormente muchas otras disciplinas comenzaron a acreditar sus conocimientos mediante una institución. El título se convirtió entonces en una especie de pasaporte laboral. Pero aquí cometimos una confusión que hoy comienza a cobrarnos factura: confundimos la certificación del conocimiento con el conocimiento mismo. Tener un título demuestra que una persona cursó determinados estudios. No demuestra que sea un buen profesionista. De la misma manera, no tener una licenciatura no significa carecer de conocimientos especializados. Un oficial puede acumular veinte años de experiencia que ningún aula puede sustituir, mientras un recién egresado puede poseer una preparación teórica que el trabajador del taller jamás necesitó. No son conocimientos inferiores o superiores. Son conocimientos distintos.
La Revolución Industrial volvió todavía más compleja esta relación. Las máquinas comenzaron a realizar tareas que antes dependían exclusivamente de las personas. El trabajador dejó de controlar necesariamente todo el proceso y comenzó a especializarse en una parte de él. Luego apareció la computadora. La computadora hizo algo que parecía inocente: comenzó a convertir determinadas habilidades en funciones de una herramienta. El diseñador dejó de dibujar algunas cosas a mano. El fotógrafo dejó parte del laboratorio químico para procesar imágenes digitalmente. El arquitecto trasladó buena parte del dibujo técnico a una pantalla. El contador sustituyó operaciones manuales por hojas de cálculo. Después llegó Internet y el conocimiento dejó de estar encerrado en bibliotecas, talleres y universidades. Una persona podía aprender fotografía viendo un tutorial. Podía aprender diseño sin entrar a una escuela. Podía aprender programación desde su casa. La distancia entre saber y hacer comenzó a reducirse.
Pero la inteligencia artificial introduce algo diferente. Una persona que no estudió diseño puede pedirle a una IA que genere una propuesta gráfica. Alguien que nunca estudió literatura puede solicitarle que redacte un texto. Una persona sin formación en programación puede pedirle que escriba código. Alguien sin conocimientos jurídicos puede preguntarle cómo interpretar un documento. El resultado puede ser bueno, malo o francamente desastroso. Ese no es todavía el punto, el punto es que una parte del conocimiento que antes exigía años de formación ahora puede consultarse en segundos; aquí comienza el problema que deberíamos discutir con seriedad, sin el entusiasmo ingenuo de quienes creen que la IA resolverá todo y sin el miedo apocalíptico de quienes anuncian el fin de las profesiones.
¿Qué sucede con el valor económico de un conocimiento cuando su acceso se vuelve barato?
Esa pregunta toca directamente al profesionista, pero también al oficial, porque mientras algunos trabajos intelectuales comienzan a abaratarse por la facilidad de producir determinados resultados, algunos oficios están recuperando un valor que durante décadas parecía perdido, un buen carpintero, un buen mecánico, un buen impresor o un buen encuadernador no solamente entrega un objeto, entrega experiencia, esa experiencia se construyó con años de errores, aciertos y contacto con una realidad que ninguna pantalla puede sustituir por completo.
El profesionista, por su parte, enfrenta otra realidad: cada año hay más personas con títulos universitarios y no necesariamente más trabajos capaces de pagar por ellos.
El título se multiplicó. El conocimiento también, pero el valor de mercado no necesariamente creció al mismo ritmo.Y aparece una paradoja que puede definir buena parte del futuro laboral: mientras una sociedad ha elevado durante décadas la universidad como el camino privilegiado hacia una mejor vida económica, hoy una persona puede adquirir mediante tecnología capacidades que antes parecían reservadas a quien tenía una licenciatura. Eso no significa que estudiar haya dejado de tener valor. Significa que el título ya no puede ser la única demostración de valor. El mundo laboral comienza a hacer una pregunta mucho más incómoda: ¿qué sabes hacer realmente? Y después viene una pregunta todavía más difícil: ¿qué puedes hacer que una máquina no haga por ti?
Ahí está el verdadero punto de quiebre.
Porque quizá el futuro no pertenezca al que tenga más años de escuela, ni al que tenga más años de experiencia, ni al que sepa utilizar mejor una inteligencia artificial; quizá pertenezca a quien sea capaz de combinar las tres cosas: conocimiento, experiencia y tecnología. Pero antes de hablar del futuro tendremos que mirar nuevamente al pasado y preguntarnos algo que hemos dado por hecho durante demasiado tiempo: ¿cuánto vale realmente un oficio y cuánto vale realmente un título? La respuesta, quizá, está comenzando a cambiar.

Elias Ascencio
Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.
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