Educar para mejorar

Inmensa alegría da cuando nace un niño y vemos con detenimiento sus rasgos para encontrar el parecido con su padre o con su madre. Cuando el niño nace sano se siente la tranquilidad familiar, pues con el tiempo tendrá que pasar por las enfermedades que son “naturales” en todos los niños. Los niños nacen sanos de cuerpo, mente y alma.

Nos damos cuenta de que es fácil ganarse su confianza si le sonreímos o si le regalamos una golosina. Con los años aprende lo que le enseñamos los adultos y sonreirá si es feliz, de lo contrario se sentirá solo, triste, abandonado y resentido. El niño se expresará de acuerdo con la enseñanza que obtuvo de sus padres, en la escuela y en el lugar donde habita.

Por eso debemos insistir en retomar todo aquello que a los adultos nos funcionó de niños. Recuerdo que, para aprobar al siguiente año escolar en la primaria, era elemental tener buenas calificaciones. El seis era una calificación aprobatoria pero vergonzosa porque era de panzazo. Apenas la libramos, pero pasamos. Los maestros impartían clase de todas las materias, eran verdaderos sabios.

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Así podemos ver que las generaciones que tuvimos que aprobar cada año, incluyendo la universidad, nos esforzamos para mejorar y aprender todo lo que era obligatorio para seguir adelante. Había materias que no nos gustaban, pero teníamos que aprobarla forzosamente y lo logramos “aunque fuera de panzazo”.

El turno escolar era prácticamente todo el día en la primaria; solo salíamos a la hora de comer para regresar y continuar en la tarde. Nos daba la noche haciendo la tarea obligada, cenábamos y a dormir. En la secundaria y preparatoria cambiaba el sistema. Nos trataban como jóvenes, ya no como niños y el turno era seguido matutino o vespertino según nos tocaba y había educación nocturna para los que no iban regulares, es decir, mayores de quince años a secundaria y preparatoria en horario nocturno.

Para ingresar a la universidad teníamos que aprobar el examen de admisión y los turnos eran matutino o vespertino según nos acomodaba. Nos entregaban la tira de materias con cinco como mínimo y los maestros estaban asignados en los semestres por materias. Los exámenes eran escritos u orales, según lo que el maestro eligiera. Al menos en la carrera de Licenciado en Derecho.

En la actualidad es fácil distinguir que la educación de antes era mejor que la de ahora. Lo podemos constatar en la forma que escribimos, como nos expresamos y los valores que nos inculcaron. Generalmente creyentes y educados para respetar a los adultos y a las mujeres. La educación en el hogar era de respeto mutuo y el papá imponía sus castigos a la desobediencia, después de la queja de la mamá.

Crecimos en el ambiente del bullyng desde pequeños que reforzó la autoestima porque también aprendimos a defendernos. Aprendimos a ganar con esfuerzo lo que deseábamos y aspiramos a una profesión para lograr un nivel de vida mejorado económicamente.

Sanamente como cuando nacimos, evolucionamos para mejorar a la sociedad con más oportunidades de crecimiento en todas las facetas de la vida. Tuvimos como amigos a pobres y ricos, sin distingos.

Antes no teníamos tantas normas como hoy y estábamos mejor en seguridad y en economía. Tampoco sentíamos temor en utilizar el transporte público solos, ni transitar a cualquier hora de día o de noche. La educación estaba dando sus frutos. Sabíamos distinguir entre el bien y el mal. Hoy no se sabe que es malo, ni que es bueno.

La educación en México estaba considerada en el mundo como de las mejores. En lugar de mejorar con los años, vinieron gobernantes a cambiar los sistemas educativos y para proteger a los “burros” obligaron a los maestros a aprobar parejo, sepa o no lo que se impartió. Así los aplicados se distinguen con sus altas calificaciones, bajo un nivel educativo carente de estímulos y valores.

Los padres modernos deben buscar alternativas particulares para que sus hijos mejoren en la educación y superación en cultura y artes. Los maestros son seleccionados para tolerar toda clase insultos, así como en la vestimenta y corte de pelo a elección del estudiante desde niño. Los maestros pueden ser demandados porque aplicaron un castigo considerado como degradante o discriminatorio, según el lugar y las costumbres.

Así seguiremos en retroceso. Es lamentable observar a altos funcionarios como diputados, senadores y hasta presidentes municipales de las grandes urbes que no saben leer, mucho menos escribir correctamente. Por eso tenemos las consecuencias de una mala educación y falta de estímulos en los estudiantes, que solo acuden a “estudiar” por costumbre y sin anhelos. La solución es retomar la educación con firmeza, voluntad y energía para que todo el que desea estudiar logre llegar a lo más alto con calificaciones ganadas a pulso.

Molinar Apodaca
Héctor Molinar Apodaca
Abogado | [email protected]

Abogado especialista en Gestión de Conflictos y Mediación.


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