Hay despedidas que obligan a mirar hacia atrás, pero también a preguntarnos qué estamos haciendo con aquello, que alguien dedicó su vida en construir.
La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, a los 92 años, cierra un capítulo importante de la historia política mexicana. Pero su legado no pertenece exclusivamente a la izquierda, a un partido ni a una generación. Pertenece también a quienes entienden que la democracia es mucho más que ganar elecciones: significa abrir espacios, aceptar la pluralidad y reconocer que ningún gobierno está por encima de la crítica.
En 1988, Cárdenas encabezó una movilización política que desafió la hegemonía de un sistema acostumbrado a gobernar con escasa competencia. Aquella elección, marcada por la controversia y la desconfianza en los resultados oficiales, se convirtió en un parteaguas de la vida pública nacional.
No fue el final inmediato de aquel sistema, pero sí un momento decisivo para una ciudadanía que exigía alternativas y para una oposición que buscaba demostrar que México podía transitar hacia una competencia política más abierta.
De esa lucha surgió, en 1989, el Partido de la Revolución Democrática, una organización que reunió distintas expresiones de la izquierda y que contribuyó a modificar el mapa político del país. Años después, en 1997, Cárdenas se convirtió en el primer jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal elegido mediante el voto popular. La alternancia dejaba de ser una promesa abstracta y comenzaba a materializarse en las urnas.
Sin embargo, reducir su trayectoria a esos hitos sería insuficiente.
Hay una parte de su legado que merece especial atención en estos tiempos: su disposición a disentir, incluso cuando la crítica provenía de alguien que alguna vez compartió su causa.
Cuauhtémoc Cárdenas mantuvo diferencias públicas con Andrés Manuel López Obrador, antiguo compañero de militancia y figura central del movimiento político que llegó al poder en 2018. En 2022, cuestionó la propuesta de reforma electoral del entonces presidente al advertir sobre los riesgos para la autonomía de la autoridad electoral. En 2023, después de que López Obrador lo señalara como adversario político por su participación inicial en una iniciativa crítica del gobierno, Cárdenas sostuvo que no se consideraba enemigo del presidente y reafirmó que seguiría promoviendo un cambio democrático profundo.
No hace falta coincidir con todas sus posiciones para reconocer la relevancia de ese gesto.
En una democracia, la lealtad a una causa no puede significar obediencia permanente a una persona. Compartir una historia política no obliga a guardar silencio frente a decisiones que se consideran equivocadas. Y pertenecer a una corriente ideológica no cancela el derecho a pensar por cuenta propia.
Esa es una de las lecciones más valiosas que deja su trayectoria.
La democracia no se construye sustituyendo un poder incuestionable por otro. Se construye cuando existen instituciones capaces de poner límites, ciudadanos que pueden elegir entre distintas opciones y dirigentes que comprenden que el desacuerdo no convierte automáticamente al otro en enemigo.
Cárdenas tampoco fue el único protagonista de la transición mexicana. La apertura democrática fue resultado de décadas de luchas sociales, movimientos ciudadanos, periodistas, organizaciones civiles y actores políticos de distintas corrientes. Reconocer su contribución no significa borrar a los demás, sino entender que la historia democrática se construye colectivamente.
Pero su figura permanece como referencia porque ayudó a demostrar que la alternancia era posible y que la oposición podía convertirse en una alternativa real de gobierno.
Hoy, cuando la política suele confundirse con la defensa incondicional de los propios y la descalificación de los contrarios, vale la pena recuperar esa distinción.
La democracia no le pertenece a quien gobierna, sino a la sociedad que tiene derecho a elegir, cuestionar y cambiar a sus gobernantes.
Cuauhtémoc Cárdenas se va, pero deja una pregunta que trasciende su militancia y su tiempo: ¿estamos construyendo una democracia en la que se pueda disentir sin ser señalado como enemigo?
La respuesta no está en los homenajes, los discursos ni las fotografías de despedida. Está en la manera en que ejercemos el poder, respetamos las instituciones y defendemos el derecho de los demás a pensar distinto.
Porque el mejor homenaje a quienes abrieron camino a la alternancia no consiste en convertirlos en estatuas intocables.
Consiste en cuidar aquello por lo que lucharon.
Y recordar que la democracia no termina cuando alguien llega al poder: ahí comienza la obligación de defenderla.

César Calandrelly
Comunicólogo / Analista Político
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