La política debería ser el espacio donde las diferencias se confrontan con ideas, argumentos y propuestas. La democracia, por definición, admite la discrepancia. Lo que no debería admitir es que la confrontación sustituya al diálogo y que la descalificación personal termine ocupando el lugar de la razón.
Hoy Morena enfrenta un problema que merece reflexión: una parte importante de sus confrontaciones ya no proviene solamente de los partidos de oposición, sino de sus propias filas.
Las diferencias internas son naturales en cualquier organización política, particularmente en una que reúne distintas corrientes, generaciones, grupos y aspiraciones. Pretender uniformidad sería contrario a la democracia. El problema comienza cuando esas diferencias dejan de discutirse políticamente y se trasladan al terreno de las redes sociales mediante acusaciones sin sustento, rumores, ofensas, insultos, descalificaciones y campañas dirigidas contra quienes, paradójicamente, forman parte del mismo movimiento.
Cuando esto sucede, todos pierden.
Pierde quien es injustamente señalado, pero también quien utiliza la calumnia como instrumento político. Pierde el partido porque proyecta división y pierde, sobre todo, la sociedad, porque observa cómo la política se degrada hasta convertirse en una disputa personal.
Las redes sociales han democratizado la comunicación y permiten que cualquier ciudadano pueda expresar libremente sus opiniones. Eso representa un enorme avance. Pero la libertad de expresión no significa libertad para destruir reputaciones ni convierte automáticamente una falsedad en verdad por el hecho de repetirse cientos o miles de veces.
Compartir una fotografía fuera de contexto, reproducir una acusación sin verificarla, fabricar una versión para perjudicar a alguien o convertir la vida privada de las personas en instrumento de lucha política no fortalece ninguna causa.
Por el contrario, la debilita.
Morena nació postulando principios que precisamente deberían distinguirlo de muchas de las prácticas que durante años cuestionó. Sus propios documentos básicos hablan de transformación democrática y pacífica, combate a la injusticia, la intolerancia y la exclusión, así como del ejercicio auténtico de la democracia.
Por ello, quienes forman parte de un movimiento político no solamente tienen derechos: también tienen responsabilidades frente a sus propios principios y normas internas.
Y existe además un límite superior: la dignidad de la persona.
Los derechos humanos no desaparecen durante una contienda interna ni durante un proceso electoral. El derecho al honor, a la dignidad, a la igualdad y al debido respeto debe prevalecer independientemente de simpatías, grupos o aspiraciones políticas.
Nadie debería necesitar destruir a otro para demostrar que merece una candidatura.
Resulta particularmente preocupante que algunos simpatizantes terminen enfrentándose entre ellos como si el adversario principal estuviera dentro de su propio movimiento. Esa conducta beneficia precisamente a quienes desean ver debilitada y fragmentada a la organización.
La crítica debe existir. También la denuncia cuando existen hechos y pruebas. Nadie debe pedir silencio frente a irregularidades. Pero existe una enorme diferencia entre denunciar responsablemente y calumniar; entre cuestionar y ofender; entre debatir y destruir.
México necesita elevar nuevamente el nivel de su política.
Los partidos políticos —todos— tienen una responsabilidad que trasciende las elecciones. Son instrumentos de participación ciudadana y espacios donde debería construirse cultura democrática.
Morena no puede ser la excepción.
Si quienes pertenecen a un mismo proyecto político permiten que las ambiciones personales, los intereses de grupo y las campañas de desprestigio sean más importantes que los principios que dicen defender, terminarán ocasionándose un daño que ninguna oposición podría producir por sí sola.
La unidad no significa sometimiento ni silencio.
Significa aprender a disentir sin destruirnos.
Porque cuando la política abandona las ideas para convertirse en insulto, rumor y calumnia, deja de ser instrumento de transformación y se convierte simplemente en lucha por el poder.
Y México necesita mucho más que eso.

Héctor Molinar Apodaca
Facilitador Privado #24
Abogado especialista en Gestión de Conflictos y Mediación.
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