La política vive una transformación silenciosa. Hoy, para algunos representantes populares, la agenda pública parece medirse más por el alcance de un video que por el impacto de una iniciativa. La lógica de las redes sociales ha contaminado la comunicación política al grado de confundir la viralidad con el liderazgo.
La reciente polémica protagonizada por las diputadas locales de Morena en Puebla, Nayeli Salvatori y Grace Palomares, es un ejemplo de ello. En un episodio de su podcast Descasadas, realizaron comentarios sobre hombres adultos mayores relacionados con su apariencia, su olor y los cambios físicos propios de la edad. Lo que quizá pretendía ser humor terminó generando indignación nacional y abrió un debate sobre el edadismo, una forma de discriminación que con frecuencia pasa inadvertida.
El problema nunca fue un chiste.
El problema fue olvidar desde dónde se habla.
Cuando una figura pública ocupa un cargo de representación, cada palabra deja de pertenecer únicamente a la esfera personal. Su voz adquiere un peso institucional porque representa a miles de ciudadanos, incluidos aquellos que podrían sentirse aludidos o agraviados.
Las personas mayores ya enfrentan suficientes desafíos. Viven con pensiones limitadas, enfermedades crónicas, barreras para acceder a servicios de salud, soledad y, en muchos casos, abandono. A esa realidad no debería sumarse la normalización de estereotipos que convierten el envejecimiento en motivo de burla o descalificación.
Confundir notoriedad con reputación.
Cualquier estratega sabe que un contenido puede alcanzar millones de reproducciones y, al mismo tiempo, destruir parte del capital reputacional de quien lo protagoniza. Los “likes” generan visibilidad; la confianza se construye con congruencia. Y cuando ambas entran en conflicto, la primera desaparece en cuestión de horas, mientras la segunda tarda años en recuperarse.
En comunicación política existe un principio básico: el mensaje nunca es más importante que el emisor. Cuando quien habla representa una institución o un partido, el contenido deja de ser exclusivamente suyo y comienza a proyectar la cultura, los valores y la sensibilidad de la organización a la que pertenece.
Por eso la reacción social fue tan amplia. No se discutía únicamente un podcast. Se cuestionaba la distancia entre el discurso de un movimiento político que dice poner en el centro a los grupos históricamente vulnerables y un mensaje que muchos consideraron ofensivo hacia uno de esos sectores.
Las disculpas públicas siempre son necesarias cuando se reconoce un error. Pero una disculpa no sustituye la reflexión. La verdadera reparación consiste en comprender por qué ocurrió, asumir la responsabilidad y evitar que vuelva a repetirse.
También resulta significativo que Morena emitiera un posicionamiento para deslindarse de las expresiones de las legisladoras. El consejero estatal Agustín Guerrero Castillo calificó los comentarios como discriminatorios, afirmó que no representan los principios del partido y ofreció una disculpa institucional. Ese pronunciamiento deja claro que incluso al interior del movimiento hubo conciencia de que se había cruzado una línea.
La política necesita representantes capaces de conectar con la ciudadanía. Pero conectar no significa banalizar. Ser cercano no implica ser frívolo. La autenticidad nunca debe construirse a costa de la dignidad de otros.
Porque al final, un algoritmo solo premia la atención.
La sociedad, en cambio, sigue premiando algo mucho más difícil de conseguir: el respeto.

Nora Sevilla
Comunicadora y periodista experimentada, actualmente Jefa de Comunicación en Cd. Juárez del Instituto Estatal Electoral y Tesorera en la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez. Experta en marketing político y estrategias de relaciones públicas, con sólida carrera en medios de comunicación.
Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.


