Ciudadanía enardecida

Apareció durante el 2012, como una masa amorfa, difícil de ubicar y cuantificar, pero que era fácil ver cómo crecía.

Un día sí y al otro también se hacía presente en las redes sociales, viajando a toda velocidad de kilobits por teléfonos móviles y computadoras, aparecía en los lugares más inesperados y en las situaciones más impensables las cuales iban desde el chiste, al meme hasta alcanzar un nivel de virulencia poco antes visto al menos en el espacio cibernético.

La masa siguió aumentando. Primero, traspasó los foros y páginas de Facebook para materializarse en las charlas de café, medios de comunicación, titulares, actos públicos y eventos masivos de todo color, lo cual le llevó a hacer una entrada triunfal al apoderarse de las urnas en una votación calificada como histórica, pero que a pesar de su contundencia, no fue suficiente para contenerla.

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La polarización, los insultos, el maximizar las diferencias de unos y otros, la radicalización del discurso y la brecha entre un grupo y otro crece, nublando la capacidad de análisis y mostrando un alto grado de inconformidad. La actitud de contra todo y contra todos es al día de hoy la prevalencia dentro de las interacciones no solo políticas, sino sociales de nuestro país.

Lo que en un principio era decepción y frustración llevado al límite del surrealismo hilarante del chiste, pronto dio paso a la cólera, la intolerancia y el desacato. Vemos un aumento en las expresiones de inconformidad en contra prácticamente todas las instancias de gobierno e instituciones, públicas y privadas.

Creo firmemente que existe una ciudadanía enardecida, una ciudadanía que ya no encuentra alivio ni en el chiste, ni en el meme, para la cual es cada vez más difícil canalizar su inconformidad, que ya no distingue ni origen ni causa del devenir de las cosas y que en términos lisos busca ya no quién se la hizo, sino quién se la paga.

Esa misma ciudadanía reprueba a los tres órdenes de gobierno, sin diferencias de procedencia partidista, se muestra inconforme de manera permanente con todo quehacer público y lleva su descontento a sus ámbitos laborales y sociales. El mal humor se palpa en el ambiente. La pandemia, el escandaloso aumento en la comisión de los delitos aunados a la crisis económica fueron el combustible perfecto para el malestar ya existente.

La incredulidad y falta de disciplina mostrada durante el periodo más crítico de la cuarentena es un atisbo de este malestar al que se suman las protestas de productores agrícolas por la guerra del agua, el movimiento contra la segunda ruta troncal o la búsqueda de la renovación de mandato del presidente municipal en Ciudad Juárez.

Para muchos este par de ejemplos, puede encuadrarse dentro de la dinámica propia del quehacer público, dirán que cosas de estas siempre han estado y que forman parte del panorama social. Otros consideran que lo que hasta ahora ha sido una especie de enojo contenido con ciertas válvulas de escape, cada día está más en ebullición lo que pone en riesgo nuestro ya frágil equilibrio social.

La ciudadanía está enardecida, ha pasado del desencanto, frustración y hartazgo al rojo vivo del malestar. Esta turbulencia en el ánimo deriva de la agudización de los males crónicos de México, males que no solo NO desaparecieron con la llegada de un nuevo partido político al poder, bajo el nombre de “la cuarta transformación”, que prometió el despertar de un nuevo México, solo al conjuro de su llegada.

El estancamiento económico ahora derivado en franca caída económica, la politización de los poderes legislativo y judicial, el aumento en la criminalidad, el resquebrajamiento de las instituciones y la corrupción son el fiel reflejo del fracaso de un nuevo intento por cambiar algo en este país. Lo que genera que los gobiernos pierdan legitimidad ante sus ciudadanos, quienes cada vez se sienten más insatisfechos con la democracia.

Y esto entraña un verdadero peligro. Hemos visto a lo largo de la historia que situaciones desesperadas solo llevan a decisiones más desesperadas. Si bien, la elección de Morena significó un triunfo para la democracia no bastó para garantizar crecimiento económico, políticas de redistribución, justicia y, sobre todo; romper los nexos entre la clase política y los intereses privados. Ya que, como muchos señalan, lejos de haber una disminución en los actos de corrupción en México, estos se incrementaron.

Una de las combinaciones más dañinas son el hartazgo, la apatía y la desesperanza. Cuando estas entran en acción, los ciudadanos dejan de cumplir con sus responsabilidades y perciben a las instituciones como enemigas. En esa creencia de que nada funciona, que todo está en contra de ellos se abre un amplio espacio para los regímenes demagógicos/populistas o “atípicos”, por decir lo menos pues el voto deja de utilizarse como un elemento de búsqueda de consenso a ser usado como un mecanismo de castigo contra el “establishment”, el Estado y las instituciones.

Lo hemos visto en los últimos años en todo América Latina y un par de décadas atrás en el caso más extremo y doloroso en Venezuela. Cuando la desconfianza y escepticismo del pueblo venezolano decide botar a toda la clase política e implantar a un militar golpista que prometió barrer con el sistema político/económico imperante en su país, sin éxito alguno, pero que sí arrojó a Venezuela a una de las crisis humanitarias más sentidas en el continente.

Salvando las distancias, recuerdo cuando a un investigador que publicó un libro sobre el fenómeno del resurgimiento de los gobiernos islamistas en medio oriente donde él atribuía estas reacciones al grado de desesperación de estos pueblos que habían creído en todas las fórmulas políticas habidas: democracia, socialismo, modelo neoliberal, nacionalista, etc. Y donde ninguna de ellas había cumplido ni con un poco de lo que habían prometido en cuanto a reducción de la pobreza, de los grandes desequilibrios sociales y pagar la deuda eterna de justicia. Así que mediante un giro tan drástico de gobierno destruían todo aquel el sistema que para ellos, tanto daño había causado.

Lo peligroso de este tipo de acciones es que en ese enojo, no solo se ataca a las áreas dañadas y corruptas de un Estado, también se destruye mucho de los cimientos que sustentan la convivencia y el desarrollo armónico de los habitantes, como es el andamiaje jurídico y los derechos civiles que luego tardan mucho en reconstruirse.

Para los malos gobiernos, la auténtica solución radica en la ciudadanía. En un efectivo ejercicio de una ciudadanía responsable en la que cada uno ejerce sus derechos y deberes, con estricto apego de las leyes y velando por el bien común.

La verdadera transformación de México solo pueden hacerla sus ciudadanos, anteponiendo el nosotros por encima del yo individual y mostrando una conducta ejemplar. Dejando atrás la indiferencia política, el conformismo, la intolerancia y el desplazamiento de la responsabilidad.

Dejando de esperar que los problemas los solucione otro, entendiendo que solo nosotros podemos transformar nuestros entornos. Si hablamos de transformar, empecemos por transformarnos nosotros en verdaderos agentes de cambio, urgen ciudadanos educados, que entiendan hacia dónde se mueve el mundo y que sean capaces de llevar a este futuro lo más valioso del pasado.

La gente está enojada, decepcionada, pero mientras no convierta esas emociones en un compromiso personal, las cosas solo empeorarán. Los malos gobiernos se alimentan de la ignorancia, la apatía, la pobreza y la creencia de que es imposible cambiar el statu quo. La única manera de destruirlos es mediante la educación, la acción solidaria, el trabajo, la disciplina y el respeto a las leyes y a los derechos de los demás. El mejor antídoto para un mal gobierno, es un ejército de ciudadanos.

Claudia Vazquez Fuentes
Claudia Vázquez Fuentes

Analista Geopolítica.

Maestra en Estudios Internacionales por la Universidad Autónoma de Barcelona.


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