Casas del Bienestar

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Las Casas del Bienestar nacieron como promesa política: techo digno para miles de familias, acceso a vivienda social, expansión del derecho a habitar. En el discurso, suenan impecables. En el papel, parecen justicia social. Pero cuando el plano de urbanización llega al mapa hidráulico de Ciudad Juárez, la pregunta deja de ser cuántas casas habrá y se vuelve mucho más elemental: ¿con qué agua se van a llenar esas tuberías?

Y ahí comienza el verdadero problema.

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Porque una casa no empieza en los muros. Empieza en la infraestructura que la hace habitable.

Hoy sabemos dos cosas que no encajan entre sí.
Primero: el gobierno federal, junto con autoridades municipales, empuja la construcción acelerada de miles de viviendas del programa Vivienda para el Bienestar.
Segundo: los organismos responsables del agua admiten que todavía no existe certeza presupuestal, concesional ni técnica para abastecerlas.

Es decir: las casas avanzan, pero el agua sigue esperando permiso.

La J+ (Junta de Agua y Saneamiento), ha sido clara —aunque fragmentariamente clara— en reconocer que no tiene todavía información completa sobre el proyecto. No sabe cuánto aportará la Federación, no tiene montos definidos propios, y depende de lo que Conagua, Infonavit y Conavi determinen.

Sin embargo, la construcción avanza. Eso ya sería preocupante por sí mismo.

Pero el cuadro se vuelve más delicado cuando aparece la cifra mayor: dos mil millones de pesos.

Ese es el costo estimado sólo para Ciudad Juárez en infraestructura hidráulica necesaria para abastecer estos nuevos desarrollos. Dos mil millones que hoy no están liberados. Dos mil millones que nadie ha comprometido plenamente. Dos mil millones que separan el anuncio político de la viabilidad real.

Y mientras tanto, las obras ya comenzaron. Eso equivale a inaugurar un aeropuerto antes de saber si habrá pista.

La pregunta inevitable es: ¿por qué insistir en construir en zonas donde llevar agua es más costoso, más complejo y más tardado?

La respuesta técnica la Junta ya la conoce. Sabe perfectamente dónde están las áreas problemáticas: dónde faltan pozos, dónde no existe infraestructura de cabeza, dónde se requieren tanques, dónde bombear cuesta más.

No estamos frente a una improvisación ignorante. Estamos frente a una decisión consciente. Y eso cambia el tono del debate.

Porque si se sabe de antemano que ciertas zonas representan mayores dificultades logísticas y presupuestales, pero aun así se eligen para construir, entonces el criterio dominante ya no es técnico: es político.

Primero se fija la meta de vivienda.
Después se busca cómo hacer que la realidad encaje.

Ese es el sello de muchas políticas públicas en México: el anuncio precede al cálculo. Pero el agua no obedece campañas. No responde a eslóganes.
No aparece porque una lona gubernamental diga “Bienestar”.

La llamada infraestructura de cabeza no es un detalle secundario: implica pozos, líneas troncales, estaciones de bombeo, tanques de almacenamiento, drenaje mayor y tratamiento residual.

No se trata sólo de poner tubos: se trata de sostener ciudades.

Y aquí emerge la gran pregunta, la que incomoda porque no cabe en discursos inaugurales: ¿Para mantener el Estado de Bienestar, se seguirá construyendo bajo este criterio, aunque el presupuesto diga otra cosa?

Si la respuesta es sí, estamos entrando en un modelo peligroso: programas sociales financiados sobre déficits estructurales. Eso significa pan para hoy, colapso para mañana.

Una vivienda sin agua suficiente no representa bienestar: representa precariedad con fachada nueva. Y Juárez conoce bien ese riesgo.

La ciudad ha crecido demasiadas veces bajo expansión urbana sin sincronía:
colonias que llegan antes que los servicios, fraccionamientos que aparecen antes que el drenaje, habitantes que reciben llaves antes que suministro.

La historia urbana de Juárez está llena de desarrollos donde el “entusiasmo” constructor fue más rápido que la planeación hidráulica.

Repetir ese modelo bajo el nombre de bienestar no corrige el error:
lo maquilla. Dar vivienda es indispensable. Negarlo sería mezquino. Pero dar vivienda donde todavía no existe certeza hídrica es ofrecer esperanza hipotecada sobre infraestructura incierta.

El bienestar verdadero no se mide por cuántas casas se entregan en ceremonia pública. Se mide por cuántas de esas casas pueden abrir la llave y encontrar agua. Porque una casa sin agua puede ser propiedad.
Pero difícilmente puede llamarse hogar.

Y ahí, precisamente ahí, está El Meollo del Asunto.

ADN Daniel Valles
Daniel Valles

Periodista y comentarista de radio y televisión. "El Meollo del Asunto" y "La Familia es Primero" son sus principales herramientas periodísticas que se publican en medios impresos y digitales en diversas geografías de habla hispana.

Ha sido merecedor de diversos reconocimientos como conferencista y premios de periodismo, entre ellos, la  prestigiosa Columna de Plata, que otorga la Asociación de Periodistas de Ciudad Juárez.


Las opiniones expresadas por los columnistas en la sección Plumas, así como los comentarios de los lectores, son responsabilidad de quien los expresa y no reflejan, necesariamente, la opinión de esta casa editorial.

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