El problema migratorio es un problema humanitario

Es Ciudad Juárez una urbe paradigmática en varios aspectos, representa pues, la pluralidad de la nación mexicana y sus contradicciones, la imagen de esta ciudad se forma de un mosaico que hace de esta frontera un lugar único. Quienes vivimos en ella sabemos que representa muchas más cosas positivas que negativas y será en otra ocasión, si el creador lo permite, que nos detendremos a analizarlas. En esta ocasión me llama la atención (y con enorme tristeza) un suceso terrible que enmarca a un fenómeno social internacional y que, para no variar, encuentra en nuestra ciudad un punto neurálgico, hablamos del fenómeno migratorio.

El pasado 22 de agosto se hizo de conocimiento público la tragedia de una pequeña de cinco años, de nombre Margaret Sofía García, de nacionalidad guatemalteca, quien arrebatada de los brazos de su madre por la corriente del río Bravo perdió la vida por obvias razones, en un malogrado intento por cruzar de manera indocumentada hacia los Estados Unidos. Un caso más que lamentar, por quién elevar una plegaria, pero que seguirá repitiéndose, si no aquí no faltará el lugar.

La migración transnacional implica hoy, cuando el “mundo occidental” cacarea la promoción de los Derechos Humanos, un desafío para la seguridad humana, mismo que no es del interés de la mayoría de los países económicamente desarrollados. Sin que vayan a existir en el mediano plazo las condiciones que en su momento permitieron a Ronald Reagan concretar la amnistía de 1986; es bien sabida la posición que tendrán los gobiernos gringos, sean demócratas o republicanos, de alguna forma abrirán o cerrarán la frontera según convenga a su economía (business are business) y sencillamente negarán en la gran mayoría de los casos un estatus justo a quienes cruzan sin documentos; no sabemos cuándo madure la organización política y social de la comunidad latina (si es que existe eso)  en los Estados Unidos de América y reivindique la enorme aportación histórica de los trabajadores indocumentados en ese país, sin duda llegará ese momento y no será un proceso terso.

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El caso es que los movimientos migratorios (incluida la migración interna) como el que concurre en nuestra ciudad, implican un gran riesgo para la integridad física de las personas que se ven en la necesidad de dejar su lugar de origen; desde las tragedias al tratar de superar las barreras físicas que dividen a los países, hasta el sufrimiento que implica un éxodo sin certidumbre legal que hace vulnerables a los migrantes tanto de las autoridades oficiales como las “no oficiales”. Sin duda, la existencia de un Estado de Derecho fuerte y eficaz en los países involucrados limitaría los abusos y delitos que se sufren, así como el desplazamiento forzado que se vive tanto en México como en Centroamérica por parte de grupos que han llenado el vacío que ha dejado el Estado o han capturado al Estado mismo o cuentan con su aval. Reformular el Estado de Derecho implica entonces una gran inversión en el Sistema de Seguridad y Justicia, la voluntad política de contener la impunidad y un amplio control ciudadano que limite la corrupción institucional. Nada fácil pero urgente.

Lo que les importa a nuestros vecinos del norte es su Seguridad Nacional y en este sentido su frontera es con Centroamérica; la propuesta del presidente López Obrador de un gran Plan Marshall para Centroamérica es plausible y justa, la realidad es que no fué ni será tomada con seriedad por los halcones de Washington de cualquier partido. Recordemos como en los primeros años de la guardia nacional fueron ocupados casi exclusivamente como policía migratoria. Hoy vemos migrantes de diferente nacionalidad trabajando en centros comerciales de nuestra ciudad, señal de que en lo general se les ha respetado y dado oportunidad de emplearse formalmente, puede decirse que de alguna forma se ha venido… ¿ordenando? el movimiento migratorio en el país en una cobertura mínima de derechos. El reto es hacer valer el Estado de Derecho.

El extranjero, el diferente; causa una natural reticencia, florece el discurso del odio, el racismo, etc. Sin duda es deber del Estado mantener el control de sus fronteras y ordenar el tránsito de las personas mediante la gobernanza multinivel; protegiendo nuestro territorio, población y cultura; pero sin olvidar que nada resultará sin la cooperación internacional para el desarrollo de los pueblos en miseria.

El “mundo cristiano” debería recordar la escritura: “Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto, y quédate ahí hasta que te lo diga. Herodes va a perseguir al niño para matarlo.” (Mt 2,13). El papa Francisco ha sido consistente en el tema: “Pensemos en Jesús en los brazos de José y María huyendo y veamos en Él a cada uno de los migrantes de hoy. Esta es una realidad de la migración de hoy ante la cual no podemos cerrar los ojos. Es un escándalo social de la Humanidad» (Cd. Del Vaticano, diciembre de 2021.). Jesús de Nazareth nace fuera de la ciudad de sus padres y padecen el drama del forastero “porque no había sitio para ellos en la posada” (Lucas 2,7).

La enseñanza escrita de la Sagrada Familia nos debe motivar a practicar la compasión con el extranjero, con el perseguido, desplazado o refugiado. “Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto” (Deuteronomio 10,19). Aunque voltear al otro lado sea lo más cómodo ante una realidad escandalosa.

En memoria de los pequeños que, obligados a salir de su tierra, han perecido en búsqueda de un mejor porvenir.

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Redacción ADN

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