El país que vive a crédito

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México está aprendiendo a sobrevivir… pero también a deber.

Primero fue la tarjeta “para salir del apuro”. Después el préstamo de nómina para completar la quincena. Más tarde el crédito personal para pagar otro crédito. Y cuando la realidad alcanzó al bolsillo, llegó la peor de las noticias: ya no se debía por consumir de más; ahora se debía simplemente para vivir.

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Las cifras del Banco de México son un grito de alerta que pocos parecen querer escuchar.

Durante 2026 la cartera vencida de los créditos al consumo alcanzó niveles históricos. Más de 62 mil millones de pesos corresponden a personas que simplemente dejaron de pagar. No porque sean irresponsables, como algunos pretenden hacer creer, sino porque miles de familias llegaron al límite de su capacidad económica.

El dato es brutal.

El crecimiento de la morosidad supera ampliamente el incremento del crédito. Es decir, no sólo hay más personas utilizando tarjetas o préstamos; hay más mexicanos que ya no pueden cumplir con ellos.

Y eso cambia completamente la conversación.

Durante años se nos vendió la idea de que el acceso al crédito era sinónimo de prosperidad. Que una economía donde todos podían financiar un automóvil, unas vacaciones, una pantalla de última generación o incluso el supermercado era una economía sana.

Pero el crédito nunca sustituye al ingreso.

Sólo compra tiempo.

Y cuando ese tiempo se acaba, llega la factura.

La inflación acumulada de los últimos años redujo considerablemente el poder adquisitivo de millones de familias. El salario alcanzó para menos, mientras los intereses bancarios siguieron creciendo. Entonces apareció una práctica cada vez más común: usar una tarjeta para pagar otra, solicitar un préstamo para liquidar uno anterior o refinanciar una deuda con otra más cara.

Es el círculo perfecto de la insolvencia.

No estamos hablando únicamente de números.

Estamos hablando de matrimonios que discuten por dinero todas las noches.

De jóvenes que comienzan su vida laboral ya endeudados.

De adultos mayores que utilizan parte de su pensión para cubrir intereses.

De padres de familia que dejaron de dormir tranquilos porque cada llamada telefónica podría ser un despacho de cobranza.

La deuda también enferma.

Produce ansiedad, depresión, problemas familiares y deteriora la salud mental.

Sin embargo, existe otro fenómeno aún más preocupante.

Mientras millones de ciudadanos hacen malabares para pagar el mínimo de su tarjeta, el discurso oficial insiste en que la economía mexicana atraviesa uno de sus mejores momentos.

Las dos realidades no pueden ser ciertas al mismo tiempo.

Porque una economía fuerte no debería producir hogares financieramente asfixiados.

Aquí también existe una enorme responsabilidad compartida.

Los bancos tienen el derecho de otorgar créditos, pero también la obligación ética de promover un endeudamiento responsable.

Las autoridades financieras deben fortalecer la educación económica desde las escuelas, porque seguimos formando profesionistas que dominan complejas ecuaciones, pero que nunca aprendieron a elaborar un presupuesto familiar, calcular el costo real de un interés compuesto o distinguir entre una necesidad y un impulso.

Y nosotros, como ciudadanos, también debemos hacer autocrítica.

Hemos normalizado comprar con dinero que todavía no existe.

Confundimos capacidad de compra con capacidad de pago.

Celebramos el “meses sin intereses” sin preguntarnos si realmente necesitamos aquello que estamos adquiriendo.

Vivimos rodeados de publicidad que nos invita a consumir inmediatamente y pensar después.

El resultado está frente a nosotros.

Un país donde el crédito dejó de ser una herramienta para crecer y comenzó a convertirse en un salvavidas para sobrevivir.

Nadie debería avergonzarse por atravesar dificultades económicas.

Pero sí deberíamos preocuparnos cuando endeudarse deja de ser una excepción y se convierte en el modelo de vida de toda una sociedad.

Porque una nación no se mide únicamente por el crecimiento de su Producto Interno Bruto.

También se mide por la tranquilidad con la que sus ciudadanos llegan al final de la quincena.

Y hoy, para millones de mexicanos, esa tranquilidad ya forma parte de las deudas que tampoco pueden pagar.

ADN Cesar Calandrellly
César Calandrelly

Comunicólogo / Analista Político

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