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    enero 10, 2026 | 8:39

    Crónica de un año etiquetado

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    Vivimos en una época obsesionada con nombrar el tiempo. Cada año parece necesitar ser encapsulado en una serie interminable de menciones: la palabra del año, el color del año, la persona del año, la canción del año, la foto del año, la película del año, el destino turístico del año. La intención aparente es ordenar la experiencia colectiva, pero el resultado suele ser el contrario: una saturación de estímulos que convierte el espacio público en un escaparate permanente de relevancias forzadas. Todo quiere ser “lo” del año y en ese afán se produce una forma silenciosa pero constante de contaminación visual y simbólica.

    Estas menciones surgen como intentos de síntesis. En un mundo complejo, fragmentado y acelerado, necesitamos atajos que nos ayuden a comprender qué ocurrió, qué importó y qué debería recordarse. Nombrar es una forma de controlar el caos. Una palabra pretende resumir el clima social; una imagen, un acontecimiento; una canción, una emoción compartida. El problema aparece cuando esta lógica de orden se multiplica sin freno. Ya no hay una narrativa dominante, sino una superposición de narrativas que compiten por atención, todas presentadas con el mismo nivel de urgencia e importancia.

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    Cada una de estas menciones tiene alcances distintos. Algunas operan a escala global y atraviesan fronteras culturales, como la palabra o el color del año. Otras se mueven en circuitos más específicos, como el libro, la película o el gol del año. Unas tienen una vida breve pero intensa, impulsadas por algoritmos y tendencias; otras permanecen más tiempo como referencias culturales o históricas. Sin embargo, en el ecosistema mediático actual estas diferencias se diluyen. Todo se comunica con el mismo formato visual, el mismo tono enfático y la misma promesa de relevancia, lo que aplana la percepción y dificulta distinguir lo esencial de lo accesorio.

    La manera en que se eligen estas menciones refuerza este fenómeno. No se trata únicamente de criterios de calidad o de valor cultural, sino de una combinación de métricas, consensos institucionales, intereses económicos y oportunidad mediática. Los algoritmos premian la repetición; las instituciones buscan legitimidad; las industrias necesitan renovar el deseo. El resultado es una maquinaria que produce reconocimientos de forma periódica, casi automática, donde la visibilidad importa tanto o más que el contenido.

    Su influencia es profunda porque no actúan de forma directa, sino por acumulación. No obligan, sugieren. No imponen, orientan. Indican qué mirar, qué escuchar, qué leer, qué admirar. En una cultura saturada de imágenes y mensajes, influir ya no significa argumentar, sino captar la atención durante unos segundos más que el resto. La contaminación visual surge cuando ese bombardeo constante termina por desgastar la capacidad de asombro y de reflexión.

    Estas menciones también cumplen una función prospectiva. No predicen el futuro, pero lo preparan. Al declarar algo como “del año”, se le otorga un carácter ejemplar, se convierte en modelo y referencia. Se normalizan estilos, discursos y valores que luego se replican. El futuro no aparece como ruptura, sino como continuación de lo ya validado. Es una prospectiva conservadora, que reduce la incertidumbre al costo de limitar la diversidad.

    En términos sociales, el efecto acumulado es una ciudadanía más habituada a consumir resúmenes que a comprender procesos. La lógica del ranking sustituye a la del análisis; la lista reemplaza a la discusión. La contaminación visual no solo afecta al entorno físico o digital, sino a la forma en que pensamos y jerarquizamos la realidad. Cuando todo se presenta como importante, perdemos las herramientas para decidir qué lo es realmente.

    El alcance de estas menciones depende de varias variables: la intensidad de su difusión mediática, su carga emocional, el respaldo institucional o algorítmico que reciben, la facilidad con la que pueden ser consumidas visualmente y el tiempo que logran permanecer en la conversación pública. Cuantas más de estas variables coinciden, mayor es el impacto, aunque casi siempre más breve.

    Tal vez el verdadero problema no sea que existan estas menciones, sino que hayamos renunciado a la pausa crítica. En un mundo donde todo quiere ser “lo” del año, el acto más urgente no es nombrar más, sino aprender a mirar menos, jerarquizar mejor y recuperar el sentido. Porque cuando la relevancia se multiplica sin medida, el ruido termina por eclipsar aquello que realmente merecía ser visto.

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    Elias Ascencio

    Diseñador gráfico, fotógrafo y docente con más de 30 años de trayectoria artística y educativa. Maestro en Administración Pública y doctorante en Semiótica, ha trabajado en Metro CDMX y marcas nacionales. Líder filantrópico y promotor cultural en México.

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