«Bendito el hombre que deja estas piedras y maldito el que mueva mis huesos», fue el epitafio que dejó Shakespeare para su tumba. En la teoría, Shakespeare y Cervantes murieron el 23 de abril de 1616. Sin embargo, en la práctica fallecieron con diez días de diferencia por el desfase entre los calendarios que seguían ambos países. Mientras el «Bardo de Avon» fue enterrado con ciertos honores y tumba propia, «El Manco de Lepanto» recibió sepultura pobre y olvidado en una tumba común. Según se cree, descansa en el Convento de las Trinitarias de Madrid. Fue su deseo expreso, debido a que esta Orden logró su liberación y la de su hermano, durante el presidio en Argel.

Casi cuatro siglos después de su muerte, un grupo de investigadores españoles ha comenzado la búsqueda de los restos. Gracias a unos modernos sistemas de georradar e infrarrojos, se pretende realizar un mapa tridimensional del subsuelo del Convento. El linaje del escritor se extinguió, por lo cual es imposible realizar análisis genéticos que identificarían rápidamente los restos. Aún así, hay determinadas pistas que podrían resultar claves. Cervantes murió cercano a los setenta años, con dos balazos en el torso y el brazo izquierdo atrofiado. A pesar de todo, los investigadores aseguran que no hay una certeza de que vayan a tener éxito. Y en caso de que lo tengan, los restos volverán a ser enterrados en el mismo lugar donde estaban. La operación tendrá un coste total de 100.000 euros. Es decir, 1.810.079 de pesos mexicanos. Y todo a cargo del erario público.

Los huesos de Cervantes se han convertido paradójicamente en una historia quijotesca. Por un lado, está el grupo historiadores que han necesitado varios años de lucha contra la Administración para lograr los fondos. Y por el otro, la propia Administración que dispone el dinero cuando resulta menos conveniente. En concreto, durante una recesión económica que se acerca a cumplir una década y que ha dejado un paro juvenil del 50% y una cuarta parte del país en el umbral de la pobreza.

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Además hay que sumar la otra crisis perpetua de España: su desafección cultural. Porque todo español que se precie tiene en algún lugar de su casa Don Quijote y la Biblia pero seguramente no habrá leído una sola línea de ambos. Y quién lo haya hecho será para constatar que no hay Dios que los pueda leer, valga la redundancia. Pero a los jóvenes españoles tampoco les importa Don Quijote. Son pocos quiénes han ido más allá de los primeros capítulos que la ley educativa española dictamina. En una era del mensaje instantáneo y carente de contenido, los clásicos se tornan en universos que pocos se atrevan a sondear. Es decir, que la obra más grande escrita en castellano vive una celebración institucional constante mientras que a pie de calle es uno de los libros eternamente olvidados. Lejos quedan aquellas gloriosas épocas para la literatura donde la palabra encendía rebeliones, cicatrizaba profundas heridas sociales y la muerte de un gran autor congregaba en su entierro más ciudadanos que los cadáveres de reyes y emperadores.

Por eso cabe preguntarse si Don Quijote aprobaría esta búsqueda material de su autor en los tiempos que corren. El «desfacedor de entuertos» es la representación burlona del idealismo llevado al límite. Un personaje que distorsiona la realidad en su búsqueda de hacer el bien y la justicia. ¿De qué manera se comportaría Alonso de Quejada si cobrase vida en la España actual? ¿Aceptaría que se gastasen tales sumas en algo que puede seguir esperando siglos mientras se están negando servicios públicos elementales a la ciudadanía? ¿Consentiría la hipocresía de una institución que rescata huesos célebres perdidos mientras desprecia la cultura y precariza la educación con cada tijeretazo presupuestario? ¿Atacaría a lanzazo limpio la barrera policial que desahucia a las familias de sus casas? ¿Castigaría al hombre de a pie por su ignorancia voluntaria? Quizás los Don Quijote y Sancho del siglo XXI serían dos jóvenes «indignados» que boicotearían ingeniosamente al Ayuntamiento. Cansados de tanta corrupción, ausencia de oportunidades, contaminación atmosférica y alimentos transgénicos podrían convertirse en hippies y construir su comuna autogestionada de Barataria. Desafiarían al Estado en soledad y con una gran dosis de inconsciencia pero un férreo sentido común de trasfondo. Es decir, exactamente lo mismo que hacía el hidalgo durante el siglo XVI.

Y es que los siglos han pasado pero la necedad humana y la clase de sociedad que satirizó el genio alcalaíno sigue intacta. Por eso su obra es eterna. La desbordante sabiduría e infinita riqueza de estilos y contenidos del Quijote es lo único que debería rescatarse. Lo demás, es polvo. Como los huesos. Si Cervantes levantase ahora la cabeza, quizás elegiría un epitafio a la altura de su elegante sarcasmo. Y no me extrañaría que fuese una maldición a quién mueva sus huesos en plena recesión económica.

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Carlos Redondo

Diplomado en cine e imagen en Madrid, desde siempre compaginó la escritura con la fotografía. Ha rodado varios cortometrajes de bajo presupuesto y participado en diversas exposiciones colectivas e individuales. También colabora con varios medios locales periodísticos y radiofónicos, tanto españoles como estadounidenses. Habitualmente publica algunos de sus trabajos en el blog www.desfabricadoenchina.blogspot.com.