Bill Maher no es conservador, religioso ni trumpista. Es uno de los liberales más conocidos de Estados Unidos, crítico habitual de la derecha y elector cercano al Partido Demócrata. Sé de él desde hace años, aunque nunca me había interesado demasiado comentar sus opiniones. Ahora sí. No porque se haya convertido al conservadurismo ni porque haya experimentado una revelación como la de Saulo, “camino a Damasco”, sino porque finalmente parece comprender que una parte de la casa política que ha habitado fue construida sobre un banco de arena. Nada resulta tan efectivo como la crítica de quien conoce desde dentro aquello que denuncia.
Se puede estar en desacuerdo con Donald Trump y también con Maher, pero cuando un liberal reconocido advierte que su propio partido está siendo colonizado por comunistas, conviene prestar atención antes de que llegue algún progresista a explicarnos que todo es producto de nuestra imaginación.
Maher parte de una afirmación sencilla: Trump ha dicho una cantidad industrial de mentiras, pero llamar comunistas a algunos integrantes de los Socialistas Democráticos de América no sería una de ellas. Para demostrarlo no utiliza documentos secretos ni teorías conspirativas; cita lo dicho por ellos mismos. Hablan de confiscar propiedades, apoderarse de los medios de producción, abolir fronteras, policías y prisiones, sustituir el equilibrio entre los poderes y construir una sociedad sin clases: comunismo. No se trata de que sus adversarios les hayan colocado una etiqueta; ellos mismos la imprimieron, se la pegaron en la frente y luego salieron a pedir el voto.
Ahora: ¿qué es exactamente la “ultra”, tanto de derecha como de izquierda? Yo repruebo ambas. La derecha y la izquierda han fallado y las dos pueden volverse autoritarias. Una postura no es extremista sólo por ser firme. Se vuelve extrema cuando pretende eliminar los contrapesos institucionales, concentrar el poder, confiscar arbitrariamente, censurar al adversario, justificar la violencia o convertir una ideología en verdad obligatoria. Eso puede aparecer con una bandera roja o envuelto en patriotismo fanático. Cambia el uniforme; la tentación de dominar permanece.
Tampoco todo lo llamado progresista es necesariamente comunista. Afirmarlo sería impreciso. Sin embargo, el progresismo se ha convertido en un traje elegante que permite a determinadas ideas marxistas entrar en sociedad sin presentarse por su verdadero nombre. Es como decir: “Me pongo el traje comunista porque está de moda, pero no significa que me guste completo”. El problema comienza cuando, además del traje, se adoptan el lenguaje, la división entre opresores y oprimidos, la cancelación del disidente, la subordinación del individuo al colectivo y la idea de que el Estado debe decidir qué puede decirse, enseñarse, poseerse o pensarse.
Esto importa en México porque nuestros partidos, universidades, organizaciones y gobiernos llevan décadas copiando las modas políticas estadounidenses. Importaron la inclusión ideologizada, la interseccionalidad, la cultura de la cancelación y la ideología de género.
No toda inclusión es mala, naturalmente; se vuelve peligrosa cuando sirve para imponer dogmas, repartir privilegios de grupo y expulsar del debate a quien pregunta demasiado. Si allá algunos demócratas comienzan a hablar abiertamente de abolir instituciones y confiscar propiedades, sería ingenuo suponer que aquí nadie intentará adaptar el modelo. Para copiar disparates siempre hemos tenido presupuesto.
En este momento, además, México discute los Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias. No es propiamente una nueva ley en cabildeo, sino una regulación derivada de la Ley en Materia de Telecomunicaciones y Radiodifusión de 2025. La Comisión Reguladora de Telecomunicaciones la mantiene en consulta pública del 27 de julio al 21 de agosto. El proyecto asegura que no permitirá censura previa ni restringirá la libertad editorial; sin embargo, también faculta a la Comisión para supervisar, monitorear, requerir información y sancionar a concesionarios y programadores con multas que podrían alcanzar uno por ciento de sus ingresos acumulables. El papel dice libertad; el aparato incluye vigilancia y castigo.
El problema no consiste en proteger a las audiencias. Eso es legítimo. El peligro surge cuando un órgano dependiente del poder político termina determinando qué información cumple, qué opinión confunde y qué contenido merece una sanción. Sin un regulador verdaderamente autónomo, la defensa de las audiencias puede convertirse en el eufemismo perfecto para domesticar medios. El gobierno asegura que no habrá censura, como todos los gobiernos aseguran que jamás abusarán de las facultades que ellos mismos solicitan. La pregunta no es si las actuales autoridades prometen portarse bien, sino qué puede hacer mañana un gobernante menos escrupuloso con esa herramienta. Y mire que la competencia por demostrar quién tiene menos escrúpulos siempre está muy concurrida.
Maher dice que su voto está en juego. No porque se haya vuelto republicano, sino porque entiende que votar deja de ser una adhesión sentimental cuando están amenazadas las instituciones que hacen posible la libertad. No es el único instrumento: también están la prensa independiente, los tribunales, el Congreso y la participación ciudadana. Pero su advertencia debe escucharse: cuando un liberal afirma que los comunistas avanzan dentro de su propia casa, no estamos ante propaganda conservadora. Estamos ante un testigo que comenzó a oler el humo. México debería mirar hacia el norte, no para copiar el incendio, sino para evitar que quienes siempre imitan al Partido Demócrata también quieran importarnos las llamas.
Fuentes:
Consulta pública y proyecto de lineamientos de la CRT

Daniel Valles
Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.
Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.
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